Era mi hija adolescente cuando realizamos juntas un viaje a Lisboa, mi segunda visita a la capital portuguesa, que ya me había enamorado años atrás. Le enseñé los lugares que conocía y que pensaba iban a interesarle, juntas descubrimos rincones nuevos y disfrutamos de un tiempo para nosotras. Las madres de hijas adolescentes saben que no siempre es fácil.
No recuerdo que nuestros paseos nos llevaran a ningún museo, a excepción del Calouste Gulbenkian, obra de un industrial de origen armenio con residencia en Portugal que, a su muerte, legó a la ciudad, a través de una fundación que lleva su nombre, una muy importante colección de arte. El Museo se encuentra en el Parque de Santa Gertrudes, y es de obligada visita para los amantes del arte. Allí podemos encontrar desde piezas de arte egipcio, greco-romano, chino, japonés e islámico hasta arte europeo del período comprendido entre el siglo XI al XX. Van der Weyden, Bouts, Ghirlandaio, Rubens y Rembrandt junto a Turner, Manet, Renoir o Degas. De sus paredes cuelgan el espléndido Retrato de una joven, de Ghirlandaio, y los retratos de Santa Catalina y San José, de Van der Weyden, entre otras muchas maravillas. Y, sin embargo, no recuerdo haberlos visto. No recuerdo nada de lo que allí disfruté, excepto un solo cuadro. ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué, paseando por una sala repleta de piezas bellísimas, algunas incluso obras maestras, de repente te atrapa un objeto, en este caso un cuadro, que objetivamente no es el más hermoso, ni el más representativo, ni siquiera está firmado por un número uno, y te quedas ahí, ante él, prendida, con el alma en vilo, y todo lo que te rodea se desvanece? Eso me sucedió a mí entonces ante este retrato que hoy traigo a Mi casa, el de Mademoiselle Sallé, firmado por Quentin de la Tour en 1741. Marie Sallé, nacida en 1707 y muerta en 1756, fue una bailarina y coreógrafa de ballet francesa, discípula de Françoise Prévost, que debutó en la Ópera de París en 1721 y, en cierta medida, revolucionó la danza clásica de su época al añadirle expresividad y dramatismo, desentendiéndose de los rígidos cánones que hasta entonces la encorsetaban. Marie no solo bailaba, también dotaba de vida y pasiones a los personajes que encarnaba, actuaba sobre el escenario. Desechó los tejidos que le impedían moverse con libertad, sustituyéndolos por otros de mayor ligereza. Puede decirse que se anticipó a las reformas que, en el mundo de la danza, más adelante llevaría a cabo el coreógrafo Jean- Georges Noverre.
Como os podéis imaginar, yo no sabía nada de esto cuando me miró desde su retrato, aunque esa información no hubiera aportado ni detraído nada a mi encantamiento. La mujer que se hallaba ante mí podía haber sido una famosa bailarina, un ama de casa o una princesa de la Casa de Windsor, tanto me hubiera dado. De toda ella emanaba paz, dulzura, quizá la serenidad que yo entonces necesitaba. Pero fue su mirada lo que me conmovió hasta el alma: una mirada tan tierna, tan compasiva y amorosa, una mirada que todo lo entendía y todo lo aceptaba. Me sentí envuelta en su calidez, desarmada, y cuando mi hija se acercó a mí me encontró llorando como una Magdalena delante de aquel cuadro. Ella todavía lo recuerda. No he vuelto a verla, pero sé que está allí y, en algún momento, regresaré.
