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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Otoño en los jardines de Sorolla

Amanece un domingo helador y radiante, la luz transparente de Madrid, el cielo azul marino, altísimo, y olor a Navidad en las calles. Salgo temprano de casa y camino rápido para burlar al frío. Me  cruzo con vecinos abrazados al periódico y a la barra del pan, algo encogidos: una anciana alta y espigada, de rasgos grandes, envuelta en un grueso abrigo de paño y ligeramente coja con la que nunca intercambié palabra pero siempre una sonrisa y una inclinación de cabeza cuando coincidimos; el mocetón senegalés que vende La Farola en la esquina de mi calle, esta mañana envuelta la cabeza en una gran bufanda blanca y marrón en la que puede leerse Chanel; la kiosquera, que saluda "hola cariño" a todos los clientes y a diario bromea conmigo intentando venderme el periódico ultraconservador La Razón.












Pese a que la temperatura no permite sentarse a leer la prensa en la calle, al menos a estas horas tan tempranas, me acerco a los jardines de la Casa de Sorolla, donde me encanta sentarme al sol o esconderme de él bajo sus árboles en verano. Ahora, con los colores del otoño, me limito a pasear, huyendo de la gente, y fotografío sus rincones.



























Este lugar tiene un aire decadente y dulce que me encanta. Una delicia volver en cualquier momento.

martes, 10 de diciembre de 2013

"Relámpagos de El Roto", por Antonio Muñoz Molina

El Roto es un poeta satírico que hace un epigrama diario, un poeta ensimismado y observador del mundo que dibuja cada día un haiku visual, un panfletario que madruga para que cada mañana aparezca pegada por las paredes del periódico la tinta fresca de un pasquín incendiario, un francotirador que cada día dispara un solo tiro que da siempre en la diana. El Roto hace sus dibujos tan diariamente y tan solitariamente como hacía sus poemas Emily Dickinson, o como Giorgio Morandi dibujaba o pintaba sus frascos, vasos, tarros y botellas, y cada día se las arregla para ser tan él mismo que sería imposible confundirlo con nadie más, y también para ser sorprendente. Pero a diferencia de Morandi y de Dickinson El Roto trabaja sometido a los imperativos, las limitaciones y los plazos de la publicación en el periódico, con una disciplina de artesano que excluye por necesidad las celebradas veleidades del artista. Ha de ajustarse a un cierto formato, a un uso mínimo o nulo del color, a una austeridad de dibujo que permita la reproducción fácil en el papel y en la tinta del periódico. Y además ha de permanecer atento a lo que sucede cada día, porque aparte de poemas, de sátiras, de haikus, de panfletos, sus viñetas son crónicas y comentarios del presente, y él tiene el talento de acertar en el pulso de lo inmediato y al mismo tiempo darle la intemporalidad de lo que seguirá siendo relevante cuando pasen los años. Cada dibujo de El Roto está hecho con tal precisión de trazo, y cada texto es tan sintético, tan lleno de rabia, de sarcasmo, de agudeza poética y política, que parecen la destilación última de un largo proceso de concentración. Pero El Roto dibuja al ritmo de una viñeta diaria, y habrá una hora límite a la que sin remedio tendrá que haber enviado el dibujo, como un columnista de columna diaria, o como aquellos músicos de jazz que se ganaban la vida en los años treinta acompañando bailes de un minuto exacto, porque ese era el tiempo concedido por los diez céntimos del billete que compraban los clientes para bailar con las chicas. Duke Ellington, que compuso tantas obras maestras bajo la máxima presión de las giras, los ensayos y las grabaciones, decía: “I don’t need time; I need a deadline”. Como Ellington, lo que El Roto parece necesitar para completar un dibujo no es el tiempo indeterminado de la inspiración, sino el plazo urgente de la entrega.


