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martes, 21 de mayo de 2013
Loreena McKennitt y "La tempestad" de Shakespeare
Un visitante de Mi casa, que firma Riforfo Rex, nos manda esta preciosa canción, en la que Loreena McKennitt musica los preciosos versos con los que Próspero se despide del público en La tempestad, de Shakespeare. Hace unos días os hable de esta maravillosa, y nunca mejor dicho, obra de teatro. Pese a ello, hoy vuelvo a transcribiros esos versos, por si os apetece escuchar la canción leyéndolos.
Ahora magia no me queda
y solo tengo mis fuerzas,
que son pocas. Si os complace,
retenedme aquí, o dejadme
ir a Nápoles. Con todo,
si ya el ducado recobro
tras perdonar al traidor,
no quede hechizado yo
en la isla, y de este encanto
libradme con vuestro aplauso.
Vuestro aliento hinche mis velas
o fracasará mi idea,
que fue agradar. Sin dominio
sobre espíritus o hechizos,
,me vencerá el desaliento
si no me alivia algún rezo
tan sentido que emocione
al cielo y excuse errores.
Igual que por pecar rogáis clemencia,
libéreme también vuestra indulgencia.
lunes, 20 de mayo de 2013
GuyThillim, "Avenue Patrice Lumumba"
Guy Tillin, cuya obra podemos ver estos días en el Palacio de Cibeles, es uno de los numerosos casos de fotoperiodistas cuya obra ha trascendido del simple documento gráfico a objeto artístico. Nacido en Sudáfrica, perteneció al colectivo de fotógrafos Afrapix, que surtió de imágenes a los periódicos occidentales, documentando la difícil realidad que vivía su país, especialmente durante el apartheid. Más tarde fueron las agencias Reuters y France Press las que mayor difusión dieron a sus imágenes a nivel mundial.

Se le considera uno de los mejores fotógrafos africanos. A mí me ha encantado la serie que muestra en esta exposición, Avenue Patrice Lumumba. En general, se trata de interiores de edificios semi abandonados, habitaciones desiertas en claro deterioro pero que sin embargo conservan la calidez de la luz, las texturas y la sugerencia de una presencia humana cercana. Me gusta especialmente la fotografía que os muestro abajo a la derecha, esas flores solitarias, su belleza frente a la decrepitud.

Estas dos imágenes me han recordado algunos cuadros de Hopper, aquellos en los que se ve a alguien tras una ventana o asomándose a ella. Tienen, para mí, una enorme carga de ensoñación.

Un mundo que se derrumba, el Johannesburgo blanco en descomposición. Unas imágenes poderosas y muy hermosas.

