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miércoles, 8 de junio de 2011

Julian Schnabel en el Centro Cultural Niemeyer

Bajo el título de Polaroids, el fotógrafo, pintor y cineasta Julian Schnabel expone 80 fotografías en el Centro Cultural Niemeyer de Avilés. La selección incluye retratos de Lou Reed, Plácido Domingo, Mickey Rourke, The Beastie Boys, así como pinturas de las habitaciones privadas del Palazzo Chupi de Nueva York, que Schnabel diseñó y decoró, y obras de sus estudios de Brooklyn, Montauk y Manhattan.


















Julian Schnabel es una fuerza de la naturaleza, un "artista" en el sentido más amplio de la palabra, un creador. A veces desconcierta, otras apasiona, siempre sorprende. Sus propuestas no dejan a nadie indiferente. Posee esa mirada especial sobre la realidad que solo les es dada a unos pocos. Sorprendió a la comisión del Whitney Museum de Nueva York cuando, en su solicitud para ser incluido en el programa independiente de estudios, presentó una serie de diapositivas en las que se le veía emparedado entre dos rebanadas de pan. Sorprendió con sus pinturas sobre platos rotos. Sorprende la energía y el atrevimiento de sus planteamientos. Y sus declaraciones: "Soy lo más cercano a Picasso que podrán ver en esta pinche vida"; "La pintura es, para mí, como la respiración. Es lo que hago todo el tiempo. Todos los días hago arte, ya sea pintando, escribiendo o dirigiendo una película".
































Como otros grandes cineastas, Schnabel se ha visto tentado por la fotografía, decantándose por una Polaroid de los años setenta, un armatoste grande y pesado con el que logra la fuerza y la inmediatez que pretende. Instantáneas de lo que le rodea: amigos, su estudio, su familia, su obra, personajes desconocidos o a si mismo, como vemos en la fotografía superior derecha. Y todas ellas tienen su aura, algo misterioso y subyugante, y algo salvaje en su desnuda expresividad.


















Me fascina su obra, como me fascina la personalidad de este hombre polifacético. Como director de cine, a él debemos la película sobre el grafitero Basquiat, de quien os hablé en una entrada anterior, así como Antes que anochezca, la película en la que Javier Bardem interpretaba al escritor cubano Reinaldo Arenas y por la que recibió la Copa Volpi al mejor actor en el festival de Venecia de 2000. Con La escafandra y la mariposa, de 2007, consiguió el premio al mejor director en Cannes y cuatro nominaciones a los Óscar. También ha publicado un disco y escrito su autobiografía.

Este es el aspecto de su exposición en el Centro. Como veis, la belleza de la sala no desmerece la de la muestra.













En el vídeo le vemos en su estudio de Nueva York, rodeado de su obra. Como siempre, en pijama.

martes, 7 de junio de 2011

Roberta Flack . The First Time Ever I Saw Your Face



"La primera vez que besé tu boca
sentí la tierra girar en mi mano..."

Javier Gomá Lanzón: "Huelga general"


(...)"Ahora bien, llega un momento en el que uno se interroga por el propósito de tanto progresar. Los deseos del corazón son los fines a los que sirve la inteligencia; por tanto, la inteligencia instrumental recibe los fines desde fuera y no se pregunta por la naturaleza de éstos. Se necesita un sentido nuevo -una estimativa- para el enjuiciamiento de los fines. Esta segunda facultad intelectual, distinta de la inteligencia, es la sabiduría. Sabio es quien ha desarrollado una finesse para discernir, de entre el océano sin riberas de lo humanamente deseable, hermoso y gozoso, lo que, en su caso concreto, aumenta las posibilidades de una vida buena, satisfactoria y digna de ser vivida. Cuántas veces nos asombramos del modo miserable como concluyó sus días ese hombre dotado de clara inteligencia, pero que, a la larga, demostró ser necio y estúpido para reconocer lo que más le convenía ("tan inteligente, tan inteligente, y mira cómo terminó"). El mecanicismo de los medios adquiere una perversa autonomía y coloniza el mundo de nuestra vida ordinaria, por lo que con frecuencia hemos de hacer un esfuerzo para recordar para qué madrugamos, trabajamos, anhelamos y envejecemos. Sentimos entonces la necesidad de pararnos y recordar ese "para qué" que da sentido a nuestro activismo incesante y agotador. Mientras que la inteligencia confirma los fines que perseguimos, la sabiduría se complace en relativizarlos para someterlos a prueba. Dado que la inteligencia tiene de por sí una inmensa tendencia expansiva -que la alianza entre ciencia y mercado excita aún más-, el sabio se ve obligado en determinados momentos a cerrar por un instante la caja de herramientas y detener el progreso."(...)

