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martes, 26 de mayo de 2015

"Espejos, estrellas", por Xuan Bello

La distancia a veces embellece las cosas. Miro por mi ventana y veo un pequeño huerto, junto a unos fresnos que darán sombra si así lo precisa el hortelano. Se trata de un huerto sembrado de estrellas, es lo que yo veo con total claridad. Parpadean, refulgen, aparecen y desaparecen armónicamente. Veo al hortelano caminar junto a la tierra de labor. Se agacha y tal vez arranque alguna mala hierba. Me pregunto qué malas hierbas ahogarán el nacimiento de una estrella. Lo hace para bien, compruebo con una mirada, pues el campo de destellos fulgura. Pienso si el hortelano será como aquel labriego que contaba Sánchez Ferlosio, que un día se puso a labrar y se durmió. Los bueyes siguieron tirando de la tiva, del arado, y se salieron del campo. Siguieron y siguieron trazando un único surco hasta llegar al mar de Portugal pues el buen hombre, que estaba cansado de muchas labranzas, no se despertaba. Cuando llegaron al mar los bueyes, que serían como aquellos que se comieron los tripulantes del azar para espanto de Odiseo, quisieron seguir camino hacia lo imposible pero una ola fresca, que le salpicó la cara, despertó al durmiente. Bostezó, vendió los bueyes y el arado, y siguiendo el curso del surco volvió a su casa.
Bien sé que el campo que veo desde mi ventana no es de estrellas aunque lo parezca. Son humildes cedés plateados, nueva basura vieja de nuestro tiempo, donde espejea el sol para espantar a los pájaros. La realidad vista de cerca, a veces, da miedo por su descarnado sentido de la utilidad. Recuerdo a una buena médica, una expertísima oncóloga, que al mirar las ramificaciones del tumor que mi pobre padre padecía, se le escapó:
–¡Qué bonito!
Lo miraba desde lejos, como yo miro mi campo de estrellas, y podía admirarse, como quien ve un cuadro abstracto, de las sombras, manchas y luces que dispone la muerte lenta del tiempo. Nos ha pasado a todos: ¿recuerdan aquellas imágenes de la primera guerra de Irak convenientemente televisadas? Qué bonito Bagdad en llamas, qué armonía única la de la destrucción. Después vinieron las otras imágenes, las de los muertos y heridos, y después aún por si fuera poco otra segunda guerra y un pueblo masacrado.
Sin embargo acercarse a las cosas, no quedarse en lo somero y superficial, merece la pena. Nos marean a impuestos y a hambres para que nos quedemos a distancia, a una distancia prudente, de la realidad. Es lo que le pide el señor al siervo, que sea prudente e interesado, que es una manera educada de decirle que sea cobarde y codicioso. Una sociedad cobarde y codiciosa levantará pirámides y murallas, pero nunca escuelas y hospitales. El razonamiento perverso es este: si espejea el vertedero de nuestros sueños, ¿qué importa que la putrefacción nos carcoma?
Acercarse a la realidad tiene sus problemas, en efecto. Tanto puede descubrirse el espanto como la maravilla y, además, la duda y la torpeza acompaña tantas veces nuestras acciones. Pero aunque hayamos visto nuestra historia reciente como un pudridero de ideas o un paridero de hienas, no por eso nuestra responsabilidad se atenúa. Votar libremente, sin coacción alguna, fue un derecho que nuestra sociedad tardó siglos en conquistar. Votar en conciencia es una fiesta de la inteligencia, de la cordura; recordar que la democracia no sólo sucede un día cada cuatro años, también.

Ahora es el momento de ver si eran espejos baratos o estrellas. Usted decide.

domingo, 26 de abril de 2015

"Simbad", por C BS

"Los codos se los herían en los diamantes tallados y cuando embocaron un tramo de túnel de paredes lisas -solo piedra labrada y arcos de ladrillo- cesó aquella laceración. Doblaron el recodo del canal y una turbulencia del aire los barrió de la almadía y los lanzó a la corriente impetuosa. Algunos que no sabían nadar desaparecieron en el agua espumeante en cosa de segundos. Solo Simbad permanecía firme sobre los troncos y al ver boquear a algunos compañeros ya sin fuerzas para salvarse, los golpeaba en la cabeza con un remo o se la pisaba hasta ahogarlos.
Después de sortear unos escollos, la balsa penetró en un pasadizo cuyas paredes verdeaban de musgos, helechos y vetas de esmeralda. De lo alto, por un ojal de la roca, se filtraba una luz lechosa y mortecina . Y así desembocó en una playa rodeada al norte por cantiles de basalto y bosques de araucarias. De la arena cristalina asomaban a trechos osamentas de cetáceos y los espinazos gigantescos de peces abisales. Sobre el horizonte marino un arco iris daba color a la pizarra del cielo.
La sombra de un pájaro inmenso se abatió sobre la playa y Simbad se sintió asido por unas garras que se le clavaban en la espalda. En segundos vio bajo sus pies la tierra alejándose y un mar terso que fulgía bajo los rayos del sol poniente. Y así voló colgando de la túnica durante un buen rato hasta que el ave de presa se posó en la cima de un risco puntiagudo y lo depositó blandamente en un nido trenzado de espinos y retamas, en cuyo fondo relucían dos enormes huevos blancos jaspeados de estrías grises.
Simbad, exhausto, se confió al sueño hasta que un crujido le hizo despertar con sobresalto: el cascarón de los huevos se había resquebrado y los horrendos pollos se debatían por liberarse de aquella prisión calcárea. Primero una garra amarillenta, luego un alerón implume y por fin la gran cabeza, sobre la que se desplegaba erecta una cresta dentada de color carmesí. Al poco, las dos crías recién nacidas parpadeaban a la luz del primer sol. El más cercano a Simbad comenzó a picotearle el turbante mientras le sujetaba los pies con las garras de uñas afiladas.
Una sombra se cernió entonces sobre el nido: el ave monstruosa regresaba con el cadáver de una cría de camello, que introdujo en las fauces de uno de los pollos. Prendió a Simbad por la túnica y lo elevó sobre la cabeza de la otra criatura que se aprestaba a engullirlo abriendo el pico desmesuradamente. Fue entonces cuando una flecha atravesó el cuello del glotón: el arquero subido a una alfombra de colores rutilantes y fleco dorado había disparado la saeta. Una segunda ensartó la cabeza del pollo que restaba vivo y, aproximándose más a la bestial madre, la decapitó de un diestro golpe de alfanje.
Trepó Simbad por una escala de bramante y volaron ambos hacia el sur, camino de Basora.

Hoy, es un hacendado que posee uno de los palacios más suntuosos de la ciudad, pues los diamantes que logró guardar en una bolsa oculta debajo del vestido fueron suficientes para hacer de él un hombre rico, que apareja ya un bergantín en el que navegar hasta tierras del Indo, ricas en especias y marfil, y en sedas de sutileza incomparable."

Un amigo querido, visitante asiduo de Mi casa, me envía este cuento, una recreación del clásico protagonizado por Simbad, un regalo que quiero compartir con vosotros.

lunes, 20 de abril de 2015

"Los nadies", de Eduardo Galeano

"Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pié derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata."

