

La Fornarina (1519-1520, óleo sobre tabla, Galería Nacional, Roma), fue sin duda un regalo de amor, en el que se puede leer, como si de una carta se tratara, los sentimientos que esta joven inspiraba a uno de los pintores más sobresalientes de su época. Sobre un fondo boscoso, la figura aparece iluminada, sobresaliendo del cuadro, toda ella sensualidad y recato. Su mirada es radiante y directa, transmitiendo la intimidad que vivía con el ejecutor del retrato. Su enigmática sonrisa, juguetona y ligeramente burlona, nos recuerda a la de la Gioconda. En el dedo anular de la mano izquierda, según se ha comprobado tras la restauración, luce un anillo de oro con una piedra incrustada. Es un anillo de boda. Mientras con esta mano cubre el espacio entre las piernas, en actitud pudorosa, con la derecha se ahueca un pecho mientras el dedo índice apunta a la cinta que adorna su brazo, en la que aparece el nombre del pintor
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