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lunes, 13 de abril de 2015

Madrid, te comería a versos

Y fue así como una ciudad, por ejemplo Madrid, querida en colores por anónimos enamorados, ha visto embellecidos sus pasos de peatones con 22 frases deliciosas, con la única finalidad de hacer sonreir a los madrileños.











Parece ser que los responsables no se atreven a dar la cara por temor a ser multados por el Ayuntamiento, que no se distingue precisamente ni por su sentido del humor ni por su interés en hacer la vida más agradable a los viandantes.












"Te haré el humor hasta llegar al orgasmo". Dicen que los versos están tomados de las letras de las canciones de Leiva y del rapero Rayden, de los que nunca había oído hablar (estoy mayor). Y también que quizá sea el colectivo Boa Mistura el que esté detrás de tamaño gesto de amor conciudadano. Mi entusiasta agradecimiento.


jueves, 2 de abril de 2015

Lloviendo en el jardín

Me disgusta la lluvia en la ciudad tanto como me gusta en el mar, en el campo o, simplemente, en un jardín. Lleva lloviendo todo el día en Madrid (por otra parte, bendita lluvia si limpia algo la atmósfera y nos libra de la contaminación que nos asfixia) pese a lo que pertrechada de paraguas y gabardina me dirijo al Museo Sorolla. Nada más traspasar la verja cierro el paraguas y dejo que la lluvia me cale lentamente, mientras recorro los rincones de este jardín secreto. Mi refugio.












Un jardín se transforma bajo la lluvia, Se abre como una ostra que deja entrever su perla. Brilla, palpita, se estremece. Se ahueca y se recoge, y si escuchas lo oyes susurrar. Un jardín bajo la lluvia es un lugar íntimo que arrulla los sentidos. El boj, la adelfa, el arrayán. El tintineo de la lluvia en el estanque. Las risas de la fuente. El temblor de las hojas. Los aromas.















Estoy sola en el jardín. El tiempo, destemplado, ahuyenta a los turistas. Bajo la lluvia, sonriendo, debo parecer la loca de Chaillot.


viernes, 21 de febrero de 2014

En la Plaza de Oriente

Paseo por la Plaza de Oriente una tarde, cuando, pese al frío, ya se empieza a sentir la primavera. En palabras de Octavio Paz, "la embestida húmeda, tierna, insistente, de la primavera". El tiempo parece haberse detenido en este rincón de la ciudad. El Palacio Real se yergue vacío y silencioso, un hermoso cadáver. Tampoco camina nadie sus jardines.












"Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba."














sábado, 15 de febrero de 2014

El Matadero de La Chopera

Plaza de Legazpi. Paseo de La Chopera. Aquí, en uno de los barrios más populares y con más encanto de Madrid, se encuentra el que fue Matadero industrial de la ciudad durante varias décadas del siglo XX, reconvertido hoy en centro municipal de creación contemporánea. Construído en el estilo neomudéjar típico de este tipo de instalaciones industriales, se ha convertido en lugar de atracción para el mundo de la cultura madrileño, fundamentalmente por la calidad y cantidad de sus propuestas. En la llamada Sala del Lector se organizan exposiciones, talleres, ciclos de cine, música y artes escénicas, además de ofrecer espacios dedicados a la lectura tanto para público adulto como juvenil.













Siempre que me he acercado hasta aquí me ha sorprendido el bullicio y la vivacidad que se respiran, un aire a lo West Village lleno de encanto. Mucha gente joven entrando y saliendo de los diferentes edificios, sentados ante ordenadores o consultando libros. Mis visitas suelen estar relacionadas con exposiciones (tengo pendiente hablaros de La Villa de los Papiros, una muestra interesantísima que disfruté hace unos días) o con funciones de teatro, excelente la programación de este centro.














 Durante la última disfruté de un atisbo de atardecer, y os lo traigo junto con unas imágenes de la atmósfera singular que la iluminación otorga a los edificios.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El patio cordobés de Sorolla

La Casa-Museo de Joaquín Sorolla, que he traído a Mi Casa en varias ocasiones, está llena de rincones encantadores, como este llamado "patio cordobés" cercano a las antiguas cocinas y dependencias de servicio. Allí se expone ahora una preciosa colección de cerámica y mobiliario popular, sobre todo piezas valencianas de los siglos XIX y XX, fundamentalmente provenientes de Manises, Alcora y Paterna.












