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jueves, 29 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

De vez en cuando paso por aquí, por la antigua dirección de Mi casa, para buscar una entrada que publiqué hace tiempo, para recordar una foto, por nostalgia. Para saber si sigue en pie o ya se ha desmoronado definitivamente. A veces miro el contador de visitas y me sorprende comprobar que aún despierta el interés de alguien, personas que viven lejos, a quienes no conozco. A todos ellos, a las puertas de un Nuevo Año, quiero desearos todo lo mejor e invitaros a seguir juntos en nuestra nueva Casa.

viernes, 5 de agosto de 2016

De nuevo

De vuelta. Abrumada por vuestros mensajes, por los amigos que me recriminan mi silencio, que no aceptan que en realidad no tengo nada que decir, nada que aportar. Desesperada porque algo le pasa a este programa que no me permite contestar a vuestros mensajes, como hacía antes, y vuestras palabras quedan así huérfanas, y lo siento como un abandono y una ingratitud.

Así que retomo esta Casa que quise fuera la vuestra siempre.












En Madrid el cielo se desploma ardiendo sobre los incautos que, como yo, se arriesgan a tomar el café de mediodía en mi plaza de siempre. Leo a Padura (me han regalado un e-book y no lo suelto, yo, que juré en arameo que antes muerta que traicionar al papel, una más de mis contradicciones), enamorada de Mario Conde, mientras escucho, en su honor, Proud Mary, de Credence Clearwater Revival, con Foggerty a la cabeza, y de repente me sentí muy feliz, muy privilegiada, y os eché mucho de menos.




martes, 2 de junio de 2015

Cosas de abuela

Quizá porque es el momento que me ha tocado vivir, estoy convencida de que el mejor papel que la vida nos depara a los hombres es el de abuelos. Como la mayor parte de las mujeres españolas de mi generación, me tocó romper con clichés y lanzarme al vacío, reinventar escala de valores y fijar metas  que entonces se antojaban utópicas, luchar no solo contra una situación política que cercenaba nuestros derechos sino también contra unas convenciones sociales que aherrojaban nuestra libertad. Construimos nuestra identidad, y pagamos un alto precio por ello. Trabajamos dentro y fuera de casa, en muchas ocasiones sacrificando parte de nuestra vida familiar por una carrera profesional. Comprendimos que solo la independencia económica nos libraría de tutelas masculinas. Con sus luces y sus sombras, nos hicimos un camino. Mujeres libres, profesionales, madres y ahora, abuelas. Ante el, a mi entender, legítimo orgullo por lo conseguido con tanto dolor, superando tantos miedos, colgadas en el vacío, llega la cura de humildad ante la mirada de un nieto de 11 años, pletórico de fuerza, que me observa con una mezcla de ternura y conmiseración. A veces me llama "abuelita". Y siento que todo está bien, que la vida se ha cumplido, que algo mío vive tras su mirada de hombre libre. No estuve suficientemente atenta al crecimiento de mi hija. No me perderé ni un parpadeo de mi nieto.

lunes, 25 de mayo de 2015

Con mucho cariño y buena educación

Hace años una amiga le preguntó a mi madre como llevábamos en casa tener ideolgías políticas tan dispares, y mi madre contestó: "Con mucho cariño y buena educación" Inspirada por ella, por su exquisito respeto a las opciones políticas de cada una de nosotras, adquirí esta frase como máxima en mi vida para casi todo lo que pudiera suponer un enfrentamiento con la gente que quiero. La fuerza del cariño siempre resulta una tabla de salvación; la buena educación y el respeto, imprescindibles para una convivencia armónica.












Procuro recordar aquello de que "en toda verdad hay algo de mentira, bajo toda mentira subyace algo de verdad". Procuro no ser categórica, no creerme en posesión de la razón... lo procuro. Pero a veces la simpleza de los argumentos para apoyar una u otra opción política me sacan de quicio, y tiendo a pensar, injustamente, que la ignorancia es la que dicta las opciones que no comparto. Una soberbia intelectual que me abochorna.