Gracias Patxi por ofrecerme este maravilloso texto de Galeano.

jueves, 26 de marzo de 2015

"Rota", de Leila Guerriero

"Y entonces, porque yo estaba triste, el sábado pasado me llevaste a ese parque, tan cerca de casa, tan lejos del mundo, y caminamos por el sendero de tierra, entre las cañas de bambú, respirando el aire fino y caliente en el día desierto, y me contaste que habías estado allí un tiempo atrás, tomando unas fotos, y que te habías topado con un tipo rarísimo que tocaba la guitarra detrás de un arbusto —como un desconsolado, como un perro frenético—, y lo imitaste a gritos y yo me reí (recordando aquella vez, hace años, cuando éramos casi unos desconocidos y, en un bar de una isla colombiana, mientras sonaba Bob Marley, vos, hasta entonces silente y discreto, empezaste a cruzar la pista de una punta a la otra, con unos ridículos pasitos a la Fred Astaire, simulando que te ponías y te sacabas un sombrero, y yo te miraba con asombro y felicidad, como quien descubre un tesoro recién hecho), y cuando llegamos a un recodo del camino me señalaste una hiedra y me dijiste “Ponete ahí”, y bajo ese sol de ámbar empezaste a tomarme algunas fotos. Todo olía a eucaliptus y a tierra, y sonó la campana que anunciaba el paso de un tren, y la tarde, dentro de mí, se hizo trizas en miles de fragmentos de sangre y hueso y hielo, y vos te acercaste, me quitaste un mechón de la cara, me dijiste “Tan linda”, y yo te miré desconcertada, como un animal encandilado y alerta —¿qué habías visto, qué habías visto?—, y me preguntaste “¿Mejor?”, y yo te dije “Sí”. Y me sentí un monstruo, un animal, un ser lleno de secretos y pájaros oscuros. Porque no era verdad. Porque, a pesar del paseo y las fotos —y el mechón de pelo y tu intento de salvarme de todas las cosas— no era verdad. Porque la gente no salva a la gente: la gente se salva sola. Y no supe si vos lo sabías."

Leila Guerriero, diario El País, 4 de marzo de 2015

sábado, 21 de marzo de 2015

"La razón que no quiero", por Xuan Bello


Sigue atento, Amor, sigue atento: las estrellas silban aún tu tema y la luna, creciendo hasta el día trece de su menguante en marzo, ilumina los oscuros sueños. Sigue atento, no te duermas y busca, dentro de ti, no sólo razones de vida sino, sobre todo, razones para vencer a la muerte. No se puede vivir sin una raíz en la consciencia y una rama al aire de los sueños. Sigue atento mientras la música de los astros entone tu canción. Hoy aún es siempre todavía. Hay razones para la desesperanza, poderosas razones que no niego, y de repente una niña duda de su sombra en el camino, ladra un perro en la noche, le dicen a alguien, en la consulta de las luces enfermas, que no es benigno. No te duermas, Amor, no te duermas. No lo hagas nunca y rige todas las cosas, todas la medidas, todo afán. ¿No oyes esa melodía? Escúchala junto al rumor del tiempo.
La luna brilla en la noche, más llena y más baja que nunca. Me he parado a mirarla, cuando salía del bar de mi parroquia y un presentimiento me ha agitado: un dios de los nuestros, construido con el barro de nuestros sueños, podría alcanzarla. Es por eso que leo, que leo mucho y me aplico en la desordenada pasión de la belleza. Hoy a William Wadsworth, mañana quién sabe a quien. ¡Tantas veces, amor, en busca de un adjetivo me he encontrado con tu sombra que se desliza por mi vida! La luna está ahí, en su fase de plenitud, aún coronando la helada que se va yendo poco a poco. Mañana, si el Nuberu no dispone otra cosa, habrá sol, ese sol de marzo que ya aprende a ser paciente y se demora en las esquinas de las terrazas sobre las piernas esbeltas de la primavera a punto de nacer.
Mientras tanto llega y no, Amor, yo también escucho mis canciones. Bob Dylan ahora, a Manolo García hace apenas un rato. ¿Te he dicho que todas las canciones que me gustan hablan de ella? Lo han hecho desde siempre, antes incluso de haberla conocido. Lo harán después para siempre ya que, como bien se dijo, sólo una cosa no hay: el olvido. Noches de luna llena y días de sol. ¿Qué más se puede pedir? Salgan a la calle, mis lectores, salgan a la vida que se ilumina de manera tan contradictoria. Y a los que no puedan salir, por lo que sea, que alguien les traiga un ramín minúsculo de margaritas. La vida duele, claro que duele. Es el único sitio donde podemos ser felices.
A la vida le pediremos, cuando menos, otro tanto y más. Necesitamos tu ayuda, Amor. No te conformes. Sé insaciable y voraz como eres por naturaleza: reparte justicia y armonía, dilata los instantes de manera que parezcan días y los días con tal industria que parezcan siglos. No permitas el desasosiego perpetuo, haz que se abran en el alma rendijas de luz certera por las que atisbar cómo huye, y se queda, la eternidad. No dejes caer en la desesperación a quien ama y, si cae en la desgracia, cúbrelo de atenciones.
Pepín el de Tuenda, el flautista de Muñalén, me lo decía un día:
–Lo que-y falta a Asturies ye amor, munchu amor – y yo pensaba revolviendo el café del recuerdo: «Y a España, Pepín, y al mundu enteru».

Háganme un favor: salgan a disfrutar del sol breve y, antes del trece de marzo, miren de noche, sobre el mar de los sueños, la luna desde su ventana. Aunque no me den la razón, que no la quiero, me entenderán.

jueves, 19 de febrero de 2015

"Rojos y negros", de C. Bernardo Sánchez

"Llegaron casi a un tiempo. Los Rojos traían los arados, las azadas, los fardeles con los martillos y los escoplos, las piedras de afilar y las guadañas. Los Negros, los palotes, los cuévanos con las semillas, las gradas de dientes, los rastrillos, las horquillas, los cántaros de agua.
La tierra oscura estaba roturada en surcos rectilíneos de desigual profundidad y anchura. Los bordes eran irregulares y presentaban abultamientos verdes, ocres, carmín... Entre aquellos, había espacios de tierra sin labrar, cuarteada, como el limo verdoso de las charcas que se desecan al sol. A intervalos, se levantaban cerros cónicos distribuidos a distancias regulares que brillaban con reflejos de marfil bruñido bajo un sol blanco aniquilante.
Los Negros arrojaban a voleo las semillas en los surcos, mientras brigadas de Rojos se afanaban en tapar la simiente con trozos de materia inerte, plaquitas como epitelios desprendidos y terrones globulosos y rezumantes que se hallaban esparcidos por doquier. Algunos querían reintegrar la tierra endurecida a los surcos pero era tal su consistencia que hubieron de desistir.

Cuando el dragón comenzó a batir las alas, un torbellino barrió la coraza córnea y las hormigas -las rojas y las negras- embebidas en la corriente de aire, cayeron al vacío y, dada su levedad, se posaron incólumes sobre un islote del Mar de los Quelonios."

Un asiduo visitante a "Mi casa", amigo querido, ha escrito este texto que me gustaría compartir con vosotros. Para este blog, es un lujo contar con gente de tanto talento. Un millón de gracias.

lunes, 16 de febrero de 2015

"Desvanecimiento", de Francisco Calvo Serraller

Era un vuelo rutinario Madrid-Nueva York justo después del destemplado trémolo navideño. Temporada baja, pero con el aliciente adicional de pillar algo en las sustanciosas rebajas neoyorquinas de enero. La aeronave medio vacía dejaba confortables huecos para el asiento del pasaje y su servicio a bordo. La salida fue puntual y no hubo la menor turbulencia durante el trayecto. Como estaba previsto, en el momento indicado, se nos anunció por los altavoces que se iniciaba la maniobra de aproximación y aterrizaje, con las correspondientes noticias sobre el horario previsto del fin del vuelo y los datos meteorológicos que nos encontraríamos en Nueva York, donde, se nos advirtió, estaba nevando copiosamente. El descenso, entre tupidas nubes negras inacabables, no aconsejaba mirar por las ventanillas entonces casi sin perspectiva, de manera que, durante un tiempo psicológicamente interminable, flotamos sin visión, para remontar la altura perdida e iniciar una danza de giros, quizás en espera de poder afrontar con mejor fortuna el ansiado aterrizaje. Al cabo de un tiempo que se alargaba indefinidamente, el altavoz nos indicó que partíamos hacia otra pista sin determinar en mejores condiciones, pero, fuera donde fuese el aparato, ningún lugar parecía accesible, y, no sé cuántas veces, se abortaba la operación. A la confusión y los nervios encrespados del pasaje le siguió un abatimiento general, en el que se produjo un silencio que se confundía con el ronroneo de los motores, hasta que, al fin, percibimos como un descenso desesperado del avión. Quizás nuestra última visión fue la de una tierra que se nos venía encima y un sordo resplandor.