!!! Bienvenido ¡¡¡
Gracias por entrar. Antes de irte, echa un vistazo y comparte con nosotros. Nos interesa conocer todo lo que quieras compartir. ¿Has hecho algún descubrimiento deslumbrante? ¿Una película, un poema, un cuadro, un disco? ¿Una ciudad, un paisaje? Ábrenos una ventana y nos asomaremos.
Páginas
Mostrando entradas con la etiqueta La mujer del cuadro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La mujer del cuadro. Mostrar todas las entradas
sábado, 6 de abril de 2013
miércoles, 9 de febrero de 2011
Giovanna degli Albizzi Tornabuoni
Florencia, septiembre de 1486. La ciudad más poderosa de Italia, la más sofisticada y culta, se engalana para celebrar la boda de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni (en la imagen, retratada por Domenico Ghirlandaio) con Lorenzo Tornabuoni, ambos hijos de excelentes familias florentinas. Tres días duraron los actos que celebraban el enlace.Lorenzo de Médicis era el primus inter pares de la República. Controlaba la banca, el comercio, la política, pocas decisiones importantes se tomaban sin su consentimiento. Pero para llegar a tal posición de preeminencia, los Médicis tuvieron que habérselas con otra familia de parecida relevancia, los Degli Albizzi. Rinaldo di Maso fue el oponente más encarnizado de Cosimo di Giovanni Médicis, el pater patriae de la familia. Tras una lucha encarnizada, este último se hizo con el poder, apoyado por el pueblo, y Rinaldo fue expulsado de la ciudad y confiscados sus bienes.
Pero no toda la familia Degli Albizzi siguió sus pasos. Luca di Maso, abuelo de Giovanna, no compartía las ambiciones de su hermano mayor y se alió desde el primer momento con los Médicis, de manera que sus propiedades y prestigio quedaron a salvo. Incluso llegaron a emparentar al contraer matrimonio, en segundas nupcias, con Aurelia di Niccola de Médicis, miembro de una rama menor de la familia. El mayor de sus hijos, Maso di Luca, tuvo doce hijas con Catherina, hija de Tommaso Soderini y Dianora Tornabuoni. Giovanna era la octava.
Como toda hija de la aristocracia florentina, Giovanna recibió una esmerada educación de manos de una comunidad religiosa dirigida por Annalena Malatesta, ubicada en la orilla sur del Arno, en un convento hoy conocido como de San Vincenzo, en el que se fomentaba el desarrollo intelectual de las jóvenes en paralelo a su formación piadosa.
El acontecimiento más importante de su vida fue su matrimonio con Lorenzo Tornabuoni, celebrado en 1486, cuando ella contaba 17 años y él 18. Era Lorenzo, único hijo legítimo de Giovanni di Francesco Tornabuoni y de Francesca di Luca Pitti, uno de los mejores partidos de Florencia. En el grabado de Emilio Burci podéis contemplar el palacio Tornabuoni con la calle del mismo nombre.