Javier Gomá Lanzón, diario El País, 4 de Junio de 2011.

lunes, 6 de junio de 2011

El Centro Cultural Óscar Niemeyer de Avilés

Óscar Niemeyer, "el que se alimenta de sol", el genial arquitecto brasileño, discípulo de Le Corbusier, el creador de la ciudad de Brasilia, en agradecimiento por el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, otorgado en 1989, decide regalar a Asturias el proyecto de un Centro Cultural que, finalmente, se ha construido en la margen derecha de la ría de Avilés. Mis padres insisten en que, antes de que Asturias se convirtiera en un queso gruyere por mor de la minería del carbón, y esta villa en uno de los lugares más contaminados de España gracias a los altos hornos, Avilés era una villa preciosa, cuna del pintor Carreño Miranda y de Pedro Menéndez de Avilés, primer Adelantado de la Florida. Una ciudad culta y burguesa, volcada en el comercio marítimo, mirándose en la ría.













Mi actividad profesional se desarrolló en Asturias, y tuve ocasión de conocer a fondo las instalaciones de la antigua Ensidesa, hoy Aceralia. Me resultaban muy familiares sus instalaciones industriales, que ya entonces tenían un halo de arqueología industrial. Así que mis recuerdos de Avilés están ligados al tren de bandas en caliente, a los altos hornos exhalando bocanadas de nubes grises, al infierno que se escondía en el interior de sus instalaciones. Una Avilés de casas ennegrecidas, de calles tristes y aguas espumosas.













Me recibe una ciudad radiante y, en lo que fue un deshecho industrial, un espacio luminoso, abierto a la ría, diáfano, salpicado de unas construcciones de limpio y sinuoso trazado, brillando al sol. La amplitud que separa las edificaciones, destinadas a exposiciones, conciertos, encuentros gastronómicos, teatro, danza y cine, permite el esparcimiento en libertad de los visitantes: me cuentan que, los fines de semana, se llena de niños con bicicletas y patines, paseantes y grupos de jóvenes. Al fondo, aún se ven las chimeneas coronadas de humo. El siglo XXI frente al XIX.













Mente prodigiosa la de este anciano arquitecto capaz de idear unos espacios que deben más a la arquitectura del futuro que a la del pasado. Como me ocurrió en mi primera visita al Guggenheim de Bilbao, descubro un nuevo paisaje a cada paso, el espacio se curva, a veces sientes que estás en el interior de una escultura monumental. "No es el ángulo recto que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho el universo, el universo curvo de Einstein", afirma Niemeyer. Y, efectivamente, no vemos ni una sola línea recta. Incluso la decoración de interiores ha sido supervisada por el arquitecto.












Sobre la plaza, cuatro piezas independientes: el auditorio, abierto también al exterior para los conciertos al aire libre, con un aforo de mil personas, cuenta también con un club para las pequeñas actuaciones; la cúpula, un espacio expositivo diáfano de 4.000 metros cuadrados; la torre, mirador sobre la ría y la ciudad, cuyo interior veis en la foto de la derecha; y un edifico polivalente que alberga el Film Center, salas de reuniones y conferencias, la tienda y el bar.












En estas dos fotografías os muestro el interior del Auditorio, donde actuó no hace mucho Woody Allen con su banda de jazz, y la sala de exposición que estos días alberga una espléndida muestra de fotografías del cineasta, pintor y fotógrafo Julián Schnabel, de la que os hablaré uno de estos días.

