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jueves, 27 de mayo de 2010

Navegando por el Mekong


En una pequeña barca recorremos el río Rach Ngong, uno de los afluentes del Mekong, hasta el mercado flotante de Cai Rang. Seguimos en este delta exuberante, dulcísimo. En las orillas, racimos de palafitos de uralita, algunos, los menos, de madera y hoja de palma, con sus pequeños patios delanteros en los que tienden la ropa, amontonan palanganas e incluso corretean las gallinas. Un niño de poco más de un año está sentado en la parte delantera de su vivienda, a varios metros de altura, con las piernas colgando sobre el río. Un adolescente sostiene en una mano un gallo pequeño al que acaricia con la otra entre los ojos. El gallo parece hipnotizado. Cuando pasamos muy cerca de su casa el joven se vuelve a mirarnos, y ese gesto despierta al animal, que se revuelve inquieto. Inmediatamente el chico concentra su atención de nuevo en él, recorre su cola con la mano y vuelve a acariciarle con un dedo la cabeza. El gallo se sumerje de nuevo en el letargo. Algo más alla, una anciana jarrea un balde de agua sobre sus pies, y se los frota. Poco después, una mujer joven lava ropa en la orilla del río. Se siguen sucediendo los palafitos. Los plataneros, cocoteros, buganvillas, y un árbol con unas preciosas flores blancas, con forma de campana y un olor extraordinario (creo que es la flor emblema de Laos) parecen tratar de engullirlos.

El mercado tiene lugar en el propio río. Agricultores de la zona llenan sus lanchas de los productos que cultivan y los llevan a un punto concreto, donde las familias y los minoristas van a adquirirlos. Barcas cargadas de frutos y hortalizas: piñas, sandias, plátanos, mangos, nabos, boniatos. Un enjambre de barcas, un colorido extraordinario. Entre ellas, se mueven las canoas, con el remero de pie en un extremo, avanzando ayudándose de una pértiga con la que empuja. Algunos niños corretean en las barcas. Los intercambios comerciales se suceden. Desde una de ellas nos ofrecen unas piñas, las pelan con una rapidez y maestría envidiables. Se acerca una barquita, dentro una mujer de mediana edad me sonríe y llama mi atención sobre unas grandes cacerolas de aluminio en un hornillo, delante de ella. Esta cociendo fideos de arroz. Me ofrece. Acabo de desayunar y rehuso, y ella, sin dejar de sonreir, camina hacia el borde de la barquita, se pone de pie, agarra las pertigas y con una enorme destreza da marcha atras y se va, serpenteando entre las barcas de mayor tamano. La vida bulle. Me fijo en los pies de la gente. Muchas uñas enfermas, pequeñas, parecen hundidas en la carne. Pies fuertes, morenos, útiles. Sonrío, me sonríen.

Una aldea Cham, tambien junto al río. Los cham son una etnia vietnamita que reinó en este país durante mucho tiempo y perdieron sus tierras frente a los Viet, del norte. Ahora la población se ha reducido a algo más de ochenta mil miembros y se concentra en una pequeña área del centro de Vietnam. Aquí, en el Delta del Mekong, sobrevive alguna aldea.

Saltamos de la lancha a una pasarela de madera sobre el río, una especie de puente colgante sobre troncos de mangle, estrecha (debemos ir en fila india). Algunas pequeñas barcas a ambos lados, donde viven varias familias. Delante de nosotros, cinco niños de entre cuatro a siete años se tiran al agua, ríen, nadan, juegan. Nos saludan agitando sus manos. En una barca veo a una mujer en cuclillas ante un hornillo, preparando la comida. Otra friega unos cacharros en el río. Las barcas parecen ancladas en la tierra por el efecto de la planta tapiz que las rodea. Caminamos un poco hacia el interior y entramos en la aldea. Son palafitos de madera y palma, aquí las inundaciones se llevan todo por delante. Un grupo de chicos jovenes juegan a balón bolea, mujeres sentadas en cuclillas charlan, muchos hombres dormitan en hamacas, bajo las casas. Paseamos, los niños nos siguen. Se ríen.

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