Mi barrio es de derechas. En cada jornada electoral la calle se llena de monjas, que se acercan al colegio de dos en dos; abundan los ancianos en sillas de ruedas empujados por sus cuidadores, generalmente emigrantes; y los matrimonios de mediana edad caminando del brazo hacia las urnas. Voto temprano, compro el periódico y me siento en mi plaza ante mi segundo café. Enseguida Olavide se va llenando  de gente, familias con niños pequeños, muchos ancianos tomando el sol de primavera, mientras los indigentes duermen en sus bancos, ajenos al ajetreo político. Los mismos indigentes a los que la líder de los conservadores pretende alejar del centro de Madrid para que no espanten a los turistas.












Las voces de un hombre de edad, sentado cerca mí, me hace perder la concentración en la lectura. Habla a gritos con otra pareja de ancianos, algo más alejada. Dice: "Pues si quieren repartir  que comiencen con regalar su piso, ¿sí o no? ¿Tengo o no tengo razón?" Esto es lo que hay. Esto es lo que debo respetar. Hay veces en que me resulta tan difícil...

lunes, 4 de mayo de 2015

Una "Teoría del Todo" para mi nieto

Con motivo  del Día del Libro llevo a mi nieto a La Casa del Libro más cercana a mi casa. Creo que ya tiene inculcado el gusanillo de la lectura, pero me gustaría que tomara por costumbre celebrar este día adquiriendo uno y, aunque en esa fecha no estaba conmigo, le prometí que el primer día que nos viéramos haríamos la compra. Entra en la librería como Pedro por su casa, y se dirige directamente a la sección de comics pues quiere hacer la colección de Ranma, una serie de historietas japonesas escrita e ilustrada por Rumiko Takahashi. No está disponible, la deja encargada y, tras recoger mi ejemplar de Aquel domingo, de Jorge Semprún, encargado previamente (estoy leyendo todos sus libros sobre su estancia en el campo de concentración de Buchenwald), y de hacerme con el único ejemplar que les queda de Carlota en Weimar, de Tomas Mann, nos dirigimos a la salida cuando me pregunta si le compraría la biografía de Stephen Hawking. Once años. Me deja perpleja. Me explica que se trata del más grande físico del mundo (soy abuela y, por lo tanto, para él, pertenezco al gremio de los seres más ignorantes de la creación), que ha escrito un libro fabuloso, Breve historia del tiempo, que él está leyendo en su versión más asequible; que ha visto la película sobre su vida y que le interesaría mucho leer el libro en el que se inspiró, escrito por su mujer. Boquiabierta, le animo a preguntarle a un dependiente, y lo observo a distancia. Veo que los dos se alejan en su busca y, al cabo, vuelve mi nieto con el libro en las manos. Como quiero cerciorarme de que se siente capaz de leer semejante volumen, le pido que se siente y lo ojee un rato antes de tomar una decisión. Mientras, el dependiente se ha acercado a la cajera , le comenta algo al oído y ambos miran sonriendo y cuchicheando en su dirección. Unos minutos después se levanta y me dice que lo quiere. Así que nos dirigimos a la caja y abono la cuenta.
Sé que empezará a leerlo, ignoro si lo terminará, pero me parece extraordinario que lo prefiera a cualquier novela de aventuras. En cualquier caso, el hecho de que le interese la vida de un científico me llena de alegría. Y os doy mi palabra que es la antítesis del sabiondo. Como a todos los niños de su edad, lo que más le gusta es jugar con la play. En fin, estas pequeñas cosas me llenan de esperanza.

sábado, 18 de abril de 2015

!!!Feliz día¡¡¡

Hoy es mi día favorito, porque mi nieto ha dormido en casa y le he olido antes de despertarle para llevarlo al colegio, y olía adorable, como es él; porque mi hija ha venido a comer y hemos hablado de lo divino y lo humano, y la veo llena de fuerza y de esperanza, porque nunca se conforma y siempre lucha por lo que cree, porque me quiere pese a mis ausencias y es un regalo constante tenerla tan cerca; porque  más tarde iré al Auditorio a escuchar a Bach, que es una promesa de felicidad; porque llega el buen tiempo y el verano trae buenos augurios; porque soy una privilegiada, y toco madera.
Os deseo lo mejor para este día. ¡Disfrutadlo!