¿No os recuerda los dibujos de Matisse esta mujer tumbada al sol, firmada por el arquitecto, que adorna una de las fachadas del Auditorio? Me cuentan que, cuando hace buen día, los jóvenes se tumban en el techo del edificio para hacer lo propio, solarium improvisado. Precioso dibujo.

Os ofrezco unas imágenes de Óscar Niemeyer hablando de su proyecto.


domingo, 5 de junio de 2011

Gonzalo Anes, Director de la Real Academia de la Historia

"A la Academia de la Historia le faltan más mujeres. Las hay muy preparadas pero menos que los hombres. Hay una cuestión: un historiador necesita disponer de muchas horas para documentarse en los archivos. Y por desgracia, en las mujeres esas miles de horas están dedicadas a sus hijos y a ser amas de casa". Declaraciones del director de la Real Academia de la Historia recogidas por el diario El País en su edición del 4 de Junio de 2011.


"Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente"

Eugenio Trías. "Cultura de la obra de arte"


"(...) La Obra de Arte asalta nuestro corazón y nuestro cerebro, sin pedir permiso, del modo más brusco y más salvaje. Es cierto que cuesta a veces reconocerla. Pero cuando lo conseguimos suele sumirnos en profundas emociones y empatías difíciles de describir. También en confusión, en dudas, contradicciones y contratiempos. Es, en una palabra, intempestiva. O para decirlo en expresión alemana nietzscheriana: Unzeitgemäsliches. Se encarna siempre en el tiempo. Pero admite la intuición de lo Eterno.

Los museos, las bibliotecas, las filmotecas, constituyen antologías de Obras de Arte. Ha sido necesario, muchas veces, un tiempo de depuración, de prueba, de sufrimiento, para que el consenso crítico se produzca. Tarda en ocasiones en ser reconocida y debe atravesar un verdadero purgatorio. Sucedió con la música de Bach hasta su reconocimiento y celebración gracias a Mendelssohn.

El azar, esa necesidad camuflada, contribuye a que el tiempo del descubrimiento, en el que la Obra de Arte revela sus encantos y sus abismos de misterio, se produzca antes o después. Es, en este sentido, muy notable la sorprendente falta de unanimidad que obras hoy consagradas, indiscutibles, produjeron en el tiempo de su comparecencia primera. También es cierto que algunas obras de arte afortunadas revelan desde su aparición su evidencia de ser lo que pretenden ser.

Pero la obra de arte debe lidiar, en ocasiones, con los falsos pretendientes. No puede además confundirse con la obra de talento, con el relato bien construido, incluso perfecto, con la honrada labor artesanal. Hay a veces una necesaria imperfección en las grandes obras de arte.

(...)

Juegan en la obra de arte Eros y Tánatos su partida de ajedrez, como el Caballero y la Muerte en El séptimo sello, de Igmar Bergman. La Obra de arte da notificación de esa partida a Vida o Muerte. El amor, la pasión, la violencia, el crimen, el estupro, el abuso y la injusticia, lo mismo que la aspiración a una vida reconciliada (o sea, la felicidad): todo está en carne viva en las Obras de Arte realistas o abstractas, neorrealistas o fantásticas, surrealistas o futuristas. Nada hay más libre que la Obra de Arte; nadie es más libre que el sujeto que las produce (en el tiempo y ocasión en que trabaja, cual titán, en su taller, en su fábrica, en su escritorio). Libertad es responsabilidad. Libertad es necesidad acariciada, consentida, incluso mimada. Libertad es encadenamiento a una Idea hasta lograr su materialización en piedra, en celuloide, en papel, en hierro al rojo vivo, en hormigón, en pentagrama. (...)"