Se le considera uno de los mejores fotógrafos africanos. A mí me ha encantado la serie que muestra en esta exposición, Avenue Patrice Lumumba. En general, se trata de interiores de edificios semi abandonados, habitaciones desiertas en claro deterioro pero que sin embargo conservan la calidez de la luz, las texturas y la sugerencia de una presencia humana cercana. Me gusta especialmente la fotografía que os muestro abajo a la derecha, esas flores solitarias, su belleza frente a la decrepitud.
Estas dos imágenes me han recordado algunos cuadros de Hopper, aquellos en los que se ve a alguien tras una ventana o asomándose a ella. Tienen, para mí, una enorme carga de ensoñación.
Un mundo que se derrumba, el Johannesburgo blanco en descomposición. Unas imágenes poderosas y muy hermosas.
domingo, 19 de mayo de 2013
"Altura", por Francisco Calvo Serraller
"Aún un tanto aturdida por el golpe de sol que recibió al salir de la Chiesa di Sant'Anastasia, de Verona, la joven artista, con el sabroso regusto en el paladar de un delicioso corneto de nocciola y amarena, se percató de que no podía sacarse de la cabeza a Pisanello, ese maravilloso pintor y medallista de la primera mitad del XV del que apenas conservamos un rastro biográfico suficiente. Ni siquiera le distrajo de su pasmo la entrevista conversación que mantenían dos lánguidas glicinias que se escurrían por encima del histórico albergo Due Torri, justo a su izquierda, ni la discreta algarabía de la plaza, en ese momento tan radiante, pues seguía fascinada con la visión del dañado fresco de San Jorge y la princesa de Trebisonda, que Pisanello pintó hacia 1438 justo sobre el arco de acceso a la capilla Pelligrini, remontando así su arte a unas alturas casi inescrutables. La joven artista no se recuperaba de la impresión precisamente porque le había cogido por sorpresa descubrir la rara elevación del fresco, que parecía pintado con hermosa precisión casi deliberadamente al resguardo de la indiscreta mirada de un un hipotético contemplador; esto es: por el placer de hacer algo bello en sí y para sí.
A la joven artista misma le costó trabajo localizar el fresco, del cual, al principio, apenas si pudo percibir como una pardusca mancha pintada entre antiguas humedades que carcomían la pared. Arrellanada en un banco, al pie del fresco, los ojos de la joven artista poco a poco se fueron quedando atrapados por lo que allí iban descubriendo: la rotunda grupa de un ajaezado caballo blanco, al que un bello caballero de dorada armadura, con la mirada escorada a su derecha, san Jorge, estaba a punto de montar, o el delicado perfil de una princesa de elegante tocado, que solo tenía ojos para mirar fijamente a su campeón presto a partir. La princesa se mantiene erguida, como si fuera una flor alzándose sobre el remolino del brocado de la cola de su vestido interminable, junto a otro caballo, de pelaje bayo, simétricamente emplazado en posición inversa al anterior, con la testa por delante y con la pata izquierda levantada, quizá asustado por el relincho de un par de alazanes que se incorporaban al cortejo por la izquierda o el bullicioso resto de animales que pululaban por entre las patas de la caballería. Prestando más atención, la joven artista también descubría, en un segundo plano, un corro de elegantes hidalgos con expresión preocupada, y, al fondo, la patética imagen de un patíbulo con dos ahorcados colgando a las afueras de una ciudad almenada. Por último, justo al otro lado del arco formero, salvando el espacio intermedio de la clave, la representación de un trecho marino, se topaba con la terrible estampa difusa del dragón, rodeado de despojos y de despavoridos animales en fuga.
Como la princesa miraba con ardiente esperanza al caballero salvador, y este, con aprensión, al bufante dragón que le aguardaba impaciente, la joven artista, ella misma atrapada en el enredo ocular, súbitamente comprendió el sentido de este entrelazado visual. Porque este fresco, de abigarrado engaste narrativo, como una eléctrica nube china, le mostraba a ella la perspectiva de un camino, no en dirección horizontal, entre la izquierda y la derecha, sino en otra muy vertical, entre lo bajo y lo alto, decidiendo, en ese preciso instante, que, en lo sucesivo, no haría más que lo que juzgase bello, de una altura al borde de lo invisible, aunque con ello tuviese que columpiarse frente a un dragón."
A la joven artista misma le costó trabajo localizar el fresco, del cual, al principio, apenas si pudo percibir como una pardusca mancha pintada entre antiguas humedades que carcomían la pared. Arrellanada en un banco, al pie del fresco, los ojos de la joven artista poco a poco se fueron quedando atrapados por lo que allí iban descubriendo: la rotunda grupa de un ajaezado caballo blanco, al que un bello caballero de dorada armadura, con la mirada escorada a su derecha, san Jorge, estaba a punto de montar, o el delicado perfil de una princesa de elegante tocado, que solo tenía ojos para mirar fijamente a su campeón presto a partir. La princesa se mantiene erguida, como si fuera una flor alzándose sobre el remolino del brocado de la cola de su vestido interminable, junto a otro caballo, de pelaje bayo, simétricamente emplazado en posición inversa al anterior, con la testa por delante y con la pata izquierda levantada, quizá asustado por el relincho de un par de alazanes que se incorporaban al cortejo por la izquierda o el bullicioso resto de animales que pululaban por entre las patas de la caballería. Prestando más atención, la joven artista también descubría, en un segundo plano, un corro de elegantes hidalgos con expresión preocupada, y, al fondo, la patética imagen de un patíbulo con dos ahorcados colgando a las afueras de una ciudad almenada. Por último, justo al otro lado del arco formero, salvando el espacio intermedio de la clave, la representación de un trecho marino, se topaba con la terrible estampa difusa del dragón, rodeado de despojos y de despavoridos animales en fuga.