No falla nunca, y nunca deja de ser admirable. Cada día hay una nueva descarga eléctrica, un fogonazo igual de vívido de claridad, un golpe de risa que revela lo grotesco o lo ridículo o lo inmundo debajo de las proclamas solemnes o de las sinrazones o las estupideces que por repetirse tanto ya nos parecen normales. El Roto, literalmente, no deja títere con cabeza, y además nos hace ver hasta qué punto son títeres los figurones y los figurantes de la actualidad diaria, y qué semblantes de capricho de Goya o caricatura de Grosz o pintura negra se esconden debajo de las máscaras sonrientes de la publicidad política —en la política ya queda muy poco que no sea publicidad— y las informaciones financieras.
(...)

Os ofrezco el arranque del artículo dedicado a El Roto que firma Antonio Muñoz Molina en la última entrega de Babelia, el suplemento cultural de el diario El País. En el link lo encontrareis completo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Precioso concierto de la Orquesta Sinfónica de Viena

Auditorio repleto y entregado a una Sinfónica de Viena que suena maravillosamente, dirigida con exquisitez por Adam Fischer (resulta un espectáculo ver dirigir a estos maestros mayores, con qué energía, convicción y sutileza manejan la orquesta, a base casi siempre de gestos mínimos, de miradas, y sin embargo transmiten un control total sobre cada uno de los músicos), y un programa coherente y magnífico. Comenzó con la Sinfonía nº 101, El Reloj, de Haydn, que debe su nombre a un fantástico segundo movimiento (Andante) con un acompañamiento de tic-tac encantador. Adoro esta sinfonía.


Luego le tocó el turno a Maria Joào Pires que bordó  el Concierto para piano y Orquesta nº 2 en Si bemol de Beethoven, la orquesta acompañándola magníficamente y, tras el descanso, una joya de Mozart, la Sinfonía nº 41 en Do mayor "Júpiter". En el verano de 1788 Mozart escribirá tres sinfonías memorables: la luminosa Sinfonía nº 39, la dramática y sombría Sinfonía nº 40 y la monumental Júpiter. Resulta increíble imaginar a alguien capaz de componer de una tacada semejantes obras suplicando a amigos y conocidos unos florines para pagar el alquiler de su casa.

La música siempre es un bálsamo, pero a este concierto, por el momento familiar que estoy viviendo, debo agradecerle grandes bondades. Salí del auditorio con el alma sosegada y fuerzas renovadas. Bendita sea la música.

Os dejo con Mozart:

domingo, 8 de diciembre de 2013

El Roto

El Roto, diario El País, 5 de diciembre de 2013

Una fotografía

No sé mucho de esta imagen. La he encontrado por casualidad, buscando en la red fotografías de William Christenberry. Juraría que el hombre es él hace bastantes años, quizá cuando recorría su Alabama natal retratando el tiempo. Al fondo parecen distinguirse algunos de los carteles a los que él era tan aficionado. La imagen me resulta fascinante. La manera solícita con la que él  roza la mano de la maniquí, la posición de su cuerpo, ligeramente vuelto hacia ella mientras mira de frente a la cámara. Y la actitud toda de la muñeca, el gesto de su mano izquierda, la postura de la derecha, que parece sujetar con delicadeza el fino paño que la cubre; su rostro vuelto hacia el hombre. No puede ser más sugerente.