jueves, 16 de abril de 2015

Esos niños

Mañana soleada de Abril. Estoy absorta en la lectura (leo, con un permanente escalofrío, La escritura o la vida, de Jorge Semprún, cuando se cumplen estos días ochenta años de la liberación del campo de concentración de Buchenwald donde él pasó dos años de su vida,, y a las puertas de un viaje a Alemania con visita a ese campo que me tiene sumida en el desasosiego; pero esa es otra historia de la que os hablaré en otro momento) cuando me interrumpen un hombre joven y una mujer mayor, que intentan hacer sitio ante la mesa vecina a una silla de ruedas donde se sienta un anciano. Muevo mi mesa y me fijo en el grupo. (La ternura que siempre he sentido hacia las personas mayores se ha acrecentado sobremanera desde que mi padre sufre alzheimer). El anciano ha debido ser un hombre guapo, con buena facha: todavía conserva cierta prestancia, envuelto en un gabán cuyo cuello le cubre hasta las orejas, una gorra de cuadros ingleses y una bufanda; demasiado abrigo, pienso. El anciano, que ha llegado con la cabeza hundida en los hombros, levanta la mirada y la fija en mí. Le sonrío, no me devuelve la sonrisa. Su hijo le toca la nariz con un dedo y le empuja suavemente la cara en la dirección contraria: "¿Qué miras, papá?", le pregunta. Él vuelve a hundir la cabeza en la bufanda, cierra los ojos y permanece así, adormecido. El camarero coloca una copa con un helado de vainilla ante él, y su hijo intenta despertarlo propinándole nuevos golpecitos con el índice en la nariz. El anciano abre los ojos, coge despacio la cuchara y comienza  a comer el helado. No habla, no sonríe. Al cabo gira la cabeza y me mira de nuevo. Sonrío. El joven mueve de nuevo su cara al frente con el dedo en su nariz, como si corriera el carril de una máquina de escribir. Cuando se van, el anciano vuelve a mirarme y me dice adiós con la mano. Le devuelvo el saludo. No hay luz en sus ojos.
¿Por qué nos empeñamos en tratar a los ancianos como a niños? ¿Por qué tendemos a despojarlos de su dignidad?¿Hubiera consentido él ese trato cuando era un hombre joven, quizá de carácter enérgico? ¿cuándo dejó de ser quien era para su hijo? Nunca permitiré que mi padre viva humillado, aunque él no se entere. Yo sé quién es.

viernes, 20 de marzo de 2015

En el Día del Padre

Felicito a mi padre y me mira con sus ojos azules fijos en los míos, con esa expresión de extrañeza que se va suavizando conforme pasan los minutos y se acostumbra a mi voz, a mi sonrisa. Se le va relajando la cara, y ya aprendí a adivinar ese imperceptible gesto de la cabeza con el que me invita a acercarme para besarme, muchos besos, muchos besos. A veces levanta un brazo y con dos dedos me pellizca la mejilla, o el cuello justo bajo la barbilla, y en ocasiones sonríe levemente, su sonrisa de siempre, solo con la mitad de la boca.
Me siento cerca y vemos la televisión cogidos de la mano. De vez en cuando vuelve a mirarme, vuelve su extrañeza hasta que quiero pensar que recuerda mi voz, o mi olor, y se suaviza la arruga del entrecejo.
Luego paseamos por el pasillo, cogidos de la mano, y de cuando en cuando nos paramos, y nos abrazamos fuerte, y me aprieta contra él, y me besa, me besa, me besa. Le acaricio la cabeza, y la cara. Quiero tocarle todo el tiempo, mirarle todo el tiempo. Camina muy despacio, pero conoce su casa y se dirige hacia las ventanas para mirar la calle, hacia las mismas fotos que señala con renovada sorpresa. Si tropieza con su imagen en el espejo del baño, no se reconoce.
Quiero pensar que vive tranquilo y seguro, rodeado de tanto amor. Me gusta darle de comer, ayudarle a lavarse los dientes, acompañarle en sus paseos. Besarle las manos.
Felicidades, padre. Y gracias.