Como la princesa miraba con ardiente esperanza al caballero salvador, y este, con aprensión, al bufante dragón que le aguardaba impaciente, la joven artista, ella misma atrapada en el enredo ocular, súbitamente comprendió el sentido de este entrelazado visual. Porque este fresco, de abigarrado engaste narrativo, como una eléctrica nube china, le mostraba a ella la perspectiva de un camino, no en dirección horizontal, entre la izquierda y la derecha, sino en otra muy vertical, entre lo bajo y lo alto, decidiendo, en ese preciso instante, que, en lo sucesivo, no haría más que lo que juzgase bello, de una altura al borde de lo invisible, aunque con ello tuviese que columpiarse frente a un dragón."
sábado, 18 de mayo de 2013
El País echa a Maruja Torres
Ignominia
"Vivimos en un tiempo de canallas sumidos en un estado de
necedad permanente. Lo interesante para quienes somos víctimas del navajismo
institucional, de lo que ha dado en llamarse su violencia simbólica, es
averiguar qué nació primero. Si el ser canalla o el ser necio. Quién alimenta a
quién. O si el canalla, al saberse aupado por sus pares a la cresta del
capitalismo caníbal, ha perdido toda compostura, todo pudor, y no le importa en
lo más mínimo que su retorcida necedad se exhiba en plaza pública. ¿Quién va a
bajarme de la cima? ¿A mí? Vamos, hombre.
Así es como los Wert, Ruiz-Gallardón, Margallo, Morenés y
Rajoy, por citar solo a algunos; las Báñez, Botella, Cifuentes y Cospedal, por
mencionar a unas pocas otras. Así es como los directivos de la televisión
pública y sus palmeros, y los guerra civilistas de los periódicos insanos. Así
es como los ejecutivos de las grandes empresas y de los grandes bancos que se
blindan los sueldos y las pensiones y los bonos... Así es, termino por fin la
frase —en algún momento hay que hacerlo, pero sujetos no faltan—, así es como
toda esta banda de añejos arribistas se carcajea de nosotros. Pisoteando
nuestros cráneos y sin importarles la vergüenza ajena que sus dislates nos
provocan.
“¡Mira, madre! ¡Estoy en la cima del mundo!”, gritaba al
final de Al rojo vivo, la película de Roul Walsh, el asesino nato Cody Jarret,
héroe negativo de una época turbulenta.
Estos depredadores de ahora se gritan los unos a los otros:
mira chico, yo también he llegado, y cada día se me ocurre algo más necio. Los
de abajo, los desangrados, empezamos a añorar a los clásicos gánsteres.
Hay más dignidad en la uña del meñique de un desahuciado que
en toda la cúpula que nos aniebla."
Nunca pensé que el diario El País, del que soy asidua lectora desde su nacimiento, pudiera caer tan bajo. Juan Luis Cebrián ha conseguido poco a poco ir desnaturalizando el periódico que yo conocí, cuando más que un diario era un grito de libertad. Para muchas de aquellas primeras lectoras, la firma de Maruja Torres y Rosa Montero sintetizaban la lucha por ocupar nuestro lugar en el mundo. Cómo hubiéramos podido imaginar que, años después, ese mismo periódico que reivindicaba la libertad iba a prescindir de Torres por continuar en la misma línea de pensamiento que le había hecho un hueco en sus páginas. Nunca tuvo pelos en la lengua, ni antes ni ahora. Estuvieses o no de acuerdo con sus tesis, Maruja Torres siempre ha sido coherente e incorruptible, poniendo voz a lo que muchos pensamos, defendiendo a los indefensos, denunciando las tropelías de los poderosos. y eso ha resultado intolerable para un staff que ya no forma parte del mundo periodístico, sino de los mangantes que nos extorsionan. Hace poco fue otro espléndido periodista, Enric González. Hoy le ha tocado a ella. Ojo Carlos Boyero, David Trueba, Rosa Montero, Juanjo Millás y algunos otros. Esto ha sido un aviso a navegantes. Ya pueden ir poniendo sus barbas a remojo.
Su última columna, aparecida el pasado jueves, ha resultado premonitoria.
viernes, 17 de mayo de 2013
"Los iluminados", de Julián Fuentes Reta, en El Español
Haciendo caso a los consejos de mi hija voy a la sala pequeña del Teatro Español (que está haciendo una labor fantástica trayéndonos obras arriesgadas, un teatro vivo de excelente factura) a ver Los iluminados, de Derek Ahonen, dirigida por Julián Fuentes Reta. Y, pese a algún matiz, salgo encantada de la sala. No dejo de asombrarme de la excelente generación de actores jóvenes con los que contamos hoy en España. Gente casi desconocida para el gran público que, en pequeños espacios como La cuarta pared, La casa de la portera o La Guindalera, realizan un trabajo encomiable. En plena crisis económica, sustituyen con talento la falta de dinero, recayendo sobre los actores todo el peso de la representación en detrimento de escenografías cuyo coste no se puede afrontar. Y salen más que airosos. Esa debe ser la razón de que cuelguen el cartel de "no hay entradas" nada más estrenarse la obra.