Era un soleado día de primeros de agosto en una hermosa playa del Cantábrico, que creía conocer al dedillo. El buen tiempo, raro por esa zona, hacía que el lecho arenoso estuviera muy concurrido de veraneantes en solaz. El mar no parecía intranquilo y todo invitaba a un baño. Buen nadador, me lancé al agua salvando las primeras líneas que tupían los metros próximos a la orilla, entregado confiadamente al rítmico movimiento de las brazadas. En un momento me detuve y miré a la todavía muy próxima costa. Vi que alguien me hacía señas desde la orilla. No le di importancia y decidí retomar el camino de vuelta por si esa preocupada buena persona pensaba que era un insensato. Lo hice enérgicamente para zanjar la cuestión. No levanté la cabeza hasta que creí que ya hacía pie. Descubrí entonces que una corriente me había arrastrado mar adentro y apenas si discernía el contorno de la playa. El pánico se apoderó de mí según se empequeñecía el horizonte terrestre. Pensé que estaba perdido. Recordé que la angustia del náufrago es tan fuerte que colapsa antes de ahogarse. Colapsé.

Paseaba despreocupadamente por un sendero de montaña un atardecer de otoño algo turbio, cuando descubrí una extraña ancha grieta en una pared rocosa que me intrigó porque parecía abrirse a un amplio pasillo, quizás el de una antigua mina abandonada o quién sabe qué. La curiosidad me llevó a adentrarme unos metros al amparo de la tenue luz que se filtraba por la entrada. De repente, me sentí caer en una fosa profunda. Al cabo de no sé cuánto tiempo, recobré el conocimiento. Estaba todo oscuro y mi maltrecho cuerpo era incapaz de moverse. No llevaba el móvil.


Me despierto una noche con la agitación de haber sufrido una terrible pesadilla, cuando observo, frente a mi cama, encima de una mesa, un ordenador encendido que parpadea. Veo en él escrito un texto donde se relatan tres accidentes mortales, cuyo autor lleva mi nombre, acompañado de la fecha de mi nacimiento y la de mi misteriosa desaparición. No comprendo lo que pasa. Intento salir de mi cuarto, pero no encuentro la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Seré yo acaso un accidente? ¿Una consciencia fantasmal? ¿Un ente de ficción? Me entra una rara lasitud. Me desvanezco.

Francisco Calvo Serraller, diario El País, 7 de febrero de 2015.

miércoles, 7 de enero de 2015

"Noticias del amor oscuro", de Xuan Bello


No siempre se ve el amor, la celeste decisión de nuestra libertad de entregarse a otro. No siempre sucede que, tras la helada, broten flores azules en la áspera piel de la tierra. Miro muy detenidamente mi jardín, y quien dice su jardín dice mi parroquia; y quien dice mi parroquia está diciendo su país y el mundo entero. Amo mucho, con una entrega incondicional, el tiempo en el que vivo. No tengo más: es mi única oportunidad, entre un llanto y otro llanto, de ser eterno.
Si ustedes viesen lo que yo veo me envidiarían: sobre una loma antigua, que el arte inconsciente de la geología ha dispuesto, arden en plata a veces verde, como oxidada por el tiempo, los troncos de los manzanos. Sé que este milagro del invierno, que anuncia nieve, necesita de cuidados. «Xineru ye bon sementeru», dice el refrán y aunque acaso las generalizaciones son sólo aproximaciones a la realidad, que siempre se nos escapa, nos sirven para situarnos. La voz de un amigo, el cigarrillo cotidiano que me mata lentamente alimentando sueños, la férrea creencia de que los Reyes Magos son verdad y no un invento de los padres, la tierna seguridad de que sólo lo inseguro prevalece en esta vida mía que se va acostumbrando al único argumento de la trama: envejecer, morir.
Me miro en el espejo y advierto cosas que nunca había visto. El amor también tiene arrugas y ojos hinchados al amanecer; tiene un si es no es de sentido que nos cambia radicalmente. Nos hace jóvenes, nuevos, vivos. Aletea el instante: somos nosotros dos ante el mundo. Frente a la rabia y la indignación, sólo se puede oponer con ciertas garantías de éxito el amor. Un amor oscuro que brota de no sabemos de dónde pero sabemos de quién y por qué. Sabemos también para qué: para cambiar el mundo.
¡Me han llamado tantas veces ingenuo! Pero yo lo único que he visto, a mi alrededor, es gente que se esfuerza, que sabe, que se pone de puntillas, que quiere ser justa, que yerra y acierta, que se protege protegiéndose. País de pícaros el nuestro, que aparentamos ser más listos que nadie para ser los tontos del pueblo. Los he visto, a las seis de la mañana, camino de los tejados de la construcción; los he visto tecleando nerviosamente un whatsapp en el autobús; los he visto en un verso de Carl Sanburg: «Nunca madrugar fue patio de recreo / y sin embargo cuánta felicidad en procurar / la felicidad cuando se tiene hambre / de sol, de justicia, de una vida sin márgenes».
Una vida sin márgenes que no se pueda desbordar pues los márgenes de la vida son los del amor. Agustín de Hipona, mi amigo dilecto estos días, lo dice muy claramente en sus confesiones: «Si tu suerte te es adversa, como me fue a mí, podrás pasar sin muchas cosas pero sólo en una tendrás cobijo: en la seguridad de quererte a ti mismo como Él te quiso a ti».
Creo en los Reyes Magos porque me los ha anunciado un tordo, de rama en rama, en mi jardín. No les pido objetos, sino un concepto. No pido ni siquiera para los míos; pido para todos. El próximo año, ¿será otra vez una larga reverencia al olvido? ¿Nos atreveremos a ser?

Con nosotros va este amor oscuro que todo lo puede. Con nosotros, acompañándonos. Tan cerca que nos quema iluminándonos.

viernes, 11 de abril de 2014

"El tren a Burdeos", de Marguerite Duras

Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreirle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, la estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío."


Este hermoso cuento de Marguerite Duras me lo descubrió un amigo de Mi Casa, Carlos Boniver, que me mostró también un enlace en el que podemos encontrar infinitas joyas. Gracias Carlos.