miércoles, 18 de marzo de 2015

lunes, 16 de marzo de 2015

Un encuentro fortuito

Amanece un día radiante y helador, típico del invierno madrileño, una mañana engañosa de limpido cielo azul marino que te invita a salir ligero de abrigo y te devuelve a casa con un catarro de aúpa, pero cuyo canto de sirena es imposible desoír. Así que vuelo a la calle, abrigada ma non troppo, dispuesta a disfrutar de un sábado en blanco, sin obligaciones ni más quehaceres que los que mi placer disponga. Compro la prensa, leo los suplementos culturales mientras tomo el segundo café y, entre las múltiples propuestas sugerentes que Madrid me ofrece, decido visitar la galería IvoryPress y su exposición Books beyond artist. Os hablaré de ella con calma porque me resultó fascinante. Los habituales de Mi casa saben de mi amor por los Libros de Artista, los Cuadernos de viajes y los libros ilustrados. En esta exposición podemos ver algunos ejemplos realmente excepcionales, desde una serie de Los proverbios, de Goya, hasta el Diario de Frida Kahlo y El Proceso, de Kafka, de Peter Sacks.
Cuando cerraron la sala (me echaron a las dos de la tarde, tengo que volver porque siento que no pude disfrutarla con la calma que merece) me dirigí a la Fundación Canal, donde hasta el mes de mayo se puede ver una pequeña gran exposición que os aconsejo encarecidamente: Giacometti, el hombre que mira. Cuando os hable de esta muestra os contaré por qué este artista y sus hombres caminando me conmueven hasta lo más hondo. Ahora quería contaros algo mágico que me ocurrió cuando abandonaba la sala, con los ojos de sus retratos clavados en el corazón: delante de una Cabeza de hombre, en bronce, una mujer dibujada en un cuaderno, absorta en su trabajo. No pude evitar acercarme y espiarla. Reproducía la escultura de Giacometti con innegable talento. Le comenté mi admiración por su destreza y mi afición por los cuadernos de artista y me mostró el suyo, un cuaderno hermoso en el que se sucedían los dibujos a tinta y el color (¿guache, acuarela?), flores, paisajes, rincones, pinturas que se completaban con textos de una caligrafía pequeña y hermosa. Una belleza. Me dijo que tenía más de cuarenta cuadernos similares, que dibujaba todo lo que llamaba su atención, que acababa de volver de Marruecos de donde trajo el volumen correspondiente. Le hablé de la exposición que acababa de contemplar en IvoryPress y tomó nota. Vivía en Lisboa, estaba de visita en Madrid. Intercambiamos nuestros correos. A veces, casualmente, conoces a alguien diferente que te llena la cabeza de mariposas de colores.

sábado, 14 de marzo de 2015

Buenos días, madre

Viernes por la mañana. Me llama mi madre y me pregunta si he recibido un wasap que me envió a primera hora. Compruebo que no me ha llegado. Me dice que me ha enviado unos versos que le encantan. Mi madre hace estas cosas. De repente recuerda algo que le emociona y nos llama, a mi o a cualquiera de mis hermanas, para compartirlo, gozosa. Una canción, un pensamiento de algún autor que leyó hace tiempo y recupera de repente; o cualquier cosa hermosa. Un recuerdo de la infancia, el nombre de un pueblo escocés que visitó con mi padre cuando eran jóvenes, una anécdota familiar. Pequeñas cosas extraordinarias.

Y lo que hoy quería compartir eran unos versos, los dos finales de la Rima XX de Gustavo Adolfo Bécquer:

(...)
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.

Estos últimos meses está recuperando amigos de la infancia, con los que se cartea a través de wasap, se envían fotos y esos chistes y aforismos que abundan en las redes. Está feliz compartiendo recuerdos, reviviendo otras épocas, aunque estoy segura de que no daría jamás un paso atrás en la vida que construyó junto a mi padre. Mi madre es una maestra en el vivir, una fuente inagotable de felicidad y alegría para quien se le acerca. Un milagro.

lunes, 23 de febrero de 2015

Desde Santoña

Me llama mi hija desde Santoña y me cuenta que está sola, frente al mar, una tarde fría y mágica (temporal en el norte, el viaje ha sido una temeridad), se siente en paz, casi feliz, y quiere compartirlo conmigo. Me envía esta imagen.