Los iluminados habla de nosotros y nuestra realidad, de la crisis del idealismo, de la búsqueda de la utopía, de nuestras contradicciones y de la atracción fatal que el dinero y las convenciones ejercen sobre nosotros. Es un texto valiente, agudo y conmovedor, aunque en algunos momentos resulta un tanto discursivo. Otro pero que puede ponerse a la obra es su excesiva duración: por muy brillante que resulte es casi imposible mantener la atención del espectador durante dos horas cuarenta minutos.
En escena, seis actores fantásticos: Jorge Muriel, Mónica Dorta, Pedro Ángel Roca, Mariano Estudillo, Marina Cruz y Javier Albalá. Os dejo el vídeo promocional. Y mi más calurosa recomendación.

Los iluminados habla de nosotros y nuestra realidad, de la crisis del idealismo, de la búsqueda de la utopía, de nuestras contradicciones y de la atracción fatal que el dinero y las convenciones ejercen sobre nosotros. Es un texto valiente, agudo y conmovedor, aunque en algunos momentos resulta un tanto discursivo. Otro pero que puede ponerse a la obra es su excesiva duración: por muy brillante que resulte es casi imposible mantener la atención del espectador durante dos horas cuarenta minutos.
En escena, seis actores fantásticos: Jorge Muriel, Mónica Dorta, Pedro Ángel Roca, Mariano Estudillo, Marina Cruz y Javier Albalá. Os dejo el vídeo promocional. Y mi más calurosa recomendación.
jueves, 16 de mayo de 2013
Forges
Forges, diario El País, 11 de mayo de 2013. Una vez más, Forges sintetiza perfectamente el sentir de los españoles ante su clase política.
Luis Pérez Órtiz ilustra la primavera
Primavera en las calles de Madrid. LPO (Luis Pérez Ortiz), siempre con su cuaderno a cuestas (que envidia malsana me producen estos magos del lápiz, capaces de ir plasmando lo que ven con la aparente facilidad con que yo pulso el clic de mi cámara de fotos, pero con incomparable talento). Completa su galería de tipos con una frescura y espontaneidad que me fascina.

Atrás quedó el invierno.