domingo, 16 de marzo de 2014

"Un lugar a donde llegar", por Xuan Bello


Recorremos miles de kilómetros para comprobar que el agua sabe a agua; nos embarcamos en viajes a las antípodas de las antípodas sólo para encontrar un oriente al oriente del oriente. Vivir con sosiego e intensidad, he ahí la definición exacta de la insatisfacción; buscamos lo que no se puede encontrar –una tarde que dure la vida entera– y en el laberinto del fin de semana encontramos muchas veces motivos para la decepción. Y sin embargo un partido de fútbol, una sonata de Bach, un paseo por el Muro de San Lorenzo con la perspectiva de encontrar una voz amiga son momentos que equilibran el mundo. A veces basta sólo con una canción de Tom Waits. El tiempo –el tiempo de la duración, el tiempo de la intensidad—es discontinuo: sólo sucede el presente a veces. Fundamentalmente somos pasado: recuerdos, experiencia vivida y arrepentimientos; fundamentalmente somos futuro: cálculos, presentimientos y temores. Entre el temor y el temblor a veces el presente sucede y esa canción de Tom Waits es una raíz que ata al árbol del alma a la tierra fértil del sueño. Sólo se puede soñar en tiempo presente.
Pongamos que una noche de invierno un viajero llega, sin saber muy bien cómo, a la Taberna de Alvarín, en la villa de Grau, y allí se queda unas horas. No le interesa mucho el fútbol pero se deja contagiar por el entusiasmo de la clientela que aplaude, frente a un espléndido Real Madrid, la destreza inteligente del Barça. Pongamos que bebe, en silencio, lentos sorbos de cerveza y descubre, para su sorpresa, el sabor verdadero del pan del día que no pasa. Pongamos que piensa que el mundo está bien hecho, que ha llegado por fin a su destino y sueña con quedarse para siempre. Suena premonitoria una canción de Tom Waits. Descifra su estribillo y encuentra en él otra definición del amor: «You turn kings into beggars / and beggars into kings»; sólo amamos a aquellas personas que son capaces de transformar a los reyes en mendigos y a los mendigos en reyes. Sólo amamos a aquellos que nos transforman, buenos y generosos, en reyes de su vida. Ésa es la única verdad.
Mas pongamos por caso que el viajero que había llegado una noche de invierno a la Taberna de Alvarín en la villa de Grau tiene como es natural que volver a su circunstancia. Le esperaban muchas cosas buenas y esenciales: casa y familia sobre todo, obligaciones emocionales y laborales, también pequeños detalles nimios que, en realidad, echaba de menos. No somos más que un débil saco de sangre y huesos, y un alfiler, verdad, puede matarnos. El viajero se fue, contento por haber sido entero un momento y olvidó, como todo se olvida con el tiempo, su vocación de eternidad en el instante, su capacidad de ver sobre los muros burocráticos de la realidad la luz de la revelación del presente. Años después, una tarde entre muchas tardes, decidirá volver y no encontrará en Grau la taberna de Alvarín. Ve que van a remozar el edificio, convertido su fachada en andamios que proponen una radiografía exterior y extravagante, ve que su presente guardado en el recuerdo es sólo ruina. El corazón de la ciudad, lo dijo Baudelaire, cambia más que el corazón de sus habitantes. Miguel Rojo, recuerdo, me contó hace años que estaba escribiendo una novela sobre una calle en París. No sé si la llegó a escribir. Su tema, pensé entonces, era la tentativa humana de llegar al presente y en mi memoria imaginativa, esperándola, la he leído muchas veces.
Ojalá mis lectores, este domingo, no tengan ni pasado ni futuro: sólo presente intenso. No han sido ni serán: simplemente son. Sin miedo a nada, asturianos o lo que quieran al fin, sin miedo al peso de su estirpe ni a temores de futuro. Repitan, si les parece, conmigo palabras esenciales:

–Cosiquina, besín, neñu, prestosu, mareona, tierra –la única sustancia de presente que huye, la lengua olvidada.

Este relato se publicó el 16 de febrero en el diario El Comercio, de Gijón

martes, 7 de enero de 2014

"L'Odeon, 605", de Eloy Tizón


"Qué me traerán los días grises, los días color dinero, sucios e imperativos. Me traerán algo de dolor, placer, miedo y vergüenza, o solo más de lo mismo, o solo un poco de nieve, o un olor aplastado de carne y almacenes. Qué me traerán las semanas, su ruido de almanaque, un susurro de hojas de calendario desparramándose, la taza de café en la cocina demasiado al borde de la mesa, siempre a punto de volcarse, el chapoteo furioso del lavaplatos, nadie a quien saludar: “Buenos días”. Qué me estará esperando en el futuro, ahí fuera, la ciudad, unas cuantas esquinas, las formas del destino dibujadas con la misma rotundidad que un cajero automático. Me esperan gotas de tinta y esperma, sudor leve, un salero inclinado, tiendas de colchones y felicidad. Felicidad a ratos. Las fechas están marcadas. Los nombres han sido dichos. Los sobres, desgarrados con urgencia, dejan ver un interior de escritura. Los edificios son altos. La amargura deja paso a periodos de calma, de fe, de repentino coraje y ganas de vivir la vida tal cual es, sin eufemismos. Me esperan días llenos, días borrosos, días de ver muchas caras y días de no ver a nadie, y estar solo y comer sobras, como creados adrede para dar puntapiés a una lata de sardinas. Si acaricio un animal, se vuelve de madera ante mi vista. Veo la cara del cartero, siempre la misma cara, una cara suave, de dientes ocupados y ojos de sello. Casi todos mis amigos o no existen o están muertos o en la cárcel. Vendrán fines de semana con aspecto de anuncio de calcetines, o de perfume caro, o de sopa de legumbres, y avenidas con cines en cuyas marquesinas resplandece un vaquero del Oeste con un látigo, un bebé gigante, platillos volantes procedentes de otras galaxias. El tiempo es un animal herido hecho de material inflamable. La lenta arena de los días, su música.

2. Hay días en que sales a la calle y solo ves cojos. O mancos. O ciegos. O señoras embarazadas. O niños con un parche para corregir el ojo vago. Todo el día lo mismo, sin variaciones. Se supone que el ojo vago es el otro, el que no cubre el parche.

Ella me prometió que volvería pronto, que no tardaría mucho en regresar, que la esperase aquí, en este hotel, en este mismo cuarto. Que sería una separación breve, un viaje corto, eso dijo ella, de cuatro o cinco días, una semana a lo sumo. Dijo que no me impacientara, que me telefonearía ella en cuanto pudiese, no siempre es fácil, a veces las líneas están saturadas, ya sabes. Me pidió que por favor no la presionara, que bastante presión tenía ella ya encima con todo esto, y yo no la presioné en absoluto ni quise recordar aquello, para qué, mejor no mencionarlo. Que no me olvidara de pagar el alquiler del cuarto ni de recoger la ropa de la lavandería. Que regara las plantas en su ausencia (pero no teníamos plantas). Metió sus cuatro cosas en la funda de una guitarra y se marchó al aeropuerto temprano, sacudiendo la melena, antes de que amaneciera."

Os ofrezco el arranque de un espléndido cuento publicado el 13 de diciembre de 2013 por Eloy  Tizón en el suplemento El Cultural del diario El Mundo. En el link lo encontraréis completo. 