Rico, educado, inteligente, de excelente linaje, se le describe con estas palabras en un tratado de matemáticas dedicado a él: "Nacido de nobilísimos progenitores con abundantísima riqueza, criado según las mejores costumbres y desde su más tierna infancia educado en el conocimiento de las letras." En las Storie Fiorentini abundan en ello: " un hombre noble y distinguido, más amado por todo el mundo que cualquier otro de su edad." En el Vaticano se conserva un fresco de Ghirlandaio, La llamada de Jesús a San Pedro y San Andrés, realizado en 1482, en el que aparece un retrato del joven, en primera fila, el tercero por la izquierda.

Estas medallas conmemorativas nos dan cuenta del aspecto de ambos.


El padre de Lorenzo, Giovanni, había multiplicado la riqueza familiar como apoderado en Roma de la banca Médicis, con quienes le unían vínculos familiares. Amante de las artes y de las letras, nombró tutor de su hijo al poeta Angelo Poliziano, que lo consideraba uno de sus alumnos mejor dotados.
La celebración de los esponsales de Lorenzo y Giovanna tuvieron lugar los días 3, 4 y 5 de septiembre de 1486. El instigador del matrimonio fue nada menos que Lorenzo de Médicis, con el objetivo de sellar una alianza política y material entre las dos familias. En el epitalamio (composición lírica que conmemora la boda) realizada por el poeta Naldo Naldi, se habla de la riqueza de los ropajes y el elaborado peinado de Giovanna, cuyo objetivo era realzar su belleza natural. Soldados de caballería, caballeros, dignatarios y jóvenes formaban el séquito de la novia, acompañándola en su recorrido por las calles de Florencia camino del palacio de los Tornabuoni, donde fue recibida con todos los honores. Más tarde, ese mismo día, bailaría delante de la iglesia de San Michele, cerca del palacio, invitando a otras jóvenes parejas a unirse a ella. Banquetes, bailes, torneos, ceremonias, durante días en Florencia no se hablaba de otra cosa. Se encargaron obras de arte espléndidas para conmemorar el enlace: los frescos de Botticelli para la casa de campo de Chiasso Macerelli y varias obras de arte destinadas a adornar los aposentos de Lorenzo, entre otros muchos. Os muestro los frescos de Botticelli. A la izquierda, Lorenzo Tornabuoni ante la asamblea de las Artes Liberales y a la derecha, Giovanna Tornabuoni, Venus y las Gracias.


Un año después Giovanna da a luz a su primer hijo, Giovannino, pero al año siguiente, cuando esperaban el nacimiento del segundo, murió Giovanna de repente por causas desconocidas. Sus funerales se celebraron en Santa Maria Novella. Poliziano escribió en su memoria el siguiente epigrama:
Por linaje, belleza, nacimiento, riqueza y marido
Fui afortunada, y también por talento, carácter y espíritu
Pero en el segundo parto y en el segundo año de matrimonio
¡Ay de mi! cuando aun no había nacido la criatura perecí.
No podría haber muerto más tristemente pues la Parca me mostró muchos bienes
Pero no me los concedió
Fui afortunada, y también por talento, carácter y espíritu
Pero en el segundo parto y en el segundo año de matrimonio
¡Ay de mi! cuando aun no había nacido la criatura perecí.
No podría haber muerto más tristemente pues la Parca me mostró muchos bienes
Pero no me los concedió
Y su marido, Lorenzo, en la última página de un manuscrito que contiene el poema nupcial que les dedicó Naldo Naldi, escribió:
Aquella a la que las Gracias otorgaron belleza interior y Venus belleza externa
Aquella a quien la diosa Diana concedió un casto corazón.
Yace aquí Giovanna, honor de su tierra, descendiente de los Albizzi,
Pero casada, todavía joven doncella, con un Tornabuoni.
Así como en vida fue muy amada por la gente
Que sea ahora querida por el Altísimo Dios.
Aquella a la que las Gracias otorgaron belleza interior y Venus belleza externa
Aquella a quien la diosa Diana concedió un casto corazón.
Yace aquí Giovanna, honor de su tierra, descendiente de los Albizzi,
Pero casada, todavía joven doncella, con un Tornabuoni.
Así como en vida fue muy amada por la gente
Que sea ahora querida por el Altísimo Dios.
sábado, 5 de febrero de 2011
¿La Gioconda, un efebo?
La Gioconda, seguramente el cuadro más famoso del mundo, obra de Leonardo da Vinci custodiado por el Louvre. Una obra fascinante, bellísima e inquietante, cuyos enigmas siguen despertando el interés de propios y extraños. Y quizá el más recurrente para los expertos sea identificar a la persona que sirvió de modelo a Da Vinci.Existen teorías para todos los gustos. Algunos estudiosos han querido ver un retrato del propio Leonardo, otros a una vecina del pintor, pero la mayor parte parece coincidir en que se trata de Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo.
Así estaban las cosas cuando un historiador italiano, Silvano Vicenti, ha lanzado una teoría que ha dejado estupefacto al mundo del arte y ha vuelto a poner sobre el tapete el misterio que rodea la obra. Vicenti sostiene que el modelo era un joven aprendiz y amante de Leonardo, Gian Giacomo Caprotti, más conocido como Salai, que comenzó a trabajar para el pintor en 1490, cuando contaba 16 años, permaneciendo a su lado durante dos décadas. De aspecto afeminado, habría sido también modelo para otras obras, en las que se reconocen rasgos muy parecidos a los de la Mona Lisa. Observad los cuadros que os muestro a continuación, San Juan Bautista y el dibujo Ángel encarnado. El parecido con La Gioconda es innegable.


