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lunes, 11 de mayo de 2015

"Medea", en el Teatro de La Abadía: excepcional Sánchez-Gijón

Ver enloquecer a Medea en el escenario, verla desgarrarse de dolor, ser testigo de su derrumbe, de su agonía. El poder mortífero del amor cuando por él la mujer ha llegado a cualquier aberración, a crímenes aberrantes, Medea por el amor de Jasón traiciona y mata. Y esta mujer, una fuerza de la naturaleza, es capaz de todo para vengarse de su amante, de su amor rechazado, de su abandono. Aitana Sanchez-Gijón ofrece un trabajo hipnótico, convierte el escenario en un ara donde se inmola y sacrifica a sus hijos. Impresionante, sobrecogedora Sanchez-Gijón.  "No hay mayor dolor que el amor", dice Medea.











Sola llena el escenario, se entrega totalmente y el drama se apodera de toda la sala. Pero no solo ella está sobresaliente en la representación de Medea, en la Abadía. La versión del texto de Séneca y la dirección de la obra, a cargo de Andrés Lima, me pareció soberbia, así como su papel como corifeo, Creonte y Jasón; igualmente sobresaliente Laura Galán como la nodriza, por no hablar del excelente trabajo de Joana Gomila como corifea: una voz bellísima acompaña a Medea cantando, junto al sonido de un contrabajo, Tierra, de Veloso, o la Tonada  de luna llena. La escenografía, la iluminación, el vestuario, más aciertos.











Para completar la trilogía con la que se estrena el Teatro de la Ciudad me quedan por ver Antígona, de Miguel del Arco, y Edipo Rey, de Alfredo Sanzol. En los próximos días. No os lo perdáis. Os iré contando.

2 comentarios:

  1. Hablando de Eurípides, he aquí una versión mía del mito de Ifigenia, que discrepa un tanto de la que escribió el griego aquel:

    "El joven mercader de ánforas la vio en la cubierta y quedó prendado de semejante hermosura. Decidió raptarla aquella misma noche y huir con ella hacia la patria. Al ver que los remeros dormían sobre los bancos, en un descuido de los hoplitas trepó por el timón y bajó al sollado en donde Ifigenia lloraba su desdicha. Le puso el índice sobre los labios y, tomándola de la cintura, se deslizaron por uno de los remos hasta el agua. Con la mujer a la espalda, nadó el brazo de mar que separaba al barco de las murallas de Áulide.
    Artemisa, que vio con simpatía el arrojo del joven bárbaro, insufló la brisa en las velas de la escuadra de Agamenón que, al verlas tersas, se olvidó de perseguir al audaz raptor. Además, se sentía secretamente aliviado por la suerte de su hija Ifigenia, ahora a salvo del cuchillo sacrificial.
    Navegaron veloces los aqueos rumbo noreste y en pocos días varaban los navíos en una playa frente a Ilión.
    Un mes más tarde, Ifigenia amasaba las pellas de barro en un alfar de Táuride".

    Servidor de ti, mi sol.

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