domingo, 17 de noviembre de 2013

"Una gabardinina para el otoño", por Xuan Bello


Una gabardinina para el otoño

Veni l’autumnu… En la memoria, tarareándola, llevaba una de las canciones de Franco Battiato que más me gustan, una canción que canta en siciliano, y que es, como el alma humana, triste y alegre a la vez. Una canción muy sentimental, que a veces parece que está en asturiano (chi estranu e complicatu sintimentu); paseaba con los míos por el muro de San Lorenzo, muy feliz y echando de menos a amigos antiguos y recientes. Echaba de menos a Martín López-Vega, que ya anda por Iowa delimitando horizontes, y echaba de menos a Isaac Xubín, un poeta gallego que vive en Irlanda con quien bebí, el brazo descuidado sobre su hombro, unos golpes de aguardiente mientras hablábamos de Seamus Heaney y Xosé Lois Méndez Ferrín en la Isla de San Simón en la ría de Vigo. Echar de menos, por cierto, en un expresión importada de Portugal a nuestra lengua: no se echa de menos, sino que se «acha» de menos. Achar en portugués significa encontrar y quien encuentra de menos, quien en la ausencia presiente la presencia, pues sufre saudade, melancolía, señaldá. Yo había venido con los míos a pasear por el Muro de San Lorenzo y saludar, como conviene, al otoño. El mar bravo, la luz oblicua, el nordeste que nos recuerda nuestra condición de hombres sin raíces que se abrazan, en las esquinas del aire, cada uno en su soledad.
Por la playa, mientras la marea subía, los pasos alegres de mi hija tras el cachorro Bernardo. Bernardo, de cuatro meses apenas, nació en Cabo de Gata y allí, en la playa de San José, lo encontramos abandonado. Fue él quien eligió ser de Lena, pues el instinto del amor es así: entrega libérrima que no admite elección para quien lo siente; Bernardo, un pintcher sin pedriguí que se sepa, un perro-hámster como lo llama Lena, también echará de menos la luz de otros días. Ahora ya comienza a comer de su plato pero hubo que enseñarle; al principio sólo comía de la mano o se arriesgaba con la comida que robaba con gran ingenio a los gatos. Ahora está aquí, en la playa, feliz y con frío. ¿Me entenderán si digo que le quiero comprar una gabardinina? La ternura es frágil como las campanas del silencio.
El mar se levantaba erizado con olas de cuatro o cinco metros; la marea avanzaba impaciente; y de repente sucedió la calma, una calma inexplicable, y la mar se puso bella, llana como la luna en la pupila de un niño, como el aliento de quien se ama y que llega, casi casi, al beso. En un momento puede suceder cualquier cosa: una llamada por teléfono, una mirada, un relámpago de sentido en el cielo de la confusión.
Veni l’autumnu, tarareaba con el pie del corazón mi memoria; ha llegado el otoño me decía yo advirtiendo en la decadencia una promesa inequívoca de primavera. Estaba aquí con su viento cálido a veces, con su nordés impaciente otras, iluminando con su rumor de gaviotas hambrientas cámaras secretas donde las palabras con verdad se esconden. Lo había advertido, pero no tan claramente como ahora. Esa luz que envuelve nuestras vidas debe de ser la estela de un barco donde un dios, quizás aquel Bran de las sagas, se ase firmemente al timón surcando la eternidad del instante. También él, como usted y como yo, teme naufragar.



Xuan Bello, diario El Comercio, 10 de noviembre de 2013. La fotografía es de Susana Muns

domingo, 3 de noviembre de 2013

"Un violín en el suelo", por Xuan Bello

"Nada hay más secreto que un castañeo. Un castañeo, para quien no sepa asturiano, es un bosque de castaños (en la lengua de aquí esos árboles son femeninos y se le llaman comúnmente 'les castañales'); nada más secreto y feliz que perderse por un castañeo, con una bolsa repleta de espectativas, y recoger uno a uno los dones de la intensidad. Después asaremos las castañas sobre la chapa de la cocina y ese olor y ese sabor tendrán la virtud de transportarnos a lo imprevisto pero infinitamente añorado. A mí, esa sensación cálida, ese roce en el alma como un susurro de arbustos sobre los hombros del silencio, me llevan a muchos sitios a donde vuelvo, con lágrimas a veces, muy alegre. Cierro los ojos y veo a mi abuelo Perfecto Bello en la cocina de Borrenes sacando del horno de la emoción unas castañas que había recogido, en el bosque del Chabarigo, aquella misma tarde; veo una esquina de Coimbra, en la rúa Ferreira Borges, y el vendedor que me alcanza un cucurucho y dice:
-O senhor estudante, ainda não sabe o secreto?
No, no sabía aún el secreto, pensé ante aquella frase tan misteriosa. El castañero me guiñó el ojo y me dijo que había estado una vez en España, en Zamora, y que por ver cómo era allí su oficio había comprado cinco escudos de castañas en un puesto.
-Aquí les echamos azúcar. Es el gusto portugués, muy diferente al de España. Ciclistas, abuelos con sus nietos, parejas que se pierden por el bosque en busca de ese rincón oculto que los latinos llamaban «imo» y donde es posible, de manos dadas, ver el reflejo, el rayo de oro, de la eternidad. Castañeos de Ponga libérrima, de Llanes acosada, de Piloña íntima o de Quirós trémulo y luminoso. Castañeos de Pravia, adonde fui por un día, en busca de la enamorada emoción del vagabundeo, y donde recordé que «el tiempo es oro / en el vuelo grave del otoño». Sensación de vida que se refugia, fraternidad con el musgo, pisadas que se deslizan furtivas sobre las hojas blandamente muertas. Una vez, en Madrid, coincidí con una chica, muy joven y simpática, que padecía de una nostalgia incurable de su Asturias. Estaba, además, indignada: le decía a mi mujer que había ido de excursión a Sierra Nevada y había visto desde lejos un castañeo inmenso. Se acercó con el corazón en un puño y vio un cartel y un guía. ¡Por veinte euros podía pañar cinco kilos de castañas!
-¿Páseslo a creer? ¡Por venti euros! -decía.

Los pagó, que echaba mucho de menos a su abuelo, y me contó una historia de su concejo natal, Llaviana. Algo había leído yo en una novela de Milio Rodríguez Cueto, algo sabía yo de la historia del rayo de oro. Aquella mocina me dijo que existía, en algún secreto rincón de Asturias, una castañal poderosa que producía un solo oriciu pero que sus castañas eran de oro purísimo y dormido. Cuando caía el oriciu y se abría por el efecto de la ley de la gravedad a la luz de la luna un finísimo rayo de oro iluminaba el mundo. Quien tuviese la suerte de verlo sentiría en su corazón una alegría súbita que explicaría su vida: podría ver la eternidad a través de la rendija del sueño y sería consciente de que todas las religiones son ciertas excepto la suya. Es muy difícil ver ese rayo enamorado de la vida pues un moro -en Asturias y en Galicia los tesoros ocultos los custodian moros y tienen título de funcionarios del Estado-lo recoge ávido y lo oculta en una cueva cercana. Si se descubre esa cueva -donde duermen secretos nada menos que tantos oricios como años tiene la castañalona- sólo una cosa hay que hacer; para poder entrar se debe tener en la memoria estos versos que podían ser de Maiakovski: «como un violín que acaba / de nacer en la altura». Neruda, a veces, tiene razón."

Xuan Bello, diario El Comercio, de Gijón, 27 de octubre de 2013.

lunes, 22 de julio de 2013

"Un mundo no tan imaginario", de Leila Guerriero

"Mientras no están juntos, viven un poco aturdidos, dispersos, y el deseo es una jaula, una jalea, un magma que lo cubre todo. Ella, desde su ciudad, le escribe contándole que cocinará fideos. Él, que irá al supermercado. Omiten la circunstancia que rodea: las parejas, los niños. Tienen una vida en común, y es esa: una vida hecha de cuartos de hotel que desaparecen y aparecen como relámpagos, como mojones de una dicha interrumpida, de una felicidad lunática. Ella siente que todos los lugares comunes del cine y las novelas se hacen realidad (siente, por ejemplo, que se le podrían romper los huesos de placer). Él siente que ella es todas las cosas que ni siquiera sabía que quería.


Pero un día ella dirá algo que en realidad no cree, y él dirá algo que en realidad no piensa. Y así es como termina todo. Y nunca nada será tan bueno como eso."

