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lunes, 29 de abril de 2013

En el metro

"Para que pueda ser he de ser otro/ salir de mí, buscarme entre los otros/ los otros que no son si yo no existo/ los otros que me dan plena existencia", escribió Octavio Paz. Y Nicolás Guillén: "Mire la calle./ Cómo puede usted ser/ indiferente a ese gran río/ de huesos, a ese gran río/ de sueños, a ese gran río de sangre/ a ese gran río?". Me gusta viajar en metro. Me gusta la mezcla de razas y tipos, me gusta la actitud relajada y distraída de quien lo usa a diario y se siente en el vagón como en el salón de su casa.













Mientras espero la llegada de mi tren comienza a sonar música caribeña, rica salsa que llena la estación de alegría. Los responsables son cuatro jóvenes sentados en un banco en el andén de enfrente, que se han lanzado a tocar sin más pretensión que su propio divertimento. Muy probablemente en un momento se hayan dividido por los vagones y pidan una propina a los viajeros, pero ahora, con el andén casi vacío, hacen música para sí. Dos chicas jóvenes, algo más allá, se lanzan a bailar mientras les jalean.
 











Una chica oriental de piel oscura, pequeña de estatura, con su negro pelo partido en dos trenzas largas que le cuelgan a la espalda, y tatuada en la parte posterior del cuello una bovina de cine y tras la oreja izquierda "miau", mira embelesada a un adolescente rubicundo que la besa en los labios con gesto distraído mientras pasea la mirada a su alrededor. De repente esta se detiene en uno de los textos literarios que la dirección del metro ha colocado en los vagones con el fin de promover la lectura, frunce el ceño en un gesto de concentración y se queda prendido de las palabras de Nicanor Parra, mientras la chica no cesa en sus besuqueos:" De estatura mediana,/ con una voz ni delgada ni gruesa,/ hijo mayor de profesor primario/ y de una modista de trastienda./ Flaco de nacimiento/ aunque devoto de la buena mesa;/ De mejillas escuálidas/ y de más bien abundantes orejas/....." Es su Epitafio.













Me apeo en la estación de Begoña, camino del hospital La Paz. De repente me veo sola, los corredores casi vacíos. También bajo tierra se esconde la belleza.

martes, 5 de marzo de 2013

En invierno

Viajo en autobús, observando como en la calle, tras el cristal, la gente camina presurosa bajo la lluvia, abrazada a su abrigo, medio oculta por los paraguas. Madrid no es triste en invierno. Su luz es capaz de filtrarse a través de las nubes oscuras e iluminar ese aire enérgico y esperanzado que la ciudad se resiste a perder. Muy cerca de mí, agarrado a la barra, un hombre de mediana edad, delgado y no muy alto, de piel verdosa y barba de varios días. Viste una gabardina parda y se toca con un sombrero del mismo tono que recuerda un platillo volante, varias tallas mayor que la adecuada, que me hace pensar en un plato hondo sobre una bombilla. Sujeta entre sus piernas, una maleta de tela oscura sobre la que posa una mochila como la que lleva mi nieto al colegio.

Observa la calle con atención, escudriñando la numeración de los portales para elegir su parada. No parece conocer el lugar al que se dirige, al menos eso deduzco de su gesto y del aire de incertidumbre, vagamente inquieto, que transmite. En su postura digna, algo rígida, se percibe un punto de desaliento. Fantaseo con la idea de que busca refugio, aferrado a una esperanza con la misma determinación con la que mantiene el equilibrio ante los bruscos frenazos del conductor del autobús. Por algún motivo me recuerda a la imagen que fabriqué en su día de Ricardo Reis, el heterónimo de Pessoa.

Coincidimos en la parada de destino y nos acercamos a la puerta al mismo tiempo. Con un gesto le invito a descender primero y de igual modo me indica que lo hará detrás de mí. Sonríe mostrándome su boca desdentada y siento una enorme congoja, una necesidad imperiosa de echarme a llorar. Últimamente me pasan estas cosas.

El dibujo es de Luis Pérez Ortiz, excelente dibujante, pintor e ilustrador, colaborador habitual del diario El Mundo, amigo, habitual de Mi casa.

lunes, 4 de julio de 2011

En el autobús

Al menos una vez por semana me desplazo a uno de esos pueblos del norte de Madrid que ya se han convertido en una suerte de ciudades dormitorio, con mayor densidad de población que muchas capitales de provincia españolas. Suelo tardar tres cuartos de hora, tiempo que aprovecho para leer el periódico o divagar mirando por la ventana del autobús.