sábado, 7 de diciembre de 2013

La Kammerorchester Basel homenajea la música española

Muy de agradecer las buenas intenciones de la Orquesta de Cámara de Basilea al elegir un repertorio fundamentalmente español para su cita con el público madrileño. El siempre apasionante El amor brujo, de Falla, el Concierto de Aranjuez  de Joaquín Rodrigo y la Sinfonía en Re menor de Juan Crisóstomo Arriaga. Sin embargo en ningún momento logró contactar realmente con el auditorio, que recibió con bastante frialdad sus interpretaciones. A mi juicio, a El amor brujo le faltó fuerza expresiva, y me resultó penosa la actuación de la mezzo Lilia Tripodi, cuya voz no logró en ningún momento despegar de la orquesta. Me gustó más la adaptación para arpa del Concierto de Aranjuez, con el arpista Xavier de Maistre como solista. Tampoco me desagradó la sinfonía de Arriaga, que no conocía, pero desde luego no resultó un concierto memorable. Aunque lo que dejó al público desconcertado fue el estreno mundial de Oton para orquesta de cámara, del joven compositor suizo Rico Gubler, una serie de sonidos inarticulados sobre una grabación de ruidos y conversaciones de fondo, algo insólito que escuchamos estupefactos. Cuánta tropelía se puede hacer bajo el paraguas de "música contemporánea".

Os dejo con la Danza del fuego, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por Barenboim.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Algo más sobre William Christenberry

"La primera vez que arranqué un cartel de una casa, que era un cartel viejo de Grapette, fue en 1964. Estaba en la Casa del Quiromántico. Grapette era un refresco muy popular. Lo inserté en una construcción de pintura-escultura que estaba haciendo por esas fechas. Desde entonces he recogido más de trescientos carteles, casi todos en Hale Country". Esa atracción por pintadas y carteles está presente en la exposición de la Fundación Mapfre (de la que os hablé hace unos días) no solo a través de sus fotografías, sino como un gran collage que reune publicidad de artículos variopintos: tabacos, refrescos, asociaciones religiosas, y un sin fin de avisos curiosos.










"Me interesan los carteles por los colores, las texturas, la herrumbre, los agujeros de bala, la decoloración que produce el sol. Me fascina que la necesidad lleve a la gente a hacer carteles con lo primero que tiene a mano".











Otra parte significativa de la muestra está dedicada al Ku Klux Klan, encabezada por la fotografía que veis a la izquierda. Así cuenta Christenberry su historia: " Encontré el Klub en 1964. Hice la foto del edificio sin pensarlo mucho, y entré a tomar un refresco. Al fondo del bar vi que había unos tipos de mala catadura jugando al billar. Me acabé el refresco y pagué. Cuando salí, dejaron los tacos y me siguieron a la calle. Se quedaron mirándome desde lo alto de esos escalones mientras yo subía al coche, que afortunadamente tenía matrícula de Tennessee, no de Washington D.C., no matrícula del norte. En aquella época podías ser sospechoso de trabajar por los derechos civiles si llevabas matrícula de otro estado. Iba un poco nervioso cuando salí del pueblo. Al cabo de una semana o así me llegó la foto en papel, y entonces sospeché que me había metido en un bar del Klan. El nombre empieza por K, que es costumbre en el Klan. Y si te fijas en la foto, tiene un aire al Klan. Las ventanas vidriadas forman dos ojos, uno a cada lado de la puerta."















Y no podían faltar los cementerios. Como os comenté en la anterior entrada dedicada a este artista, comparto con Christenberry su fascinación por rescatar del olvido los lugares donde transcurrió su infancia; el tiempo impreso en las texturas de paredes, chapas y carteles; lo kitsch de tantos enterramientos populares, mucho más expresivos que los de la burguesía. Fijaos en la cruz de la derecha, construida a base de hueveras de plástico rosa cosidas, con capullos de rosa clavados. Fantástica.

jueves, 5 de diciembre de 2013

"El amenazado", de Jorge Luis Borges


El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Cuidando a mi madre

Velo a mi madre en la habitación de un hospital. Con un desgarro en el corazón solo equiparable al que sentí cuando, siendo mi hija muy pequeña, era ella la que ocupaba una cama similar a esta, en parecidas circunstancias. Me hago de piedra para ahuyentar el miedo y ser útil, positiva y eficaz: cuidar, proveer y mimar; no dejarse llevar por nada que pueda debilitarnos y menoscabar nuestra eficacia. Tomar las decisiones adecuadas, con templanza y lucidez. Atenta a cualquier detalle, adivinar sus necesidades, asegurar su bienestar: retirarle el pelo de las sienes, por si su cosquilleo le molesta; masajearle los pies para que se relaje, cubrirle la espalda para que no se enfríe. Atenta a los drenajes, el suero, el antibiótico. Convertirme en piedra para no llorar a gritos, y librar a mi madre de todo dolor, de todo mal.