Aunque hace un mes todavía estábamos así:
Merece la pena visitar su página: http://www.luisperezortiz.com/
miércoles, 15 de mayo de 2013
Maria Joao Pires interpreta a Chopin
Algunos interpretes parecen tener magia en las manos, o en el corazón. Son esos que, además de no fallar una nota, de ejecutar la pieza con exactitud matemática, ofrecen algo más, un temblor, una emoción que inmediatamente se transmite y electriza la atmósfera, creando un vínculo casi amoroso con el público. Eso ocurrió hace unos días en el Auditorio con Maria Joao Pires y la preciosa interpretación que ofreció del Concierto núm. 2 en fa menor de Chopin. Con Chopin me ocurre como con Beethoven, cualquier momento, cualquier estado de ánimo es adecuado para escucharlo. Y su obra me resulta tan familiar que siento como afrenta personal que el interprete no extraiga de la partitura toda su belleza.
Cuando Chopin escribe el Concierto núm. 2 tiene veinte años y acaba de enamorarse de Constanza Gladkowska, una joven de su edad, alumna de la Escuela de Canto del Conservatorio de Varsovia. En octubre de 1829 escribe a su amigo Tytus Wojciechowski: "Pudiera ser, para desgracia mía, que yo hubiese encontrado mi ideal, al que sirvo fielmente desde hace seis meses sin haberle hablado de mis sentimientos. Sueño con él; bajo su inspiración ha nacido el adagio(se refiere al larghetto) de mi concierto y, esta mañana, el pequeño vals que te envío (Op. 70 nº 3)".
Maria Joao Pires estuvo acompañada por la Kammerorchester Basel, digirida por Trevor Pinnock, que no me entusiasmó. Una lástima porque el resto del repertorio era magnífico: el Siegfried Idyll de Wagner y la Sinfonía nº 41 de Mozart.
Os ofrezco el tercer movimiento, en esta ocasión con la Philadelphia Orchestra:
Cuando Chopin escribe el Concierto núm. 2 tiene veinte años y acaba de enamorarse de Constanza Gladkowska, una joven de su edad, alumna de la Escuela de Canto del Conservatorio de Varsovia. En octubre de 1829 escribe a su amigo Tytus Wojciechowski: "Pudiera ser, para desgracia mía, que yo hubiese encontrado mi ideal, al que sirvo fielmente desde hace seis meses sin haberle hablado de mis sentimientos. Sueño con él; bajo su inspiración ha nacido el adagio(se refiere al larghetto) de mi concierto y, esta mañana, el pequeño vals que te envío (Op. 70 nº 3)".
Maria Joao Pires estuvo acompañada por la Kammerorchester Basel, digirida por Trevor Pinnock, que no me entusiasmó. Una lástima porque el resto del repertorio era magnífico: el Siegfried Idyll de Wagner y la Sinfonía nº 41 de Mozart.
Os ofrezco el tercer movimiento, en esta ocasión con la Philadelphia Orchestra:
martes, 14 de mayo de 2013
"La tempestad", William Shakespeare
Próspero
Te veo preocupado, hijo mío
y como abatido. Recobra el ánimo.
Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en el aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir. Estoy turbado.
disculpa mi flaqueza: mi mente está agitada.
No te inquiete mi dolencia. Si gustas,
retírate a mi celda y reposa.
Pasearé un momento por calmar
mi ánimo excitado.
La tempestad, la última obra de teatro escrita por Shakespeare, da para todas las interpretaciones que se le antojen al lector. En palabras de Ángel-Luis Pujante, traductor y editor del ejemplar que acabo de leer, "es alegórica, utópica, realista, romántica, neoclásica, ritualista, pastoril, mítica y así sucesivamente. Es el drama renacentista por excelencia y expresa admirablemente las ideas e inquietudes de su época: la relación entre arte y naturaleza, el papel de la ciencia y la magia, la influencia del neoplatonismo y el debate sobre el descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo. Para otros es una tragicomedia sobre el amor, la libertad, el perdón y la reconciliación o la lucha por el poder." Yo no he leído nunca una descripción tan poética y exacta sobre el espíritu del teatro que los versos que anteceden a estas líneas. La tempestad es un maravilloso cuento en el que una serie de personajes proteicos construyen un mundo mágico pleno de pasiones, inquietudes y esperanzas. Escenarios fabulosos, seres fantásticos (Ariel me ha enamorado) y un ritmo narrativo que te encandila de principio a fin. Shakespeare siempre colma.
Y Próspero se despide:
Ahora magia no me queda
y solo tengo mis fuerzas,
que son pocas. Si os complace,
retenedme aquí, o dejadme
ir a Nápoles. Con todo,
si ya el ducado recobro
tras perdonar al traidor,
no quede hechizado yo
en la isla, y de este encanto
libradme con vuestro aplauso.
Vuestro aliento hinche mis velas
o fracasará mi idea,
que fue agradar. Sin dominio
sobre espíritus o hechizos,
,me vencerá el desaliento
si no me alivia algún rezo
tan sentido que emocione
al cielo y excuse errores.
Igual que por pecar rogáis clemencia,
libéreme también vuestra indulgencia.
Te veo preocupado, hijo mío
y como abatido. Recobra el ánimo.
Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en el aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir. Estoy turbado.
disculpa mi flaqueza: mi mente está agitada.
No te inquiete mi dolencia. Si gustas,
retírate a mi celda y reposa.
Pasearé un momento por calmar
mi ánimo excitado.
La tempestad, la última obra de teatro escrita por Shakespeare, da para todas las interpretaciones que se le antojen al lector. En palabras de Ángel-Luis Pujante, traductor y editor del ejemplar que acabo de leer, "es alegórica, utópica, realista, romántica, neoclásica, ritualista, pastoril, mítica y así sucesivamente. Es el drama renacentista por excelencia y expresa admirablemente las ideas e inquietudes de su época: la relación entre arte y naturaleza, el papel de la ciencia y la magia, la influencia del neoplatonismo y el debate sobre el descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo. Para otros es una tragicomedia sobre el amor, la libertad, el perdón y la reconciliación o la lucha por el poder." Yo no he leído nunca una descripción tan poética y exacta sobre el espíritu del teatro que los versos que anteceden a estas líneas. La tempestad es un maravilloso cuento en el que una serie de personajes proteicos construyen un mundo mágico pleno de pasiones, inquietudes y esperanzas. Escenarios fabulosos, seres fantásticos (Ariel me ha enamorado) y un ritmo narrativo que te encandila de principio a fin. Shakespeare siempre colma.
Y Próspero se despide:
Ahora magia no me queda
y solo tengo mis fuerzas,
que son pocas. Si os complace,
retenedme aquí, o dejadme
ir a Nápoles. Con todo,
si ya el ducado recobro
tras perdonar al traidor,
no quede hechizado yo
en la isla, y de este encanto
libradme con vuestro aplauso.
Vuestro aliento hinche mis velas
o fracasará mi idea,
que fue agradar. Sin dominio
sobre espíritus o hechizos,
,me vencerá el desaliento
si no me alivia algún rezo
tan sentido que emocione
al cielo y excuse errores.
Igual que por pecar rogáis clemencia,
libéreme también vuestra indulgencia.
lunes, 13 de mayo de 2013
Adiós a los cines de Fuencarral
Adoro Chamberí, uno de los barrios con más encanto de Madrid. Un barrio que aún conserva el pequeño comercio; un mercado de los de siempre, no de esos recauchutados mercados-boutiques ahora tan de moda; un barrio un poco cochambroso, no excesivamente limpio, con establecimientos "de toda la vida", plácido y popular. Por estas y por muchas más razones me instalé aquí cuando abandoné Asturias con el "corazón partío", desolada por dejar mi tierra e ilusionada por regresar a mi ciudad. Y una de las razones de mayor peso fue que Chamberí era el barrio de Madrid con más cines por metro cuadrado.