Hoy ha sido uno de esos días, y allí estaba yo, con el diario y un paquete intencionadamente colocado en el asiento de al lado. No es que me moleste la compañía, pero nada tan incómodo como leer un periódico a medias abierto, si no quieres invadir el espacio del vecino. Pues hete aquí que, aunque abundaban los asientos libres, se me sienta al lado una señora mayor, diminuta, con el pelo blanco muy corto, y una de esas caras lavadas de rasgos aniñados, ojillos de mirada pizpireta y gesto de jilguero cantarín que, gorgeando y dando saltitos en el asiento, me da los buenos días y, sin solución de continuidad, me traslada su contento por la bajada de temperaturas y la puntualidad del autobús, mientras se recoloca el bolso sobre el regazo y da pequeños estirones a su falda blanca plisada. Pese al calor, lleva una camisa blanca, de cuellos muy planchados, y una americana de rayas blancas y rosas. Hay en ella algo monjil. La miro, sonrío, y sigo leyendo. Ilusa de mi.

Titular del periódico: "Rabat cierra en falso su primavera árabe". La señora de rosa inclinada sobre mi diario: "Menudo rey ese, con esa cara de degenerado". Contesto con un sonido gutural y pretendo continuar la lectura. Imposible. La señora masculla pegada a mi oído. Paso página. Una información sobre Strauss-Khan. "Y ese, vaya sinvergüenza, aunque la guineana parece una fresca". La miro, atónita, y me devuelve una sonrisa angelical. Paso páginas mientras la escucho cloquear a mi lado. Reportaje sobre Rubalcaba: "No me fío de este. Vive aquí, cerca del Ambulatorio. Nos llevará a la ruina". "El oscuro discípulo del Papa", reza otro titular. La señora: "Y que me dice de la Iglesia. Yo soy católica, pero la verdad es que han hecho cosas terribles". "Beslusconeando", titula Elvira Lindo su artículo. "Fíjese, fíjese en este", y su dedo índice se clava en la cara de Berlusconi con tal fuerza que el periódico se me escapa de las manos. "Un anormal". En la página vecina, una foto de Pol Pot. "Y este pobre, vaya cara de sufrimiento".
A mi mirada de pasmo responde con su más beatífica sonrisa, mientras se alisa la falda. Cierro el diario y me concentro en el paisaje tras la ventana. Al cabo de un rato, sin decir una palabra más, se baja del autobús.

martes, 22 de marzo de 2011

El café del Círculo de Bellas Artes de Madrid

Uno de los cafés con más encanto de Madrid es este del Círculo de Bellas Artes. Me siento a hacer tiempo mientras comienza la representación de La sonrisa etrusca, en el vecino Teatro Bellas Artes, y observar a la gente. Vengo a menudo por aquí, a veces a la hora del aperitivo, a leer los periódicos y ver pasar a la gente por la calle de Alcalá; en otras ocasiones me concedo un descanso después de visitar alguna de las exposiciones que el Círculo organiza periódicamente. Actividad constante la de esta institución, fundada en 1880, que mantiene un encomiable esfuerzo de difusión cultural a través de múltiples actividades: conferencias, lecturas poéticas, presentaciones de libros, exposiciones y proyección de películas, entre otras muchas.














Me gusta el edificio, obra del arquitecto Antonio Palacios, un edificio ecléctico y singular donde se reunieron durante todo el siglo XX personalidades de la vida cultural madrileña, desde Benavente a Arniches, y que alberga una importante colección de obras de arte.

















Mientras tomo un café observo a una anciana sentada en una mesa colindante. Su aspecto la singulariza en este ambiente en el que reina una cierta uniformidad, que podría ejemplarizar en una pareja sentada un poco más lejos, junto a un ventanal. Rondarán la cincuentena. Ella tiene una cara interesante, morena, el pelo corto y liso sujeto en una cola de caballo, manos largas y huesudas, viste una camiseta blanca de algodón que asoma bajo un jersey gris de cuello en pico, pantalones negros y botines. Lee la prensa junto a un hombre enteramente vestido de negro, con barba de dos días y pequeñas gafas de concha, enfrascado también en su diario. Sobre la mesa, dos tés y un buen número de libros.

La anciana en cuestión parece acabar de llegar de la compra y ahí está, sentada ante un café, con el pelo blanco cardado y una gabardina beige que conoció mejores épocas. Sobre su mesa, un enorme bolso imitando piel, de color incalificable. No levanta la vista de su libro, un pequeño ejemplar en edición de bolsillo de La histeria, de Freud.

domingo, 16 de enero de 2011

Los ancianos


Caminaba delante de mi, ligeramente encorvado. Su loden verde en bastante buen estado, una visera inglesa de cuadros verdes y beige y los pantalones de franela gris no concordaban con sus zapatos, unos mocasines negros muy viejos, con la parte trasera aplastada por los talones, enfundados en unos calcetines del mismo color, cuyo empuje había transformado en chancletas. Clap, clap, clap, repicaban a cada paso. Al adelantarle me fijé en el pelo blanco, un mechón caído desmayadamente sobre la frente, la barba de varios días y el gesto de abatimiento en su rostro. Clap, clap, clap, la mirada fija en el suelo. Torció por una bocacalle y le perdí de vista.