Eugenio Trías, ABC Cultural, 4 de Junio de 2011

El Roto

El Roto, diario El País, 4 de Junio de 2011

sábado, 4 de junio de 2011

El Campo de San Francisco de Oviedo

Paseo mi nostalgia por el Campo de San Francisco de Oviedo, un día luminoso de mayo. De vuelta a mi tierra, olfateo el aire como un sabueso, paladeo su aroma dulce a tierra fértil y, con una sonrisa boba bailándome en los labios, recorro los rincones de mi infancia. Sabor agridulce. Ya tengo más pasado que futuro, y mis pasos se detienen cada vez más a menudo para mirar atrás. Y, entre estos árboles, veo la niña que fui, corriendo con mis hermanas tras las palomas, escapándonos de aquella "aya" asmática cuyo crujir de enaguas aún me parece escuchar.













El kiosco del Bombé, en la parte alta del Campo, donde tocaba la banda municipal los domingos por la mañana. Infundían respeto aquellos músicos, con su gorra de plato y sus uniformes. El Campo se llenaba de música mientras esperábamos ser recogidas por mis padres para ir a misa. Al otro lado, el Paseo de los Curas. Yo no lo recuerdo, pero cuenta mi padre que lo hacían en grupos enfrentados, para verse mientras charlaban, unos caminando hacia delante y otros hacia atrás, con los hábitos negros y el birrete, y las manos cogidas en la espalda. Cuando llegaban al final del trayecto, en la esquina con la calle Santa Cruz, desandaban el camino, ahora de espaldas los que antes lo hacían de frente, y viceversa. Y me veo, junto a mis hermanas, sentadas en ese mismo banco corrido, de piedra, que veis en la fotografía, jugando a los cromos, con las palmas ahuecadas para poder voltearlos mejor. Si lo lograbas, eran tuyos. Los más valiosos estaban salpicados de purpurina.













La fuente del caracol, donde las "ayas" recogían el agua para nuestras meriendas. Deambulo entre los árboles. En un alto estaba la jaula de Petra, pobre osa vieja y aburrida, pavor de los niños, que observábamos fascinados su inagotable circuito al borde de la reja, como los curas repitiendo incansable una y otra vez el mismo recorrido, su mirada triste sobre nuestra algarabía.













Ya no hay "piruleros", aquellas figuras mágicas que vendían pilurís de caramelo, puntiagudos conos de colores insertados en una suerte de lanzas de madera que paseaban, tentadores, por el Campo. Pero ahí está el "barquillero", con su tesoro de cucuruchos y galletas con miel. Compro dos y, con idéntica delectación que entonces, las saboreo junto con mi infancia. Me siento en un banco, junto a la Fuentona y contemplo el paseo que, primero yo y luego mi hija, recorrimos a toda mecha sobre nuestras bicicletas, yo madre horrorizada esperando ver a mi niña desnucarse contra la fuente en cualquier momento.

El Escorialín (llamado así por lo dilatado de su construcción), viejo kiosco primero de flores, luego de periódicos; la Fuente de las Ranas; la Rosaleda; el Estanque de los patos. Los viejos, sentados en los bancos, charlan a sol. Es una mañana de colegio, no hay niños jugando. Estos árboles que vieron crecer a mis abuelos, a mis padres, a mi y a mi hija. Como dijo Borges. "Durarán más allá de nuestro olvido; nunca sabrán que nos hemos ido".


viernes, 3 de junio de 2011

Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias de las Letras



Acaban de concederle a Leonard Cohen el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Se lo han otorgado por su capacidad de aunar poesía y música, así que os traigo su Pequeño vals vienés, una joya con la que ofrece un homenaje a Federico García Lorca.

¿Qué hace esto aquí?, en el Museo Lázaro Galdiano


Debo confesar que me gustan las mezclas, tanto en la vida como en el arte. Disfruté de los imaginativos montajes que Robert Carsen y Mario Gas, por poner dos ejemplos, realizaron en el Teatro Real para las óperas Katia Kabanova y Madama Butterfly; me entusiasmó la versión de Peter Brook de La flauta mágica (de la que ya os he hablado en el blog); me suelen interesar las reinterpretaciones de los clásicos en cualquier ámbito en el que se produzcan. Y me interesa el diálogo que nace entre lo clásico y lo moderno.