Luego me llegarán estas otras. El sulero, de José Cobo, homenaje a los hombres de la mar. Al acercarse descubre en el pescador el rostro de su abuelo, de mi padre, y me lo dice emocionada. Sí se parece.
Por muy lejos que esté, nunca se despega de mi piel, esta hija mía, queridísima.


domingo, 15 de febrero de 2015

Mañana de sábado

Mañana de sábado. Después del paseo matutino, y el segundo desayuno con prensa y suplemento cultural recojo de mi casillero un poemario que he encargado a Valparaíso Ediciones, Almudena, de Luis García Montero, un conjunto de poemas de amor escritos a través de los años, dedicados a Almudena Grandes, mujer del poeta. Llego a casa, me sirvo un aperitivo y pongo en marcha el cd que estos últimos días escucho una y otra vez, Francesca de Rimini, de Chaikovski, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Chicago dirigida por Barenboim.

(...)
Y aquí estoy yo,
que voy soltando amarras hasta quedarme tuyo
y camino hacia el mar
con los ojos cerrados,
como una barca deja su refugio,
una barca feliz que se repite:
no me ha sido posible,
porque nada me importa,
solo tu piel,
la piel de una tormenta.

Da vergüenza decirlo.


Se desata el Infierno de Dante, torbellinos de fuego, Francesca y Paolo penando su amor.

(...)
Seguro que tú puedes porque lo piensas todo,
pero yo nada encuentro,
nada encuentro en mí mismo
que no viva rendido a ser memoria,
amor de ti,
sombra de lo que existe porque te pertenece.

De repente, se aquieta el fragor, se remansa la tormenta que abrasa a los amantes en un eterno castigo y surge la voz de Francesca hablando de amor. Dante le escucha conmovido. Y yo sigo leyendo a García Montero en su amorosa declaración a Almudena.

No existe libertad que no conozca
ni humillación o miedo
a los que no me haya doblegado.
Por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te doy,
por eso cuido tanto las cosas que te digo.

Cierro el libro y me entrego a la música. Cuando calla Francesca, vuelve a rugir el Infierno. Condenados a soledad perpetua y a la perpetua espera. No puedo resistirlo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Ser abuela

Fin de semana con mi nieto. Uno de nuestros mejores planes: pasar un rato largo en La Casa del Libro. Nada más entrar cada uno se dirige a su sección favorita y luego nos encontramos en la primera planta, en la sala de lectura. Allí desplegamos nuestros hallazgos y comenzamos la lectura de aquello que hayamos decidido llevarnos. Él, con verdadera avaricia lectora, procura acabarse uno o dos comics en la propia tienda y luego convencerme para llevarse otros tantos. Yo rebusco entre las ediciones de bolsillo después de haber echado un vistazo a las novedades, que se salen completamente de mi presupuesto.
Y he encontrado una joya que comencé inmediatamente a leer y de la que no me he separado. Un libro gozoso, escrito por una premio Nobel, Elena Poniatowska, de la que no había leído nada hasta ahora. Se trata de la biografía de una mujer excepcional que siempre me ha fascinado, cuya obra pictórica es, para mi gusto, de las más interesantes del pasado siglo: Leonora Carrington. En otra entrada os hablaré de ella.
Después de un rato, temiendo que un empleado venga a recordarnos que estamos en una librería y no en una biblioteca, después de que mi nieto haya devorado dos libros y esté a punto de arrancar con el tercero, decidimos ir a merendar a la vecina Viena Capellanes. Y allí seguimos leyendo, entre señoras envisonadas y parejas de novios. Hacemos tiempo hasta las siete y media, hora a la que empieza la película que vamos a ver. Levanto la vista de Leonora y le miro. No es posible querer más a alguien. Nada comparable a la felicidad de "la abuelez".