Mi madre es hermosa, buena y fuerte. Cuidarla es un privilegio. Ya lloraré otro día.

martes, 3 de diciembre de 2013

Pavarotti/Flórez, "Una furtiva lagrima"



Aunque las comparaciones son odiosas, os traigo Una furtiva lagrima interpretada por Luciano Pavarotti y Juan Diego Flórez. Creo que, como afirma José, amigo del alma y asiduo a Mi casa, la diferencia entre ambos es que el primero está sentado a la diestra de dios padre y el segundo es mortal. Vosotros mismos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Espiando

Me reconozco una cotilla irredenta. Me encanta observar a la gente: si pudiera ser transparente, me introduciría en las casas, revisaría cajones y armarios, espiaría las costumbres de sus ocupantes, reharía personalidades e historias a partir de una mirada, de un ademán. Hace muchos años, en Asturias, me colé en una casona abandonada, semiderruida. En el huerto, oculto entre la maleza, hallé el frontal de un arcón antiguo, muy deteriorado por la lluvia y el abandono, y me lo llevé a casa. Lo restauré, y aún lo conservo. Recorrí las habitaciones y en un armario encontré un camisón de hilo y encaje que su dueña había olvidado. Olía a humedad, me costó un triunfo acabar con esas manchas amarillas que aparecen en la ropa blanca cuando no está en uso, pero sobrevive en un cajón de mi armario.



























Parapetada tras una barandilla, en la segunda planta del Palacio de Correos, no pude resistirme a la tentación. Me gusta el colorido de estas fotos, por eso os las ofrezco. Y observar sin ser vista, qué placer.










domingo, 1 de diciembre de 2013

"Donde acaba el amor", de Carmen Martín Gaite

Donde acaba el amor

Cuando llegas al muro
donde acaba el amor
ya no hay escapatoria.
Y lo escalaba trabajosamente,
repitiendo "ya no hay escapatoria",
desafiando los cristales rotos
clavados en su cumbre;
y se dejó caer al otro lado
con las manos heridas.
Se las miró un momento,
y se lamió la sangre,
"Ya no hay escapatoria"
susurraba anhelante.
Por fin echó a correr,
sin mirar hacia atrás,
por la llanura estática,
plana, infinita y yerma.


De vez en cuando vuelvo a este poemario, tan querido, y releo mis versos subrayados: "Amenazado vives, al raso, crepitando,/ como una hoguera al cierzo/ gastando tus cartuchos con saña y desafío...".

sábado, 30 de noviembre de 2013

"Buenos días, fascismo", por Luis García Montero

Guardo dos sensaciones precisas del tiempo que me tocó vivir bajo la dictadura del caudillo, nuestro generalísimo Francisco Franco: el miedo a la Policía y el trato cotidiano con la mentira. Ya sé que la realidad española fue suavizándose conforme nos alejábamos de la sangría provocada por el golpe militar de 1936, pero en el aire de los años cincuenta, sesenta y setenta que yo respiré podía percibirse con facilidad el olor del miedo y de la mentira.

Los periódicos mentían tanto por lo que callaban como por lo que decían. La retórica sobre el imperio, la raza, la patria, la gloria que nos enseñaban en las clases de Formación del Espíritu Nacional no resistía las primeras miradas sobre el mundo. Un país pobre, menesteroso, humillado, sin ciencia, sin una economía sólida, sin cultura pública, sin repercusión internacional, sufría bajo las alas del águila. Más bien una gallina. Los colores de la bandera solo servían para ponerse rojos de vergüenza y amarillos de envidia cada vez que íbamos descubriendo lo que era la vida.

