Mientras espero la llegada de mi tren comienza a sonar música caribeña, rica salsa que llena la estación de alegría. Los responsables son cuatro jóvenes sentados en un banco en el andén de enfrente, que se han lanzado a tocar sin más pretensión que su propio divertimento. Muy probablemente en un momento se hayan dividido por los vagones y pidan una propina a los viajeros, pero ahora, con el andén casi vacío, hacen música para sí. Dos chicas jóvenes, algo más allá, se lanzan a bailar mientras les jalean.
Una chica oriental de piel oscura, pequeña de estatura, con su negro pelo partido en dos trenzas largas que le cuelgan a la espalda, y tatuada en la parte posterior del cuello una bovina de cine y tras la oreja izquierda "miau", mira embelesada a un adolescente rubicundo que la besa en los labios con gesto distraído mientras pasea la mirada a su alrededor. De repente esta se detiene en uno de los textos literarios que la dirección del metro ha colocado en los vagones con el fin de promover la lectura, frunce el ceño en un gesto de concentración y se queda prendido de las palabras de Nicanor Parra, mientras la chica no cesa en sus besuqueos:" De estatura mediana,/ con una voz ni delgada ni gruesa,/ hijo mayor de profesor primario/ y de una modista de trastienda./ Flaco de nacimiento/ aunque devoto de la buena mesa;/ De mejillas escuálidas/ y de más bien abundantes orejas/....." Es su Epitafio.
Me apeo en la estación de Begoña, camino del hospital La Paz. De repente me veo sola, los corredores casi vacíos. También bajo tierra se esconde la belleza.