martes, 27 de enero de 2015

Nuestros nietos

El sábado acompañé a mi nieto a un partido de baloncesto que enfrenta en un campeonato a distintos colegios, en un polideportivo cercano a su casa. Era la única abuela entre un grupo de padres entusiastas que lo mismo aplaudían y vitoreaban las canastas de sus hijos que las del equipo contrario (qué gusto tratar con gente bien educada). Todos pertenecen a sexto de Primaria, así que rondan los once años. Jugaron con pasión, pero en ningún momento percibí un ápice de agresividad ni un mal gesto por parte de ninguno de los jugadores. Me llamó la atención la variedad de razas que componían los dos equipos: chicas y chicos blancos, orientales, negros, mestizos, indios. Y recordé una anécdota que viví con mi nieto hace unos años. Un  día me confesó que tenía novia (una compañera de clase) y cuando le pedí que me explicara como era me dijo que simpática, graciosa, guapa y que olía muy bien. "Huele como esto", me dijo,  tendiéndome un paquete de celofán que tenía en la mano y que olía a caramelos. A los pocos días me la enseñó: era una preciosa niña de color. Me encantó que no hubiera utilizado este dato como seña de identidad a la hora de describírmela. Y pensé que si logramos un mundo en el que nuestros nietos no caigan en la cuenta de la raza de los otros, no lo habremos hecho todo tan mal.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

En 2015, a plantarse jacintos.

Finaliza el año y llega el momento de los balances, de los buenos propósitos. Los medios de comunicación elaboran listas de los mejores libros, las mejores películas, obras de teatro, discos; las noticias más relevantes, los muertos más insignes ¿Qué ha sido lo mejor de mi 2014? Que terminó como empezó, con la gente a la que quiero viva y razonablemente feliz. Que no he perdido a nadie. (Cuando tus padres se hacen mayores sientes la espada de Damocles sobre ellos y cada día, cada mes, cada año ganado es un regalo, un privilegio inmenso. Verles, disfrutarles, quererles un año más es mi mayor esperanza diciembre tras diciembre).
Mi gente, preservar a mi gente de todo mal.
"El hombre que no se contenta con poco no se contenta con nada", sostenía Epicuro. Mi madre, tan sabia como el filósofo griego, nos enseñó desde niñas a disfrutar de las pequeñas cosas, a sacarle partido a cada instante, a vivir con alegría. Ella practica diariamente lo que llama "plantarse un jacinto", esto es, hacerse un regalo, concederse algo placentero, si es posible inútil. Yo me he convertido en una experta en esta materia, tan poco productiva, así que voy a compartir con vosotros algunos de los jacintos que me planto, por si os apetece hacer lo propio:
- De vez en cuando (menos veces de las que me gustaría) voy con mi hija al teatro. Ella (actriz en ciernes) adora las tablas, y ser testigo de cómo vive la representación, la intensidad de sus emociones, escucharla luego compartir sus impresiones, ser testigo de su pasión, de su fuerza, de su generosidad, eso es un regalo impagable. Compartir con los hijos no es plantarse un jacinto, es repoblar campos enteros.
- Como no quiero ponerme sentimental, salto a un placer solitario: café con prensa por la mañana, si puede ser al sol, bien abrigada, en algún parquecillo algo retirado de la circulación. Placer de dioses.
- Mañana de domingo, caminar por la ciudad casi desierta a primera hora, llegar a El Retiro, o al Botánico, y pasear bajo los árboles. (Si no vives en Madrid, seguro que en tu ciudad tenéis un parque en el que perderse, y si vives en un pueblo tanto mejor, el campo ahí al lado, eso sí es un privilegio).
- Una mañana de un fin de semana cualquiera, mi nieto se despierta en mi casa y viene a mi cama, se mete entre las sábanas e introduce una pierna entre las mías, y me abraza. Está casi dormido, escucho su respiración pausada y siento su calor. El olor de los niños dormidos es el perfume más rico del mundo. Termino despertándolo a besos y jugamos al Colagusano que tiene su madriguera debajo del edredón, donde yo debo encontrarle. El juego termina con la ropa de cama en el suelo y guerra de almohadas. No hay dinero que lo pague.
- Alguna tarde (hace un rato lo hice) pongo un disco marchoso y bailo como una loca por el salón.
- Uno de mis mayores jacintos es mi abono en el Auditorio. Escuchar a una gran orquesta interpretando a Bach, a Brahms, a Strauss, a Mahler....es tocar el cielo con las manos.
En fin, cada cual que identifique su jacinto, y se lo plante sin falta. Os deseo todo lo mejor para 2015. Con todo mi cariño.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Mi casa sosegada