Los políticos mentían. Y no me refiero a las verdades a medias y las manipulaciones propias del electoralismo. Mentían de verdad y hasta el fondo, como yo de adolescente cuando me obligaban a confesar los curas del colegio. Éramos herederos de un Régimen basado en la instauración oficial de mentira. A Miguel Compins,  Comandante Militar de Granada, fueron a buscarlo los golpistas a su despacho, en donde estaba tan tranquilo cumpliendo órdenes del Gobierno y de la superioridad, y lo fusilaron por ayudar a la rebelión. No fue el único caso. El legal era el sublevado, en invierno hacía calor, en verano frío, los peces volaban por las nubes y los pájaros nadaban por las profundidades del mar si así lo afirmaba la autoridad.

Nadie, claro está, confundía la verdad oficial con la realidad. Eso creaba una separación tajante entre el Estado y la calle. Hoy somos herederos de esa división impuesta por la costumbre de mentir. Lo que empezó siendo la mentirijilla electoral en la España democrática desemboca hoy en el regreso a la desvergonzada mentira fascista. Rajoy  jura que no conocía las actividades corruptas de su tesorero más íntimo y no pasa nada. Ana Botella dice que la Reforma Laboral ha salvado los puestos de trabajo de los trabajadores de la limpieza en Madrid y no pasa nada. Se miente sobre la economía, el paro, la política internacional, la honradez de la familia real, y no pasa nada. Las instituciones –véase el poder judicial- son una mentira en funcionamiento. Ha vuelto a hacer calor en el mes de enero. La moda de las memorias políticas en nuestro país y la apertura de la Fundación Felipe González se deben  a que está vigente una veda infinita para las mentiras. Aquí el error propio es una enfermedad descatalogada en las conciencias.

También hemos vuelto al grito de “la calle es mía”. Lo lanzó Fraga Iribarne para recordarnos en 1976 la norma número uno de la dictadura a la que había servido. Respondiendo a su origen, el Gobierno del PP ha dado forma de ley al grito de Fraga.  En vez de respetar y solucionar los problemas graves de los ciudadanos, criminaliza sus protestas con multas desmedidas y con estrategias de impunidad para la represión. La ley hipotecaria nos deja sin casas, la ley mordaza sin calle, dos formas de desahucio. A la Policía española deberemos tratarla con miedo. Se acabó la confianza. Las Fuerzas de Seguridad tienen como enemigo al ciudadano. La patria produce otra vez extranjeros en su propio país. Atreverse a poner el pie fuera de la mayoría silenciosa es un acto de rebeldía intolerable. Exigir y practicar los derechos constitucionales puede convertirnos en cómplices de la sublevación.

Buenos días, fascismo. Los españoles volvemos a vivir en una realidad cotidiana fascista. Podemos discutir si se trata de prefascista,  posfascista, parafascista o cuasifascista, pero la evidencia es que nos hemos instalado en el cartón piedra de la mentira y en una plaza de armas que sólo pertenece a la autoridad. Entre nuestros derechos no está la calle. Convivir es obedecer bajo el absolutismo de unos diputadísimos y unos ministrísimos que son herederos del caudillo.

Podrán decirme que han llegado al Gobierno por las urnas. Llegar por las urnas al fascismo no es algo nuevo, ni resta gravedad, sobre todo cuando se incumplen los contratos electorales de forma desvergonzada. Podrán decirme que la gente volverá a votarlos. Eso no significará que dejen de ser fascistas, sino que el fascismo se ha instalado en los procedimientos democráticos. En una realidad fundada en la mentira, con una división tajante entre la España oficial y la España real, entre los mundos virtuales y la experiencia de carne y hueso, los votos pierden su vinculación con la calle y pasan a ser una parte más del videojuego de las supersticiones. Sin patrimonio legal democrático, podrá haber votos, pero no habrá democracia.


Ni soberanía popular, ni instituciones representativas, ni participación. Mentira y represión policial. Buenos días, fascismo.


