
Ha muerto el pintor alemán Sigmar Polke. Y el panorama artístico hoy es más plano, más opaco, y mucho más aburrido sin su mirada irreverente. Polke, pese a haber recibido alguno de los premios más importantes, ha vivido siempre en una suerte de clandestinidad, al margen del mundanal ruido mediatico-artístico y, sin embargo, intensamente comprometido con su tiempo. Nada escapaba a su mirada crítica, despiadada, profundamente honesta. No se casó con ningún ismo, puso en tela de juicio todas las certezas, miró debajo de las alfombras del arte y en el envés de las obras de los grandes, y a través de sus cuadros nos muestra sus conclusiones, que siempre resultan ser dudas, nunca certezas.
Intelectualmente irreprochable. Eterno provocador. Cuando se enfrentaba a un lienzo en blanco atrás quedaban los lugares comunes, el camino aprendido, el lenguaje conocido. Por qué no? parece plantearse en cada cuadro.
Y la belleza, la que transmite quizá sin pretenderlo, es al final lo que logra estremecernos.

Ahora llegarán las loas y los homenajes. Seguro que él levantaría una ceja y seguiría pintando.
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