Os ofrezco unos párrafos de Un mundo no tan imaginario, el relato de Leila Guerriero publicado en el diario El País el 16 de julio de 2013. En el enlace lo encontraréis completo. La ilustración que acompaña al texto es de Tomás Ondarra.

domingo, 7 de abril de 2013

"El silencio de la luz", por Xuan Bello

"Llueve en Roma, pero no calla el silencio de la luz. Estoy enamorado: de la sombra rubia que me acompaña al lado, del hilo frágil que me une al mundo. Tomarse un café ante el Coliseo es recordar los versos de Víctor Botas. También él estuvo aquí y convirtió en una sabía melodía el recuerdo de su paso.
Roma, que a todos recibe, no es para todos. Hay algo en su belleza que se teme perder. Si indago en mí mismo descubro tal vez el misterio del amor, cómo tememos perder aquello que tenemos fugazmente. ¿Si su mirada dejase de buscar la mía, cómo vería yo?
Sus labios están llenos de música, sus palabras cargadas de un sentido oculto pues son el santo y la seña que abre y cierra las puertas de un laberinto del que no querría salir. Roma es eso, y también mi amor, y la ciudad antigua adquiere por un momento la hermosa figura de su alma transformada en cuerpo. En vano se puede guardar en Roma un secreto. Quien enamorado está busca un amor más profundo; quien no ama busca desesperado amar. Así los gatos, los transeúntes, los turistas que con cara boba sin verla tienen delante la columna de Trajano. Así nosotros perdidos buscándonos. Los viajes son siempre a un lugar tan cercano que está en nosotros: nuestro corazón. Podemos ir a Las Quimbambas, atravesar océanos, descubrir islas, hollar junglas remotas, fatigar estepas. Por mucho que anduviésemos nunca llegaríamos a nuestro destino de no haber llegado antes a nosotros mismos.
Hoy estamos aquí, dos sombras que se anudan en un mismo amor y que repiten unos versos que susurran la lluvia sobre el asfalto negro como un espejo: llueve pero no calla el silencio de la luz.
Piove in Roma / ma non tace / Il silenzo de la luce. Estos versos, escritos apresuradamente en una servilleta, quisieran ser una trampa donde el tiempo se detuviese. Ahora estoy en Campo di'Fiori y la serena sombra de Giordano Bruno me acoge. Reviso mis papeles, mi agenda repleta de luces que he ido guardando. Apuntando horizontes, coleccionando atardeceres. En la Piazza del lo Pascquino leí unos versos que alguien había colgado. De esta plaza procede la palabra española pasquín y todavía hoy la protesta amanece en sus esquinas. Del romanazzo, del dialecto popular de Roma, que es lengua viva e utilísima, traduzco estos versos socarrones: «Tenemos un Pedro nuevo en Roma / que se hace llamar Francisco. / En verdad sólo sabemos / que baila el tango argentino».
La sonrisa de Roma , esa sonrisa que viene de los versos de Marcial y de Catulo, es también una sonrisa serena, una sonrisa que tiene la calidad de la luz. Aunque llueva, y la gente desconfiaba mire abrigándose el cielo, es sabido que todo pasa y que los días mejores están por venir. Sin posibilidad de formar gobierno, sin posibilidad por ahora de encontrar una salida a la crisis, esta sociedad se ríe civilizada. No hay gritos, no hay crispación y los carteles con los que Berlusconi ha ensuciado cada esquina son algo que se mira de reojo y con una mala palabra, una mala palabra divertida, a cada paso.
Hay aquí una sabia lección de Europa: el tiempo amontonado sobre escombros de melancolía genera perspectivas de futuro. El laberinto individual no es muy diferente al laberinto social: es difícil estar, pero más traumático sería no estar. En Roma, como en cualquier otra parte, es posible amar: soñar un futuro mejor. Y en eso estamos todos, creo yo."

Deslumbrante literatura, la de Xuan Bello. Esta crónica de viaje se publicó en el diario asturiano El Comercio, el  31 de marzo de 2013. La foto también es obra de Xuan.

jueves, 20 de septiembre de 2012

"La fiesta", de Enrique de la Peña

"La primera noche de aquel primer día de la vida de Azurina transcurrió en el hervidero de hormigas en que se había transformado la cantina de la Negra Luisa. Dentro se movían los asiduos al local con un vuelo loco, de un lado a otro, como pájaros encerrados, pero pájaros bebidos y extasiados. Su brazos, como plumas, al moverse con el ritmo frenético de los sonidos africanos, cortaban el humo denso que empezaba a cuajar el aire de aquel espacio cerrado, creando círculos de una geometría perfecta. La puerta, amachambrada  a cal y canto para los curiosos de fuera, estaba abierta, de par en par, a la locura frenética de los de adentro. El ron de Luisa parecía más excitante que nunca. El alocado grupo, la selecta reunión, vibraba entusiasmada en un frenesí cada vez más carnal, sudoroso y almizclero. La Reina Luisa, entronizada en lo alto de la barra, dirigía el exorcismo de ritmo y amor, humo y vida, con una poderosa macana que conservaba de su padre. Las manos calientes se escondían por debajo de las faldas y los bailes vaporosos de los labios de las negras se perdían húmedos por los cuellos de los marinos hipnotizados. La comunión de chinos, congoleños, indianos y españoles, de negros y mulatos de viejos y de jóvenes era mística y primitiva. Al fondo del salón la mesa más ancha ofrecía al Padre Güell el espacio suficiente para dormir su particular Gólgota y lejos de apartar de allí su cáliz se aferraba a él como naufrago a su rama. La puerta de la trastienda del local, el sacta santorum de aquel ron, dejaba paso a la luz amarilla de dos lámparas y a los gritos de placer de una pareja joven y de piel oscura, enardecida, quizás tumbada, quizás asida a la columna de la que colgaban ofrendas para Huión, mientras se entregaban bramantes acometidas el uno al otro, como el mar contra el acantilado, una y otra vez, incansables, espumosos los dos cuerpos desnudos.
Y en la esquina más tranquila el Señor Hamao se movía con la parsimonia de haber nacido antes de todo y llevar la historia de la isla entera bajo sus pies, siempre descalzos, y en su mirada esa noche, más infinita que nunca, el secreto de la vida.
En la esquina del otro lado, lúcidamente borracho, el Señor Cullings movía su poderosa cabeza de pelo blanco al ritmo de los tambores y las güiras y al moverla hacía brillar su anillo plateado, llenando la estancia de chispazos argénteos, deslumbrantes, que resultaban pirotecnia de aquella fiesta de vida nueva."

Hace muy pocas fechas he descubierto un blog que me tiene fascinada. Todo él es una joya de sensibilidad, y me gustaría compartirlo con vosotros. Blogscriptum. Hoy os ofrezco un fragmento de un precioso relato que, entrada tras entrada, va desgranando. Os invito a hacerle una visita. No os defraudará.