Así pues, me acerco expectante a la exposición Qué hace esto aquí, que estos días tiene lugar en el Palacio/Museo Lázaro Galdiano en Madrid. Este es uno de mis lugares predilectos en la ciudad, una joya que os comenté hace algún tiempo. Y no salgo defraudada, muy al contrario. Comprendo que a algunas personas les resulte chocante ver un Tapies junto a una crucifixión flamenca, o una escultura de Juan Muñoz vecina a un Carreño Miranda. Pero si reflexionamos sobre ello nos daremos cuenta de que la belleza se hermana siempre, entre las grandes obras surge una suerte de diálogo que armoniza lenguajes, estilos y épocas, enriqueciéndose mutuamente.


Sara con espejo, de Juan Muñoz, se ha colado en el salón dedicado al arte español del Siglo de Oro y no sabemos si se observa a si misma o a Doña Inés de Zúñiga, retratada por Carreño Miranda en 1660. Tiene por vecinos, entre otros, a una Inmaculada de Claudio Coello y a una preciosa Cabeza de muchacha de Velazquez. Doña Inés se muestra orgullosa a la mirada del espectador; Sara ahueca sus faldas, en un gesto muy infantil, y se encuentra guapa en el espejo.
















Junto a Cristo crucificado del Maestro de los Nimbos pintados, una obra de la segunda mitad del siglo XVI, vemos un Millares. Se trata de Personaje, fechado en 1964. Ante los dos, mirando alternativamente a uno y otro, las similitudes se evidencian. Ambos transmiten un intenso dramatismo. La maravillosa tabla flamenca, con su Cristo doliente. El cuadro de Millares, arpillera retorcida, anudada, elemento tan pobre desgarrado, y la sombría paleta. Incluso su figuración puede evocar la figura de un Cristo. En ambas, el protagonista es el dolor humano. Idéntica reflexión plantean La crucifixión, de Antonio Saura junto al Cristo atado a la columna, escultura de Miguel Ángel Naccherino, firmada en 1616.
















En la sala dedicada al Arte español de los siglos XV y XVI han colgado Torax, técnica mixta sobre tabla de Antoni Tàpies, y Tres cols en terra, de Miquel Barceló. Y comprobamos que casan perfectamente, en primer lugar, por las tonalidades empleadas, y en segundo por su utilización de las texturas como elemento expresivo. En palabras de Marta García-Fajardo: " En las tablas de los primitivos españoles (...) las texturas y relieves dorados presentes en las coronas, nimbos y borduras, así como los finos complementos decorativos que hacen resaltar broches, perlas y otros detalles (...) simbolizan los valores espirituales y sitúa al espectador ante dos espacios simbólicamente siferenciados: el divino y el humano. (...) Tàpies, como emblema del informalismo español, y Barceló, con sus topografías táctiles, se entroncan con las tablas de los primitivos españoles en cuanto que el recurso expresivo de la materia se entremezcla con referencias figurativas de carácter simbólico, sutilmente en el caso de los contemporáneos y abiertamente explícitas en el de los primitivos."
















Aquí tenemos a una Dama, de Antonio Saura, rodeada de otras tantas de los siglos XV y XVI, entre ellas un Retrato de dama joven, un precioso lienzo atribuído a Sofonisba Anguisola, pintora del siglo XVI que me entusiasma y de la que ya os he hablado en otra ocasión. Es una de las poquísimas artistas cuya calidad fue reconocida en su tiempo. En 1559 llega a España desde Milán como pintora de la Corte y dama de compañía de la reina. En el Museo del Prado podemos contemplar sus magníficos retratos de Felipe II e Isabel de Valois. En el centro de la sala, una magnífica colección de relicarios, Santa Úrsula y las once mil vírgenes vestidas de cortesanas.

En este caso, es el diálogo que se establece entre el hieratismo y gravedad de las habitantes del Museo y la extrema expresividad de la Dama de Saura lo que llama poderosamente atención.















