Cuando Dalí adquiere la casa para Gala está casi en ruinas, y el jardín en estado salvaje. El pintor se enamora del romanticismo del lugar y la rehabilita tratando de preservar ese aura decadente, creando en su interior espacios insólitos que decora a su excéntrico modo (os mostraré los interiores otro día, creo no haber visto nunca algo tan estrambótico), conservando la caótica exuberancia del jardín.
No conozco Bomarzo (aunque pretendo remediarlo este otoño: después de leer a Mújica Láinez en mi juventud, visitar los jardines del príncipe Orsini es uno de los sueños de mi vida) pero, salvando las distancias, el pequeño jardín del Castillo de Púbol me recordó a la imagen de aquel que se ha forjado mi imaginación. Jardines mágicos por obra y gracia de la imaginación de su dueño, en los que habitan sus criaturas. Como en la Quinta da Regaleira, de Sintra, de la que os hablé hace algún tiempo; o como aquel construido por Luis II de Baviera, poblado de autómatas: creo que se trataba de Neuschwanstein.
Secretos miradores, fuentes, alegorías, y sus esbeltos elefantes de trompas levantadas, los mismos que representó en alguno de sus cuadros. Un jardín misterioso y recoleto, un refugio para Gala y, a la postre, su mausoleo.





































.jpg)