domingo, 17 de junio de 2012

"La fayona de Eiros", por Xuan Bello


"A pesar de ser del concejo de Tineo, nunca me acerqué a Eiros, y bien que me pesa, a ver la Fayona, ese haya inmensa, de más de doscientos años, que hace unos días cayó derribada por el viento. Supongo que es ley de vida. Doscientos años son muchos, casi incluso para un dios: dense cuenta que ese misterioso árbol, cuya sombra es ya ceniza, en 1809 era un simple hayuco que soñaba, por este tiempo, la primavera. Eran los tiempos de la Francesada: en aquel año Lamarck presentaba su teoría de la evolución, inaugurando la ciencia de la biología; nacía en Baltimore Edgar Allan Poe y era aún un bebé de pocos meses Abraham Lincoln, que llegaría a ser el decimosexto presidente del los Estados Unidos. En aquel año de 1809 moría en la batalla de Elviña el general escocés John Moore, a quien Rosalía de Castro dedicaría una elegía, y también Franz Joseph Haydn, que no pudo soportar el ruido de las botas napoleónicas desfilando por su amada Viena. Quiero imaginar que aquel invierno de 1809 fue como éste, frío y ventoso, amenazando nieve cada cinco días y con mañanas muy claras, de cielos muy azules, que dejan entre las manos algo que se nos escapa y no sabemos definir: una cosa muy vaga que tiene que ver con los caminos el norte, la cantinela serena del Kalevala y el rumor de un río que se siente, dictando nuestro destino, desde una ventana. Fabulo que Haydn, en su lecho de muerte, compuso una nana para un haya recién nacida: imaginó su raíz palpitante, aún frágil, horadando la tierra, buscando la fértil luz oscura; concibió en su melodía el tallo convirtiéndose en tronco, cada vez más robusto, ascendiendo hacia la luz clara. Llegó a alcanzar la fayona de Eiros una altura de veintiocho metros, una copa de treinta y un diámetro de tronco de cuatro y medio. La próxima primavera sus hojas recién nacidas no compondrán una canción, siempre nueva, entrelazando sus nervios con el rocío y el viento. Este último ya ha arrastrado para siempre a la fayona, arrancándola de la tierra que la nutrió. He visto una fotografía en la que el haya yacía en el suelo, desarraigada; en ella, se ve a los paisanos que han acudido a velar su eternidad derribada, encogidos de frío, sobrecogidos por la inmensidad del suceso. Parece que se están pidiendo explicaciones a sí mismos por su suerte: un árbol derribado, herido por el viento o por el rayo, es una metáfora demasiado elocuente. El mundo se divide en dos facciones: quienes ven un árbol herido y sienten la herida ardiendo en su corazón y quienes prevén un haz de leña sobre la avaricia de sus hombros.
Me he acordado esta mañana de la fayona de Eiros. Toda la noche el viento aulló contra las ventanas, intentando entrar por un resquicio y hacer saltar los goznes para llenar la casa de desolación. Yo me leía, para tranquilizarme a mí y a los míos, un poema de Katherine Mansfield, ése que habla de una tormenta dibujada en un grabado “de hacia 1800” y que no molesta en nada al personaje del poema que revisa el cuadro sentado en su jardín, en una tarde de verano mientras espera la hora del té. Por la mañana, al despertarme, salí a la pomarada y vi que el airón había hecho de las suyas: un peral viejo, que me había empeñado en conservar, tenía todas sus ramas rotas. Parecía un pobre anciano sentado en un parque tras la salida del hospital donde le habían dicho que su mujer… Recordé la fayona de Eiros, que se había ido del mundo y yo ni siquiera había compuesto una elegía, y sentí remordimiento por no haber ido nunca a verla nunca. Mi abuelo vendió ganado bajo sus cañas y me la mostraba orgulloso en un calendario de 1992 que había regalado el Ayuntamiento de Tineo: hace tanto tiempo que nunca tuve tiempo para cumplir la promesa que le hice a mi abuelo.
Hacen mal muchos de mis paisanos en no querer a los árboles, en no amarlos, en ver en ellos tan sólo un trastorno de sombra o un incordio que ocupa espacio. Un día fueron un símbolo, un altar, una puerta desde la que se accedía al favor de la divinidad: no faltaron iconoclastas, y adoradores de dioses falsos, que los atacaran clavándoles el hacha de su incredulidad. Carlomagno, para dominar a los sajones, ordenó a su ejército derribar un roble sagrado, inmenso. Era tan grande que los sajones creían que sus ramas sujetaban el cielo. El ensanche de la calle Uría y el estrechamiento de Asturias coincidieron en el tiempo, cuando la sierra insensible derribó El Carbayón de Uvieo. También hubo un carbayu en mi pueblo, en Paniceiros, tan grande que se necesitaban dieciséis mozos, con los brazos extendidos, para abarcar su diámetro. Dieciséis mozos: uno por cada casa. Lo talaron, me contaba mi abuelo, hacia 1920. Lo talaron, pero tardó muchos años en caer seco, que era terco y sabio y dio una última lección. Tal era su anchura que se sostuvo de pie varios años después de serrado.
Nos quedaba aún la fayona de Eiros: el recuerdo de la felicidad es feliz en sí mismo aunque sea triste. Me levanté esta mañana y comprobé la leña muerta en mi pumarada. En un rincón excavé un hoyo, bien grande, para que se airee la tierra unos días: en él plantaré un haya joven, comprada en un vivero. Dentro de doscientos años, ¿habrá alguien sobre la tierra que se acuerde que haya se dice ‘faya’ en la lengua del cariño y que su fruto, el hayuco, se dice “la fou”? Dentro de 200 años, ¿habrá alguna memoria de quienes fuimos? ¿Y cariño? ¿Habrá cariño sobre la tierra estéril? No sé, la verdad: yo nunca he sido un aliado de lo irreparable, si no su enemigo irreconciliable, y haré todo lo que pueda para que lo que yo he visto, y era bello y bueno, lo vean otros. Puede que los “sofitos” que le ponga a mi viejo peral no valgan para nada, y que se me caiga el próximo invierno; pero hace doscientos años, cuando nacía Edgar Allan Poe, alguien cuyo nombre desconocemos vio en la tierra helada de enero algo sorprendente: una tímida caña que sobresalía altiva con hambre de mundo y de luz. Cavó a su alrededor, respetando las raíces, y murió muchos años antes de saber que sus ramas, por fin, sostenían el cielo."
Xuan Bello firma este precioso relato que encontraréis, junto con más de sus escritos, en su página web.

sábado, 9 de junio de 2012

"Escrito al amanecer", por Xuan Bello


Me he pasado la vida fantaseando sobre la niebla. El paisaje, piensa mi corazón, es eso que oculta la niebla. El paisaje, por otro lado, vale aquí por literatura, incluso por vida: no se ve a la primera el sentido oculto del poema, ése que revela la verdad interior de las cosas; el destino se descubre poco a poco y son los años lentos, como bueyes, los que aran la tierra de tu historia. Me ha pasado con las ciudades, con mi propio tiempo perdido, con las expectativas de futuro: cada cosa era un enigma que había que resolver. Ver es intuir siempre. Demasiada luz oscurece y, frecuentemente, es más reveladora la penumbra.
Hoy me levanto temprano, como siempre, para escribir. Cuando era muy joven, amaba las noches febriles; ahora prefiero más el despuntar del alba, la lentitud con la que la luz va descubriendo los perfiles del mundo. Cuando abrasaba en mi máquina de escribir mis poemas nocturnos, ¡oh tiempo de 1984!, creía que la noche, antiquísima e idéntica, era inagotable. Madurar es descubrir la brevedad de la noche; envejecer, me temo, es descubrir la inmensidad del insomnio. Me asomo a la ventana, enciendo un cigarrillo: a estas horas lo que más brilla es el silencio. Viene uno del sueño y cuesta despabilarse antes del café: busca en la cartera de su memoria algo soñado, un leve indicio que le guíe; pero hoy lo que más le sorprende es lo que siempre sucede, lo que siempre ha sucedido: como la luz va inundando el mundo revelándolo.
Los manzanos se arrebujan en las sombras oscuras, pero ya las primeras flores quisieran parpadear reflejadas en el silencio. Un cuadro de Anselm Kiefer, pienso. Me corrijo: un cuadro de Anselm Kiefer risueño y expectante como nunca he visto ninguno de este torturado, y magnífico, pintor. Quien viese el lienzo podría pensar en los abismos de un alma adormecida; pero un poco más de luz revelaría algo luminoso y frágil, puro y hermoso. Quizás una túnica recamada en verdes y oro, con una filigrana lapislázuli ordenando piezas inconexas que son el mecanismo, roto por un niño, de la ternura.
Muy pronto, en unos minutos, la mano de la luz alisará las sábanas de la sombra y la cama del mundo estará recién hecha. En primavera, es especialmente grato asomarse a un jardín que renace: las flores de la cardeña, tan humildes, florecen como soles diminutos en cada esquina y sobre las rocas y las paredes, muy parecidos a líquenes, unas flores casi azules –azul era el color de la aventura– se agarran leves. Pienso en el romero y en la lavanda, que he plantado junto al pozo, y en las semillas de flores que guardo en la alacena. Mi huerto ya tiene sus primeros surcos de cebollín y lechugas. No lo veo desde aquí, pero sé que las semillas se despiertan. Las urracas, a cientos, son parlanchinas y algo me quieren decir: graznan, revolotean promiscuas y su aletear recuerda la voz de un pozo.
Yo lanzo una moneda brillante, un verso de Cardarelli, a ese pozo. Pido un deseo mientras lo murmuro: ‘Ti leggo vecchi versi dun antico’. Miro y ya ha amanecido. No sucede nada, todo está bien. Pepe, mi vecino, sube hacia su huerto. Se para y me saluda. Yo recuerdo un poema de R. S. Thomas, el cascarrabias galés. Busco la antología que publicó Trea, pulcramente traducida por Misael Ruiz Albarracín, y abro por la página marcada:
El viejo aparece en la colina
y observa el valle. Recuerda
otros tiempos. Ve el arrollo que brilla,
la iglesia, oye las desordenadas
voces de los niños. Un escalofrío
le dice que la muerte no está lejos
ahora: es la sombra bajo las grandes ramas
de la vida. En su jardín crecen plantas aromáticas.
El cernícalo pasa con una presa reciente
en sus garras. El viento esparce el aroma
de las judías silvestres. El tractor trabaja
sobre el cuerpo de la tierra. Ahí está su nieto
arando; su joven esposa le lleva
pasteles y té y una oscura sonrisa. Todo está bien.