Luis García Montero, diario El Público, 21 de noviembre de 2013

viernes, 29 de noviembre de 2013

Mi plaza en otoño

Vivo asomada a una plaza, aunque desde mi ventana (a mi espalda mientras escribo) solo llegue a ver las plantas del repecho y las terrazas de la casa de enfrente, demasiado próximas, desventajas de las angostas calles del centro de Madrid. (Por cierto, ¿no os parece que la palabra "angosta" es demasiado abierta para denominar algo estrecho?). Pero, desde que he regresado a esta ciudad, Olavide ha sido mi casa, donde recalo en algún momento todos los días, el lugar al que se han enredado mis afectos.

























Salvo algunas excepciones, las casas que circundan la plaza no son especialmente bonitas, no tienen  el empaque ni el estilo de sus vecinas, al sur de la calle Santa Engracia. Muchas de las más antiguas han sido sustituidas por nuevas construcciones carentes de personalidad, pero el conjunto tiene un enorme encanto. Aires de barrio que sobrevive a toda costa, que se reinventa, acogedor, multirracial, sucio y castizo.













(Se me acaba de quemar el almuerzo. Distraída hablándoos de mi plaza, ha llegado hasta mí un inconfundible tufo desde la cocina y me he encontrado carbonizadas las verduras. En vista del éxito, me he servido una copa de vino).






















Pequeños comercios, establecimientos de toda la vida. Desde que mi nieto comenzó a caminar le he comprado zapatos en Cantero. Los dependientes le han visto crecer y le hacen fiestas cuando vamos a por un nuevo par de zapatillas de deportes (suelo dejar las viejas en la tienda con destino a la basura): los barrios son el antídoto perfecto a la despersonalización de las grandes ciudades. Propicio que mi nieto establezca lazos afectivos con  personas y lugares de su infancia: quizás me esté proyectando en él.













Niños, ancianos... En cuanto llega el verano y suben las temperaturas Olavide se convierte en el hogar de un sin fin de mendigos que dormitan en los bancos y hacen sus necesidades por los rincones, con lo que ello supone para la mínima higiene exigida a un lugar destinado principalmente a los niños. La alcaldesa por la gracia de Aznar se lava las manos: en La Moraleja no ocurren estas cosas. !Qué difícil resulta  hallar algo no contaminado por la gestión  criminal de este personal¡ Un resquicio limpio donde plantar algo de esperanza.

jueves, 28 de noviembre de 2013

William Christenberry en la Fundación Mapfre

Lo que más me ha conmovido de la obra de William Christenberry, expuesta en la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre, es su carácter íntimo, su cualidad de album de fotos. En realidad con ese espíritu fueron hechas, para conservar su recuerdo, para documentar la vida del fotógrafo: estos son mis paisajes, en estos escenarios se desarrolló mi vida, estas casas me vieron crecer.











"Mi tierra natal siempre me pareció parte de mi ser. Vivir lejos de ella me ha dado una perspectiva que no creo que hubiera tenido si me hubiera quedado allí. No es nostalgia; eso no me interesa. Es verdad que te puedes regodear en la nostalgia, sumergirte en la nostalgia y chapotear. Por ahí no se va a ninguna parte. (...) Lo interesante es ver cómo el tiempo, los elementos y la gente, cómo todas esas cosas cambian."











Entiendo perfectamente la intención de Christenberry porque yo siento esa misma pulsión por documentar los escenarios en los que se desarrolla mi vida, más que a las personas con las que la comparto (a excepción de la gente a la que quiero, pero ahí las motivaciones son otras). No me interesa conservar la imagen del camarero que me sirve a diario el café, y sí preservar el rincón donde suelo tomarlo. Siento que de algún modo formo parte de ese lugar, que algo de mí permanecerá aún cuando yo ya no esté.