Crucé la plaza, los juegos infantiles desiertos a esta hora de la mañana. En los bancos, la algarabía de los borrachines habituales y varias mujeres mayores, silenciosas, cabizbajas, acompañadas de otras más jóvenes con rasgos sudamericanos, charlando entre ellas. Algo más allá me crucé con un chico joven, largo como una espingarda, caminando al lado de un anciano diminuto, concentrado en cada paso que daba, al que agarraba delicadamente por el codo.

La vida es terrible. Qué tristeza.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Mi envidia


Caminan lentamente por la orilla, uno junto al otro, en silencio. Les distingo a lo lejos, son inconfundibles. Rondarán los setenta y cinco años, quizá los ochenta. Ambos están extremadamente delgados. La carne les cuelga flácida, la piel despegada, un mapamundi de arrugas, los huesos de las caderas, las rodillas y los hombros sobresalen tanto que parecen herir la piel. Hace varios días que les observo en sus paseos por la playa, pero conservan un blanco sin mácula. Él se toca con un gorrete en forma de casco azul eléctrico y unos bermudas parecen flotar sobre sus caderas. Me fijo en sus pies, largos, estrechos, blanquísimos. Ella cubre sus canas rizosas con un sombrerito de ala corta, de algodón blanco. Viste un biquini amarillo y negro, de estampado atrevido, dos piezas grandes que sólo dejan al descubierto parte de su estómago.

Les encuentro cuando doy mi paseo a primera hora de la mañana, antes de que la playa se llene de bañistas, y vuelvo a adelantarles a la vuelta. Hoy, por primera vez, les he sorprendido hablando animadamente, parados en la orilla. Cuando llegué a su altura ella le quitaba con dos dedos algo que él tenía en la mejilla y él se reía mostrando una perfecta hilera de dientes postizos. Les envidié.

lunes, 28 de junio de 2010

Sólo una niña, siempre

Levantó la mirada del libro y la dirigió distraídamente hacia la ventana. Una estación pasa ante sus ojos: Santullano. Ya estaban en Asturias, habían atravesado los túneles de Pajares sin que ella lo advirtiese, absorta en la lectura. Se lamentó de ello. Había perdido la oportunidad de sentir esa íntima alegría que la asaltaba con el primer valle asturiano, su profundo verdor, los altivos perfiles, tan queridos. “Ya estoy en casa”, pensó mientras la entrada de un túnel le hurtó el paisaje. Entonces la vio, reflejada en el cristal. Estaba de pié ante su asiento, en la otra fila, una línea por delante. Menuda, vestía una camisola a rayas blancas y azules y un pantalón ancho, grisáceo. Apoyaba el codo en el respaldo del asiento delantero y, la palma abierta, sujetaba su barbilla. Media melena de pelo crespo, liso, rubio ceniza entreverado de canas; cejas amplias, sin depilar, dibujaban una leve caída en los bordes; nariz larga y recta; labios finos. Manos nerviosas de uñas cortas, sin arreglar, y articulaciones abultadas. Miraba absorta hacia delante, fija su atención en un punto invisible para los demás, fuera del mundo, y su rostro expresaba una tristeza sin esperanza. Algo hondo, dramático, se adivinaba tras su gesto. La luz del exterior borró su imagen y volvió el verdor intenso y frondoso de principios de verano, tierra mullida, maternal, nodriza generosa. “No puedo vivir tan lejos”. Sonrió: la vieja cantinela, siempre el mismo propósito, siempre incumplido.

La observó directamente, sin su reflejo. Sigue inmóvil, ese gesto de inmensa derrota. Una niña abandonada, inerte ante un dolor mayor que ella, un dolor que no puede contener. Toda ella grita ese dolor, sobre todo esas cejas derrotadas, el abandono de ese pequeño cuerpo a la desolación. Una tristeza impúdica, infantil.

La mira largo, sin disimulo. Ella no la ve mirarla.

En el asiento contiguo cabecea un hombre de pelo ralo y barriga prominente. De repente abre los ojos, la ve de pié a su lado, levanta un brazo y acaricia levemente su cintura en un gesto familiar. Ella apenas esboza una negativa, pequeña sacudida de su melena, y continua inaccesible allá donde la pena la mantiene alejada. Él gira su cuerpo, le da la espalda, y cierra los ojos.