
Acaba de llegar. Ha hecho un largo trayecto desde la estación; hacía calor, le oprimían los zapatos y el hotel resultó estar bastante más lejos de lo que la guía indicaba. Se descalzó en cuanto cerró la puerta, soltó las maletas, dejó el sombrero sobre la cómoda y se desnudó enseguida. La moqueta estaba gastada, pero las sábanas parecían limpias y tampoco le desagradó el paisaje que se veía detrás de las cortinas: la fachada posterior de un edificio gris de oficinas, con los cristales muy sucios, a través de alguno de los cuales se podía entrever gente trabajando. Eso era exactamente lo que quería: nada. En unos minutos se daría una ducha, pero antes extrajo la carta del bolso, se sentó en el borde de la cama y volvió a leer las líneas que ella le había escrito, desde aquella misma habitación, una semana antes. Se escucha a lo lejos el zumbido de un extractor. Le sobresalta el timbre del teléfono. Una voz levemente metálica le anuncia la llegada de su visita y solicita permiso para hacerla subir. Una vez concedido cuelga el teléfono, observa distraídamente la habitación, se inclina y coloca los zapatos correctamente, paralelos uno al otro, camina suave hacia la ventana y la abre.
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