Durante mis últimos años en Oviedo había presenciado como iban cerrando todos los cines de la ciudad, trasladándose a los centros comerciales del extrarradio. Creo que en el centro solo ha quedado un superviviente. El cine Fruela, el Real Cinema, el Ayala, el Principado, los cines Clarín, los Brooklyn, los minicines de Salesas, todos desaparecidos. Y acostumbrada a ir al cine caminando, a decidir ver una película en el último minuto y llegar a tiempo de comprar la entrada, la idea de tener que coger el coche o un autobús para llegar a las afueras, ascender por varias escaleras mecánicas, y hacer cola me echó para atrás en más de una ocasión.

Así que disfrutaba de los cines de mi barrio como una lagartija al sol. Hasta hoy. Ayer fui a despedirme del Paz viendo la última película de Isabel Croixet, Ayer no termina nunca, de la que os hablaré en otro momento. Fui a la sesión de las siete. Éramos cuatro personas en la sala. Me costó la entrada 8,50 euros. Hace unos días pagué 20 por ver Juicio a una zorra en el Teatro La Abadía. No fue fácil conseguir una entrada. Era un reestreno, y el aforo estaba completo. ¿Qué ocurre con el cine, a parte de la salvajada de grabar las entradas con el 21%? Me resulta inexplicable.

Han cerrado los Renoir; en la calle Fuencarral sobrevivirá, de momento, el Proyecciones. Creo que no somos consciente de las consecuencias de esta pérdida, de lo que empobrecerá nuestra vida. No concibo la mía sin el cine, como no puedo imaginármela sin libros o sin música. Y he recordado los cines de mi infancia, también muertos. El Montija, al que iba con mis hermanas a ver las películas de Maciste, y pagábamos un duro por dos películas (cuando subió a ocho pesetas nos pareció escandaloso); el Lido, el Metropolitano, el Cristal, el Tetuán. Bravo Murillo, muy cerca de la casa de mi infancia, era la Meca del Cine de la época. Gran Vía y sus salas de estreno, solo para ocasiones especiales. No me gusta hacia donde vamos. Me repito, pero no me importa. No me gusta nada.
Durante mis últimos años en Oviedo había presenciado como iban cerrando todos los cines de la ciudad, trasladándose a los centros comerciales del extrarradio. Creo que en el centro solo ha quedado un superviviente. El cine Fruela, el Real Cinema, el Ayala, el Principado, los cines Clarín, los Brooklyn, los minicines de Salesas, todos desaparecidos. Y acostumbrada a ir al cine caminando, a decidir ver una película en el último minuto y llegar a tiempo de comprar la entrada, la idea de tener que coger el coche o un autobús para llegar a las afueras, ascender por varias escaleras mecánicas, y hacer cola me echó para atrás en más de una ocasión.

Así que disfrutaba de los cines de mi barrio como una lagartija al sol. Hasta hoy. Ayer fui a despedirme del Paz viendo la última película de Isabel Croixet, Ayer no termina nunca, de la que os hablaré en otro momento. Fui a la sesión de las siete. Éramos cuatro personas en la sala. Me costó la entrada 8,50 euros. Hace unos días pagué 20 por ver Juicio a una zorra en el Teatro La Abadía. No fue fácil conseguir una entrada. Era un reestreno, y el aforo estaba completo. ¿Qué ocurre con el cine, a parte de la salvajada de grabar las entradas con el 21%? Me resulta inexplicable.

Han cerrado los Renoir; en la calle Fuencarral sobrevivirá, de momento, el Proyecciones. Creo que no somos consciente de las consecuencias de esta pérdida, de lo que empobrecerá nuestra vida. No concibo la mía sin el cine, como no puedo imaginármela sin libros o sin música. Y he recordado los cines de mi infancia, también muertos. El Montija, al que iba con mis hermanas a ver las películas de Maciste, y pagábamos un duro por dos películas (cuando subió a ocho pesetas nos pareció escandaloso); el Lido, el Metropolitano, el Cristal, el Tetuán. Bravo Murillo, muy cerca de la casa de mi infancia, era la Meca del Cine de la época. Gran Vía y sus salas de estreno, solo para ocasiones especiales. No me gusta hacia donde vamos. Me repito, pero no me importa. No me gusta nada.
domingo, 12 de mayo de 2013
"La mujer por fuerza" en el Fernán Gómez
No soy asidua al teatro clásico, y no hago bien, porque nuestro Siglo de Oro nos ha dado excelentísimos autores y un notable conjunto de piezas incomparables. Hace unos días me decidí y fui al Teatro Fernán Gómez donde José Maya dirige una comedia de enredo muy divertida, rompedora para su época, La mujer por fuerza, de Tirso de Molina. "El personaje femenino protagonista es tremendamente transgresor", afirma el director. "Con su comportamiento va a poner patas arriba todas las leyes cortesanas a las que están sometidos todos los hombres de esta comedia por mor de su reputación".