El Greco, Zurbarán, Ribera y Murillo comparten la sala del Arte español del Siglo de Oro con la Madonna con rosa mística, óleo pintado por Dalí en 1963. La rosa mística, símbolo de la pasión en la pintura renacentista, se encuentra encerrada en un cubo, en el centro del pecho de la Virgen. Un espléndido San Bartolomé de Ribera cuelga en las inmediaciones. Distintos estilos para una misma religiosidad. Y, a la derecha, Rampant, de Kandinsky, junto a los Retratos españoles de los siglos XVIII y XIX. La mayor vecindad se establece con el retrato que Zararías González Velázquez realiza a su sobrina Manuela tocando el piano. Estamos en el antiguo salón de baile del palacio, donde la música era tan a menudo protagonista. Kandinsky, gran amante de la música, trata de encontrar en sus obras un sistema de códigos que sea capaz de afectar al espíritu del mismo modo que ella. El arte más abstracto es el de mayor poder evocador. Amparo López Redondo nos recuerda las palabras de Kandinsky tras asistir a una representación del Lohengrin wagneriano: "Los violines, los contrabajos, y muy especialmente los instrumentos de viento personificaban entonces para mi toda la fuerza de las horas del crepúsculo. Mentalmente veía todos mis colores, los tenía ante mis ojos." En las formas orgánicas representadas en la abstracción del pintor podríamos ver la transcripción de los sonidos que emergen del piano de Manuela.

jueves, 2 de junio de 2011

Pierre Michon: el "Pierrot" de Antoine Watteau

"Se disculpaba por la frivolidad de su demanda; necesitaba imperativamente para una de sus fábricas un rostro parecido al mío; y, al protestar yo, argumentando cuan poco despuntaba aquel rostro mío, cuan ordinario era, convencional tanto sobre la sotana de cura cuanto sobre el cuello de un uniforme de mosquetero o bajo el cuévano de un mozo de cordel, alegó que aquella virtud no era tan corriente en un mundo en el que los mosqueteros y los mozos de cordel se consideraban gentes fuera de lo corriente y hacían porque sus rostros lo proclamasen. (...) Dos mañanas le llevó pintar mi rostro en ese templete glacial que he mencionado. Por lo demás, el lienzo estaba ya casi acabado cuando yo llegué: era un Pierrot de gran tamaño, con las manos colgando y el porte de un simple. ¿Habré de admitirlo? Yo, que carezco ya de ambiciones, había tenido la esperanza, de camino, de que, por una vez, me pintasen con la apariencia de un prelado, de un profeta quizá, y me habría conformado con un papel de comparsa en una fábrica sacra, un levita detrás de Joad, o un oscuro testigo de la Pasión, mejor que con ese papel protagonista de payaso de cara enharinada que pretendía endilgarme. Me quedé atónito ante aquella cosa grande y blanca; él fingió caer en la cuenta de mi apuro, que, por descontado, tenía previsto; se disculpó mucho -y reía- y yo hice por reírme también: ¿no era acaso mi rostro el de un hombre cualquiera? Y, además, ¿quién iba a reconocerme en las casas de los gentileshombres en las que estaría colgado nuestro cuadro? Empecé a posar. (...) Así remató aquel Pierrot. Al final de la segunda mañana, me dio la espalda y fue a plantarse ante una ventana. Yo miré el objeto aquel. Y si algo así como un hombre del Octavo Día, como si a Dios, cansado, se le hubiese olvidado ya que había creado al hombre la antevíspera; pero para este no le quedaba ninguna Eva en la manga; vi, en los rasgos, mi deslucida jeta; y la de él la vi en ese pasmo que ya ni era sorpresa, en la renuncia de quien, una vez más, ha pintado para nada; la jeta de cualquier hombre cuando cree que no le está mirando nadie. Era un objeto que no decía nada, un espectro o un imbécil, todo blanco, con manazas de hombre; detrás, unos chopos y unos `pinos albares, un comparsa escarlata ocupado en otros asuntos y los vahos azules del ardor estival: de otro verano, sin duda, de hace muchos años. En el parque, el viento de invierno soplaba, con ráfagas blancas. Y él miraba el viento."