Este, como otros relatos de Xuan, podéis encontrarlos en su página, Les isles interiores.

viernes, 25 de mayo de 2012

"Bajo el yelmo de Mambrino", de Luis Chacón

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor".
- Ese es el fragmento obligado para empezar. Pero tengo otra propuesta: he pensado que podríamos empezar de otra manera sin incumplir las bases.
- ¿Cómo?
- Cambiando el orden de las palabras, pero usando sólo y exclusivamente esas palabras. Ninguna otra. Intentar otra combinación que tenga un sentido mínimo y nos permita arrancar otra historia diferente. En las bases sólo se dice que el relato tiene que empezar con esas palabras y no se especifica que tengan que ir en ese orden.
- Mmm... A ver qué has hecho.
"Ha mucho tiempo que no quiero acordarme de un hidalgo de los de lanza en astillero y adarga antigua, cuyo nombre (rocín flaco, galgo corredor) no vivía en un lugar de la Mancha. Su nombre, enjuto y extravagante, parecía no pertenecer a esas tierras y casi no existía porque la boca de las gentes se llenaba de silencio antes de pronunciarlo. Un nombre que, además de parecer extranjero, resultaba incómodo. Las gentes preferían nombrarle como 'aquel que'."
- Perdona, pero yo diría que es un intento fallido. ¿Cómo vas empezar con ese desmadre? Demasiado forzado. Y no lo van a admitir, ya te lo digo yo. Por cierto, ¿a qué nombre te refieres?
- Había pensado Quix, pero no me gusta. Ya veremos más adelante...
- Vale. Pero reconoce que lo de cambiar el orden no funciona.
- Deja que termine y luego decidimos cómo empezar.
"Su figura sin nombre, achicharrada contra un infinito de cal y hambre, arroja una sombra pobre y quebrada sobre la tierra exhausta..."
- ¿Es tu teléfono o el mío?
- El tuyo. El mío no suena así.
- Luego veo quién es.
- Sigo.
"Los caminos serpentean entre la mies. El vuelo de los insectos, el zumbido de las chicharras... La tarde, cada vez más densa y pesada. Y el silencio sin nombre. Y la sombra quebrada. Y la falta de un destino, que se expresa como fiebre en el horizonte."
- Pero ¿no avanza?
- Avanzar, avanza. Pero si me sigues interrumpiendo, los que no vamos a avanzar somos nosotros.
- Es que necesitamos que la historia avance y sólo disponemos de cuatro páginas.
- De momento, hay caminos.
- Sí. Ya. Pero, ¿qué es un camino, si no hay nadie andando en él?
- Pues, para empezar, un camino es un lugar sin preguntas. Un camino es una respuesta. Aunque no tenga sentido, o no parezca tenerlo.
- Vale, vale. Pero ¿a qué pregunta van a responder esos caminos?
- Pues, si me dejas seguir, responderán, por ejemplo, a cosas como ¿quién puede soportar una existencia sin un nombre que los otros puedan pronunciar? ¿qué le ocurre a un cuerpo flaco encerrado en una armadura bajo el sol hirviente de La Mancha? ¿qué le ocurre a un alma enferma que se funde en ese horno y ante sus ojos sólo tiene un horizonte febril y tembloroso? Y, en esta historia, la respuesta a todas esas preguntas no es Don Quijote, es otro ser legendario, alguien que se muere a lomos de su caballo y a duras penas consigue mantenerse erguido. Pero, así y todo, a pesar de carecer de un discurso mental articulado, todavía sostiene con su actitud un discurso visual, un signo capaz de erigirse como una bandera y representar el papel de una amenaza imaginara que espanta al enemigo. ¿Te suena?
- Vale. Pero recuerda lo que hemos hablado: hay que colocar una historia de amor como sea. Es la fórmula del éxito. Se me ocurre que podría ir esto:
"Oh, Dulcinea, señora de mi alma; día de mi noche, gloria de mis penas..."
- Eso sí que me suena a mí.
- Claro. Del Retablo de Maese Pedro.
- Pero nos habíamos propuesto no repetir nada de El Quijote.
- Eso no está escrito literalmente así en El Quijote. Falla lo editó y ordenó a su manera. No es estrictamente El Quijote. Es algo parecido a lo que tú quieres hacer con el primer párrafo: reorganizar las palabras para construir otra cosa. En cierta medida, eso hizo Falla con El Retablo: ajustó el texto a las necesidades de un género distinto del original. Pero reconocerás que lo hizo bastante mejor...
- Sí, pero lo del primer párrafo es obligado. Mientras que meter esas morcillas ya son ganas de explotar el cuento.
- Qué va. ¿No ves qué intensidad? Oye esto:
"... norte de mis caminos, dulce prenda y estrella de mi ventura..."
- No, no, no. No puede pensar eso. ¿Cómo va a pensar esas filigranas un moribundo encerrado dentro de una coraza de hierro que le está asando el alma bajo el sol? En esas condiciones no prospera ni el delirio. Mejor dicho, sí prospera el delirio, pero lo hace de un modo desarticulado y nebuloso. La idea de una "Dulcinea" puede arder en su bóveda craneal como arde en el cielo el sol que le está matando, pero no tiene ni la energía ni el sentido necesarios para articular el nombre de la mujer amada. Es una situación extrema y el personaje está al borde de la extinción.
- ¿Y qué otra cosa le podría mantener sobre el rocín? Si ni siquiera tiene nombre...
- La obstinación por vivir. Los mecanismos de supervivencia, que son automáticos. Y otros derivados obsesivos de la enfermedad mental que le está llevando a la muerte. De hecho, es el delirio lo que le ha llevado a la situación en que se encuentra, pero, una vez ahí, ni el delirio le queda. Piensa que su relación con el mundo es unilateral. No existe interrelación. No hay intercambio. Está encerrado e incomunicado en el interior de su armadura, en el interior de su infierno personal. Y recuerda que no hablamos de Don Quijote. Estamos construyendo otra ficción distinta. Este es otro personaje. Estamos hablando de un hombre aniquilado y sin horizonte. Un hombre que sólo es temblor y fiebre... No hay sitio para los estándares de Hollywood cuando el cerebro te hierve bajo un yelmo de hierro a cincuenta grados. ¿Es que no lo entiendes? Otra vez el móvil. ¿No lo vas a coger?
- ¿Sí? Ah, hola... Sí... (...) (...) ¿Cómo ha sido? (...) ¿Septicemia? (...) Pero ¿está consciente? (...) ¿Y no te ha reconocido? (...) ¿En qué hospital? (...) Voy para allá.
- ¿Tu padre?"

Este relato ha recibido el primer Premio Relato Breve de El País, Círculo de Bellas Artes y la editorial Alfaguara. El único requisito consistía en que el texto comenzara con las primeras líneas de El Quijote. Lo firma Luis Chacón y ha sido publicado por el diario El País el 27 de Abril de 2012. Me ha gustado mucho, de manera que lo comparto con vosotros.