De Tirso de Molina solo conocía Don Gil de las calzas verdes, otra pieza genial que me divirtió cuando su lectura formaba parte del programa de Literatura de la facultad, y que más tarde vi representada. Ahora la protagonista es una mujer, Finea, que se enamora del conde Federico cuando, enviado por el rey de Nápoles, visita a su hermano Alberto, pese a que este ha decidido ocultarla para preservar su virtud. Pero Finea logra verle sin ser descubierta, decide seguirle y, disfrazada de hombre, ponerse a su servicio. Tras multitud de peripecias el pobre conde se ve obligado a casarse con esta joven voluntariosa a la que no conoce y cuya reputación parece haber mancillado. Resulta hilarante su resignación y desconcierto ante lo que los demás aseguran ha ocurrido y que él no recuerda en absoluto.

Me gustó la sencillez de la puesta en escena y el estupendo trabajo de los actores, especialmente el de Alex Torno como Alberto y el marqués Ludovico y el de José Bustos como el conde Federico. . Una deliciosa comedia que asegura hora y media de diversión.
Os dejo el vídeo promocional.

De Tirso de Molina solo conocía Don Gil de las calzas verdes, otra pieza genial que me divirtió cuando su lectura formaba parte del programa de Literatura de la facultad, y que más tarde vi representada. Ahora la protagonista es una mujer, Finea, que se enamora del conde Federico cuando, enviado por el rey de Nápoles, visita a su hermano Alberto, pese a que este ha decidido ocultarla para preservar su virtud. Pero Finea logra verle sin ser descubierta, decide seguirle y, disfrazada de hombre, ponerse a su servicio. Tras multitud de peripecias el pobre conde se ve obligado a casarse con esta joven voluntariosa a la que no conoce y cuya reputación parece haber mancillado. Resulta hilarante su resignación y desconcierto ante lo que los demás aseguran ha ocurrido y que él no recuerda en absoluto.

Me gustó la sencillez de la puesta en escena y el estupendo trabajo de los actores, especialmente el de Alex Torno como Alberto y el marqués Ludovico y el de José Bustos como el conde Federico. . Una deliciosa comedia que asegura hora y media de diversión.
Os dejo el vídeo promocional.
sábado, 11 de mayo de 2013
viernes, 10 de mayo de 2013
Eloy Sánchez Rosillo, dos poemas
El fulgor del relámpago
podías esperarlas, y su luz
maravillosa, elemental, purísima,
te hace feliz de pronto. Y desgraciado,
pues comprendes que no te corresponde
ese milagro ahora y que no debes
a ciegas entregarte a lo que era
propio tal vez de otro momento tuyo,
de un momento anterior, cuando tenías
fuerzas para ser libre.
Mas déjate llevar, y vive esa hermosura
con coraje, sin miedo. A qué pensar
en lo que te conviene. Es muy fugaz la dicha.
No la desprecies. Tómala. Y apura
el fulgor del relámpago.
Después,
tiempo tendrás para seguir muriéndote.
La luz
No se puede
prever. Sucede siempre
cuando menos lo esperas. Puede pasar que vayas
por la calle, deprisa, porque se te hace tarde
para echar una carta en correos, o que
te encuentres en tu casa por la noche, leyendo
un libro que no acaba de convencerte; puede
acontecer también que sea verano
y que te hayas sentado en la terraza
de una cafetería, o que sea invierno y llueva
y te duelan los huesos; que estés triste o cansado,
que tengas treinta años o que tengas sesenta.
Resulta imprevisible. Nunca sabes
cuándo ni cómo ocurrirá.
Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
"Un día más", te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen
de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.
Tal vez
dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia.
Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado,
lleno de gratitud. Y cantas, cantas.
jueves, 9 de mayo de 2013
"Juicio a una zorra", Carmen Machi y Miguel del Arco
Cuenta Miguel del Arco, autor y director de Juicio a una zorra, que la idea de esta obra le surgió viendo noche tras noche a la Lucrecia interpretada por Nuria Espert (guardo de aquella función, que os traje a Mi casa, un recuerdo magnífico) maldecir a Helena de Troya: "“Pobre instrumento mudo/muéstrame a la ramera que provocó este escándalo,/y que puedan mis uñas desgarrar su belleza./Es tu ardor lujurioso, oh, Paris, insensato/quien volcó sobre Troya incendiada/ese pesado fardo de furor./¿Por qué el placer privado/de un solo ser se vuelve fatalidad de tantos?/¡Que la falta recaiga sobre el único/culpable! ¡Que las almas inocentes/no atraigan el castigo que el criminal merece!”. Así clamaba Lucrecia contra Helena, a la que hacía responsable de la Guerra de Troya, de la separación de su amado y, consecuentemente, de la violación sufrida a manos de Tarquino. Helena ha sido condenada por la historia cuando, según clama en el espléndido texto escrito por Del Arco, su único pecado consistió en seguir al hombre que amaba.