Quien habla es el párroco de Nogent, una localidad de la región francesa de la Isla de Francia, donde el pintor Antoine Watteau recaló un invierno. Y, tal como cuenta admirablemente Pierre Michon, fue elegido por la vulgaridad de sus facciones para dar rostro a su Pierrot. El texto pertenece a Señores y sirvientes, del que ya os reproduje unas líneas dedicadas a Roulin, el empleado de Correos que retrató Van Gogh, un libro que continuo leyendo fascinada.

miércoles, 1 de junio de 2011

Jacques Henri Lartigue: una vida en fotografías

Independientemente de la calidad y la belleza del trabajo fotográfico de Lartigue, lo que más me llamó la atención de la exhaustiva exposición de sus obras, que está teniendo lugar en la sala de exposición de la Fundación Caixa Barcelona de Madrid, es su intención de documentar, a través de imágenes, su vida y su entorno, y la sensación de alegría que transmiten. No en vano es llamado el "fotógrafo de la felicidad".
















Nace en Courbevoie en 1894 en una familia acomodada, y a los siete años su padre le regala una cámara de fotos. Comienza entonces a escribir un diario, en el que habla, refiriéndose a la fotografía, de "olores misteriosos, algo extraños y espantosos, de los que uno se encapricha rápidamente". Imaginamos que se refiere a los materiales de revelado. El hecho es que el niño queda fascinado por el mundo de posibilidades que se abre ante él, y comienza a captar imágenes de su entorno y de las personas que le rodean. Así continuará a lo largo de toda su vida, pegando las fotografías en grandes álbumes donde comenta su día a día, libros fascinantes que también pueden contemplarse en la exposición. Retrata su jardín, a si mismo con su familia, sus juegos. Le llama la atención el movimiento: saltos, juegos, deportes. Sobre estas líneas, Mi nodriza Dudu, realizada en 1904 (a los 8 años) y La prima Caro y M. Plantevigne, fechada dos años después.















Primera comunión de Mercelle, de 1907. Henri sigue cargando con un trípode "un pie más alto que yo mismo", según cuenta en su diario; continúa documentando su universo más próximo. Pero enseguida cambia su perspectiva, su actitud se vuelve más "profesional". Hablando de una avenida del Bois de Boulogne escribe: "Aquí estoy a la espera, sentado en una silla de hierro, con mi cámara bien regulada. Distancia: 4-5 metros; velocidad: abertura 4 mm; diafragma: dependerá del lado por donde "ésta" venga. Se valorar muy bien la distancia a ojo de buen cubero. Lo que no es tan fácil es situarme exactamente donde es necesario para que "ésta" avance el pie justo en el momento del enfoque correcto". A la derecha, En las carreras de Auteuil, 1911. 17 años.













También en las carreras de Auteuil, y ese mismo año, está tomada esta El día de los Drags y, un año después "Gran premio de la ACF. El gran corredor Nazzaro le hace una seña a Wagner para que acelere.












En el Casino de París, durante el rodaje de la película Bouclette, en 1918, toma esta instantánea a Gaby Deslys, mientras su hermano Zissou observa desde un segundo plano. Frecuenta a artistas, escritores y personajes del mundo del espectáculo. El cine le fascina y acostumbra a tomar instantáneas en los rodajes de directores como Jacques Feyden, Abel Gance y, más adelante, Robert Bresson, François Truffaut y Fellini. Continúa su fascinación por el movimiento. A la derecha, Tormenta. Bibi, Irene, Arlette, de 1929.















Tanto la fotografía con la que abro el comentario, Renée en Cibourne, como la que os muestro sobre estas líneas, a la izquierda, Renée. Pincina de la "Habitación del amor". Biarritz, están fechadas en 1930. Su colección de retratos de mujeres es fascinante, aquí solo he podido dejaros una muestra. En cuanto a la imagen de la izquierda, llama la atención su magnífica composición, en la que se adivina su vocación pictórica, actividad a la que se dedicó profesionalmente. Para terminar, a la derecha, Coco. Hendaya, de 1934.