Escucho a Nina Simone después de comer, mientras tomo un café y ojeo el comic que le he comprado a mi nieto por Reyes hace un rato en Fnac. Muchísima gente en la Puerta del Sol, en la calle Preciados, en la sección de libros de la tienda, en la de discos, una infinidad de gente que no conozco, me siento insignificante ("Mire la calle ¿Cómo puede usted ser indiferente a ese gran río
de huesos, a ese gran río de sueños, a ese gran río de sangre, a ese gran río?" Nicolás Guillén dixit) Observo mi casa, mis cosas (tantos objetos que no necesito, pequeñeces que he ido atesorando a lo largo de mi vida y que un día me sobrevivirán impávidos, sin saber que he muerto ("¡Cuántas cosas, láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido". Ahora es Borges quien habla). Mis libros. La foto de mi padre, con los ojos entrecerrados y un cigarro colgándole en la comisura de los labios, guapo como un actor italiano. Mi madre y su dulzura. Las fotos de mi hija, tan yo misma. Todo el amor que me rodea. 
Mi casa sosegada.

viernes, 19 de diciembre de 2014

La mala educación

Esta mañana estaba felizmente sentada en la panadería-cafetería donde últimamente disfruto de mi segundo desayuno leyendo la prensa, cuando se abre la puerta y entran de siete a diez personas (dos mujeres y el resto hombres) riéndose a voz en grito. Se acercan a la barra con gran escándalo, uno de ellos (grande, gordo, sanguíneo, con la chaqueta abierta y la camisa desabotonada pese al frío madrileño) pregunta a gritos a sus compañeros qué quieren tomar, se lo comunica con un torrente de voz a la camarera, se acoda en la barra y muy confianzudo bromea estrepitosamente con unos y otros. A mi me han dado un susto de muerte. Miro atónita al hombre en cuestión, intento coincidir con la mirada de alguno de ellos para trasmitirle mi espanto, pero sospecho que se creen solos en el local porque están enzarzados en su estruendosa conversación y no reparan ni en mi (que me encuentro casi pegada a ellos) ni en el resto de los parroquianos. El jefe de la cuadrilla coge la silla que queda libre en mi mesa y la acerca a las vecinas, donde se han colocado los demás, sin pedirme permiso ni dirigirme una mirada. Como son muchos, y el local es pequeño, coloca su café en mi mesa y hace uso de mis servilletas, todo esto sin cesar de vociferar y lanzar atronadoras carcajadas. Desesperada, pago, me levanto y me voy.

Siento que me hierve la sangre. No soporto tanta zafiedad, tamaña falta de educación, y de repente me olvido de mis principios y añoro aquellos clubs privados donde solo podía entrar gente educada, que hablaba bajito y conocía el significado de la cortesía. Caballeros que besaban la mano a las señoras y corrían la silla para que se sentaran. El mundo de mi infancia. Me debo estar haciendo vieja.

martes, 25 de noviembre de 2014

Un bebé cibernético

Hace unos días presencié esta escena en el autobús. Una madre muy joven, un bebé que no llegaba al año, una tablet. La azulada luz de la pantalla iluminaba el rostro del bebé que, de cuando en cuando, tocaba con el dedo la pantalla; entonces sonaba una musiquita, el tono de los reflejos cambiaba y la tablet esperaba pacientemente a que el bebé realizara un nuevo toque. No apartó la mirada de aquello que contemplaba ni un solo instante.
A veces reprocho a mi nieto su "pantallitis", y su primera play está por llegar. No sé qué pensar, pero lo cierto es que me dio pena de este niño, ya hipnotizado.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Volver

Han transcurrido casi seis meses desde la última vez que me asomé a esta puerta que comunica mi casa con la vuestra. Casi medio año. Me fui sin despedirme, sin dar explicaciones (quizá hubiera sido pretencioso darlas, como lo es ahora). Es más que probable que aquellos que entraban con frecuencia en Mi casa  se hayan cansado de ver a la rubia de ojos negros siempre en cabeza, y hayan abandonado. No me extraña. Muy posiblemente hoy dirija estas palabras al vacío. Pero aquí estoy de nuevo, dispuesta a tender los brazos a esos improbables lectores, esperando que su generosidad vuelva a acogerme.

Otoño. Un beso.