En cuanto deposito la maleta en casa me lanzo a la calle, a recobrar los rincones queridos. Camino por Cimadevilla y llego a la Plaza Mayor en cuyo mercado me proveo de los productos de mi tierra. Quien no haya probado una lechuga, unas berzas, unas manzanas asturianas no sabe de su verdadero sabor. Y después, el mar.
Va cayendo la tarde y el cielo se entrevena de jirones de nubes. Escucho el batir de las olas, el graznido de las gaviotas; olfateo el aire.
Mientras paseo por el Puerto Deportivo, ya de vuelta, escucho hablar a mis paisanos, y me enternece su tono cantarín, que me es tan propio. Me siento en casa.








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