Del Arco da voz a Helena y ella nos relata su vida, sometiéndose al juicio de los hombres. Una Helena rota, desgarrada, que pena en la eternidad su condena y se encara con Zeus, su padre, reprochándole su crueldad y abandono; que cuestiona a quienes escriben la historia y la manipulan a su antojo; que desenmascara a los señores de la guerra que disfrazan de honor y patriotismo lo que solo es avaricia. Grita Helena refiriéndose a la Guerra: "¿Alguien puede creerse en serio que todo ese despliegue era por mí?"
Carmen Machi borda el papel, intensa y trágica, sarcástica y vulnerable. Verla sobre las tablas es un espectáculo. Es capaz de pasar, sin solución de continuidad, de la risa al llanto, de la ira al desvalimiento, y todo ello se lo hace sentir al espectador que está en sus manos desde que aparece en escena hasta que se retira después de la última ovación. Pocas veces he visto a una actriz con ese magnetismo, con tal cantidad de registros. Es una fuerza de la naturaleza.
Os dejo con el vídeo promocional:

Del Arco da voz a Helena y ella nos relata su vida, sometiéndose al juicio de los hombres. Una Helena rota, desgarrada, que pena en la eternidad su condena y se encara con Zeus, su padre, reprochándole su crueldad y abandono; que cuestiona a quienes escriben la historia y la manipulan a su antojo; que desenmascara a los señores de la guerra que disfrazan de honor y patriotismo lo que solo es avaricia. Grita Helena refiriéndose a la Guerra: "¿Alguien puede creerse en serio que todo ese despliegue era por mí?"
Carmen Machi borda el papel, intensa y trágica, sarcástica y vulnerable. Verla sobre las tablas es un espectáculo. Es capaz de pasar, sin solución de continuidad, de la risa al llanto, de la ira al desvalimiento, y todo ello se lo hace sentir al espectador que está en sus manos desde que aparece en escena hasta que se retira después de la última ovación. Pocas veces he visto a una actriz con ese magnetismo, con tal cantidad de registros. Es una fuerza de la naturaleza.
Os dejo con el vídeo promocional:
miércoles, 8 de mayo de 2013
La fotografía de Álvarez Bravo en la Fundación Mapfre
La Fundación Mapfre está haciendo un trabajo, a mi juicio espléndido, divulgando la obra de grandes maestros de la fotografía que en raras ocasiones podemos contemplar en Madrid. Recuerdo ahora las dedicadas a Imogen Cunninghan, Jitka Hanzlová o Lewis Hine, artistas cuya obra desconocía y que descubrí gracias a la iniciativa de la Fundación. A todos ellos los traje a Mi casa.

Cuando uno goza de una larga vida y la dedica con obstinación a dejar constancia de cuanto le rodea a través de una obra artística nos encontramos con documentos de valor incalculable, no solo como reflejos de la realidad, sino también como muestra de la evolución de las inquietudes artísticas de una época. Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo mejicano, dedicó buena parte de sus 100 años de vida (nació en México D.F. en 1902) a mirar tras el objetivo de su cámara y ofrecernos su visión de la realidad.

La amplia exposición de su obra que nos ofrece la Fundación Mapfre hasta finales de mayo recorre toda su evolución artística. No me ha resultado fácil hacer una selección; me he dejado en el tintero imágenes poderosas, de una belleza y lirismo conmovedores. Me ha parecido especialmente hermosa la serie dedicada al cuerpo femenino, que se muestra y se vela, impúdico y pudoroso a un tiempo.

También me impresionó esta fotografía, Obrero en huelga, asesinado, una obra de 1934, más cercana al fotoperiodismo. También le interesó la realidad popular mexicana, y retrató tipos y rincones dotando de significación poética cada imagen.

La hija de los danzantes, de 1933, sobre estas líneas. Y a su derecha, otra fotografía bellísima, de gran sensualidad. Pero quizá las dos obras que más me gustaron son las que os muestro más abajo. Los agachados, un título perfecto para una imagen brutal en su cotidianidad, cinco hombres, cinco trabajadores almorzando en la barra de un bar, me producen una enorme tristeza. Y, a la derecha, uno de sus primeros trabajos expuestos, perteneciente a su etapa constructivista, Tríptico cemento-2/ La Tolteca, de 1929.

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