Me encanta la alfarería y la cerámica popular. En mi casa guardo un conjunto de piezas que he ido adquiriendo en mis viajes, algunas muy interesantes. Recuerdo la fantástica colección que atesoraban en su piso de la Real Academia de la Lengua, María Josefa Canellada y Alonso Zamora Vicente, dos personas maravillosas que tuve el privilegio de tratar y que nunca podré olvidar. Muchas piezas españolas, y muchas sudamericanas, algunas muy antiguas, una colección bellísima, perfectamente expuesta en los largos pasillos de su casa. Tiempo de vino y rosas.



miércoles, 11 de diciembre de 2013

Otoño en los jardines de Sorolla

Amanece un domingo helador y radiante, la luz transparente de Madrid, el cielo azul marino, altísimo, y olor a Navidad en las calles. Salgo temprano de casa y camino rápido para burlar al frío. Me  cruzo con vecinos abrazados al periódico y a la barra del pan, algo encogidos: una anciana alta y espigada, de rasgos grandes, envuelta en un grueso abrigo de paño y ligeramente coja con la que nunca intercambié palabra pero siempre una sonrisa y una inclinación de cabeza cuando coincidimos; el mocetón senegalés que vende La Farola en la esquina de mi calle, esta mañana envuelta la cabeza en una gran bufanda blanca y marrón en la que puede leerse Chanel; la kiosquera, que saluda "hola cariño" a todos los clientes y a diario bromea conmigo intentando venderme el periódico ultraconservador La Razón.












Pese a que la temperatura no permite sentarse a leer la prensa en la calle, al menos a estas horas tan tempranas, me acerco a los jardines de la Casa de Sorolla, donde me encanta sentarme al sol o esconderme de él bajo sus árboles en verano. Ahora, con los colores del otoño, me limito a pasear, huyendo de la gente, y fotografío sus rincones.



























Este lugar tiene un aire decadente y dulce que me encanta. Una delicia volver en cualquier momento.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Mi plaza en otoño

Vivo asomada a una plaza, aunque desde mi ventana (a mi espalda mientras escribo) solo llegue a ver las plantas del repecho y las terrazas de la casa de enfrente, demasiado próximas, desventajas de las angostas calles del centro de Madrid. (Por cierto, ¿no os parece que la palabra "angosta" es demasiado abierta para denominar algo estrecho?). Pero, desde que he regresado a esta ciudad, Olavide ha sido mi casa, donde recalo en algún momento todos los días, el lugar al que se han enredado mis afectos.

























Salvo algunas excepciones, las casas que circundan la plaza no son especialmente bonitas, no tienen  el empaque ni el estilo de sus vecinas, al sur de la calle Santa Engracia. Muchas de las más antiguas han sido sustituidas por nuevas construcciones carentes de personalidad, pero el conjunto tiene un enorme encanto. Aires de barrio que sobrevive a toda costa, que se reinventa, acogedor, multirracial, sucio y castizo.













(Se me acaba de quemar el almuerzo. Distraída hablándoos de mi plaza, ha llegado hasta mí un inconfundible tufo desde la cocina y me he encontrado carbonizadas las verduras. En vista del éxito, me he servido una copa de vino).






















Pequeños comercios, establecimientos de toda la vida. Desde que mi nieto comenzó a caminar le he comprado zapatos en Cantero. Los dependientes le han visto crecer y le hacen fiestas cuando vamos a por un nuevo par de zapatillas de deportes (suelo dejar las viejas en la tienda con destino a la basura): los barrios son el antídoto perfecto a la despersonalización de las grandes ciudades. Propicio que mi nieto establezca lazos afectivos con  personas y lugares de su infancia: quizás me esté proyectando en él.













Niños, ancianos... En cuanto llega el verano y suben las temperaturas Olavide se convierte en el hogar de un sin fin de mendigos que dormitan en los bancos y hacen sus necesidades por los rincones, con lo que ello supone para la mínima higiene exigida a un lugar destinado principalmente a los niños. La alcaldesa por la gracia de Aznar se lava las manos: en La Moraleja no ocurren estas cosas. !Qué difícil resulta  hallar algo no contaminado por la gestión  criminal de este personal¡ Un resquicio limpio donde plantar algo de esperanza.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El Círculo de Bellas Artes de Madrid

El Círculo de Bellas Artes de Madrid es uno de esos lugares entrañables en los que recalo a menudo, bien para disfrutar de cualquiera de sus interesantes exposiciones o simplemente al hacer un alto en mi deambular por los alrededores de la Plaza de Cibeles y tomar un café o almorzar en su restaurante, acompañada de la prensa o cualquier libro recién adquirido en  la bien surtida librería que se encuentra en los bajos del edificio. Después de los años allí me encuentro como en casa.























El edificio que alberga el Círculo desde 1880 es una construcción singular, cuyo eclecticismo le otorga una innegable personalidad. En alguna ocasión he traído a Mi casa las hermosas vistas de la ciudad que se contemplan desde la azotea, un lugar encantador para visitar cuando el tiempo acompaña. Con motivo de mi visita a la exposición dedicada al fotógrafo Catalá-Roca, de la que os hablé hace unos días, recorro el edificio procurando sortear a los vigilantes, pues se supone que solo los socios pueden acceder a algunas de las salas.












Como veis, el interior tiene un enorme encanto. Las sinuosas curvas de la escalera, los efectos que surgen de espejos y vidrieras. Encabezo el comentario con una vista de la Calle de Alcalá desde el bar de la última planta. Un lugar delicioso.