Vicenti ha presidido el comité de investigación que el pasado diciembre descubrió, gracias a los análisis digitales, unos símbolos extraños en los ojos de La Gioconda: una S, una L y el número 72. Leonardo trabajó en este cuadro durante distintas etapas de su vida, lo que lleva a Vicenti a sostener que reprodujo en él algunos rasgos de su amante. La S correspondería a su apodo, Salai.
Especulaciones, controversias. Más de 500 años después, su misterio sigue intacto.
jueves, 1 de julio de 2010
Margherita Luti también es La Velata
Margherita Luti sirvió de modelo a Rafael en más de una ocasión, como atestiguan algunas de las imágenes femeninas que se repiten en su obra. Pero es en el retrato de La Velata donde los expertos encuentran mayores similitudes con La Fornarina. Realizado entre 1515 y 1516, por lo tanto tres o cuatro años antes que el cuadro que nos ocupa, nos habla de una relación amorosa dotada de mayor estabilidad que la que correspondería al contacto efímero con una meretriz. Al referirse a esta obra, Vasari habla en su biografía de “una mujer suya, a la que Rafael amó hasta la muerte” y cuenta que le hizo “un retrato hermosísimo, en el que parecía que estaba viva”. La joven está ataviada con un vestido de seda blanca tornasolada adornada con aderezos de oro y un velo de lino blanco en la cabeza, del que cuelga una joya con una perla similar a la que luce La Fornarina en el turbante. Esta figura, elegante y solemne, contrasta con la imagen más íntima y popular del otro retrato, quizá porque el destino de este fuera adornar las paredes de sus habitaciones privadas. La Fornarina convertida en icono

Tres siglos después de la ejecución de La Fornarina, otro pintor, J. Auguste Dominique Ingres, que se reconocía discípulo de Rafael y vivió subyugado por la relación amorosa entre este y Margherita, pintó en 1814, un retrato doble imaginario ante este cuadro, convirtiéndola en un icono.

Seis años después fué un pintor inglés, Joseph M. William Turner, quien retomó el tema y representó al pintor y su modelo en la obra "Roma desde el Vaticano".

Y en 1968 fué Pablo Picasso quien recogió el testigo al realizar una serie de aguafuertes, "Alrededor de Rafael", que fueron acompañados en su edición por los poemas "Sobre los amores secretos de Rafel y la Fornarina", de Rafael Alberti.
La Fornarina, la declaración de amor de Rafael de Urbino a Magherita Luti
La Fornarina (1519-1520, óleo sobre tabla, Galería Nacional, Roma), fue sin duda un regalo de amor, en el que se puede leer, como si de una carta se tratara, los sentimientos que esta joven inspiraba a uno de los pintores más sobresalientes de su época. Sobre un fondo boscoso, la figura aparece iluminada, sobresaliendo del cuadro, toda ella sensualidad y recato. Su mirada es radiante y directa, transmitiendo la intimidad que vivía con el ejecutor del retrato. Su enigmática sonrisa, juguetona y ligeramente burlona, nos recuerda a la de la Gioconda. En el dedo anular de la mano izquierda, según se ha comprobado tras la restauración, luce un anillo de oro con una piedra incrustada. Es un anillo de boda. Mientras con esta mano cubre el espacio entre las piernas, en actitud pudorosa, con la derecha se ahueca un pecho mientras el dedo índice apunta a la cinta que adorna su brazo, en la que aparece el nombre del pintor
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
.jpg)