Las casas atesoran las vidas de quienes las habitaron, y envejecen con ellos: su piel se resquebraja, se agrieta, la materia se pudre. Y Christenberry está allí para dejar constancia. En algunas ocasiones el seguimiento se prolonga durante años, como en la serie que veis a la derecha, House and car, near Akron, Alabama, desde 1978 hasta el 2005. "Veo esas estructuras, esas viviendas, esas casas, como si fueran maravillosas esculturas. Suelen tener formas muy básicas, nada elaboradas. De nuevo, el paso del tiempo y el clima hacen esas formas más interesantes que si estuvieran inmaculadas, que cuando son nuevas (...) Esa sensación de soledad y de espacio, ese gran espacio. La mayoría de las estructuras que fotografío están solas en el paisaje pero aunque, como ocurre a menudo, estén agrupadas con otras o haya otros edificios cerca, yo tiendo a verlas como si estuvieran solas. No es algo que haga a propósito, Sencillamente, es así como las veo."



miércoles, 27 de noviembre de 2013

"Jaulas está pariendo este silencio", de Félix Grande

Lo que siento, Lejana,
nadie y nada en el mundo
logrará persuadirme
de que es bastardo,
de que no ilumina.

Y sin embargo no puedo decirlo.

Yo el desmedido, el insensato,
el furioso, el altivo,
el enemigo del silencio,
el esclavo del sol,
como una sombra he de callar.

¡Yo clandestino, maldición!

Mientras mi carne estupefacta
interroga a estos tiempos erróneos
pienso en el fuego, la yel, el azufre.

martes, 26 de noviembre de 2013

"La infancia de Jesús", de J.M. Coetzee

"- No se usted -dice-, pero yo no he olvidado del todo el pasado. Puede que los detalles se hayan vuelto un poco borrosos, pero la sensación de cómo era la vida antes sigue siendo bastante intensa. Los hombres y las mujeres, por ejemplo: dice que ha superado esa manera de pensar; yo no, sigo sintiéndome un hombre y notando que usted es una mujer.
- Estoy de acuerdo. Los hombres y las mujeres son distintos. Tienen que desempeñar papeles diferentes.
Los dos niños, en el asiento de delante, están susurrando y riéndose. Él toma la mano de Elena entre las suyas. Ella no intenta soltarse. No obstante, de ese modo inescrutable en que habla el cuerpo, su mano responde. Muere como un pez fuera del agua.
- ¿Puedo preguntarle -dice- si es capaz de sentir algo por un hombre?
- No es que no sienta nada -responde ella despacio y midiendo las palabras-. Al contrario, siento buena voluntad, mucha buena voluntad. Por usted y por su hijo. Afecto y buena voluntad.
- ¿Por buena voluntad se refiere a que nos desea lo mejor? Estoy intentando entenderlo. ¿Siente benevolencia por nosotros?
- Sí, eso es.
- Debo decirle que esa benevolencia es lo que encontramos constantemente. Todo el mundo nos desea lo mejor y está dispuesto a ayudarnos. Nos vemos transportados literalmente por una nube de buena voluntad. Pero todo es un poco abstracto. ¿Puede la buena voluntad satisfacer por sí sola todas nuestras necesidades? ¿No es parte de nuestra naturaleza anhelar algo más tangible?
Lentamente Elena aparta la mano de la suya.
- Tal vez quiera usted algo más que buena voluntad; pero ¿es mejor eso que la buena voluntad? He ahí lo que debería preguntarse.
 (...)
Ahí lo tiene, de boca de bebés y niños de teta. De la buena voluntad surge la amistad y la felicidad, las meriendas agradables en el parque o los paseos vespertinos y agradables por el bosque. Mientras que del amor, o al menos del anhelo de sus más urgentes manifestaciones, surgen la frustración, las dudas y la amargura, así de sencillo."

Estoy terminando La infancia de Jesús deslumbrada por la lucidez, la ternura y la maestría que, una vez más, nos ofrece Coetzee.