
En el centro de Camboya, en plena selva, se encuentran los restos de la ciudad sagrada de Angkor, una de las siete maravillas del mundo y uno de los lugares más mágicos y fascinantes que existen. Esta ciudad fue la capital del imperio khmer, que en la antigüedad se extendía por el sudeste asiático y que desde el siglo IX hasta el XIII se erige como cuna de la civilización, del arte y la cultura de la zona. Su organización se basa en un sistema teocrático donde se sucede el culto a las religiones budista, hinduista y brahmánica, dependiendo de las creencias de los sucesivos emperadores.
De Phnom Penh volamos hasta Siem Reap, una pequeña y encantadora ciudad, puerta de Angkor. En realidad Angkor, más que un lugar para vivir, siempre fué un recinto sagrado de 250 km cuadrados de extensión, situado en medio de la selva, donde se erigieron más de 1000 templos, palacios y construcciones anexas. Hoy se conservan sólo unas cuantas edificaciones, en distintos grados de ruina, pero con su belleza, gracia y misterio intactos. Muchos continuan bajo tierra y los que hoy se pueden visitar han permanecido durante siglos engullidos por la selva, ocultos tras la exuberante vegetación.
El templo más grande y el mejor conservado es Angkor Vat. La pequeña carretera que conduce desde Siem Reap hasta el templo abandona de repente la selva y desemboca en una gran explanada. Lo primero que te encuentras es un lago perimetral de más de tres km de longitud y 200 m de anchura. En el centro del lago, tres recintos rectangulares y de altura creciente conforman el templo, coronados con cinco torres en forma de loto. Es el mayor recinto religioso jamás construido. La impresión es indescriptible. Parece ergirse fuera del tiempo, majestuoso, bellísimo.
El calor es sofocante, la humedad hace que la ropa se pegue a la piel, pero camino por las galerías, atravieso cámaras, me siento a contemplar la sutileza con que un artista ha grabado en la pared el movimiento de una bailarina, los pliegues de su falda. No hay palabras para describir tanta belleza.
Pero el resto de los palacios y templos que conforman este recinto no le van a la zaga. El "templo de las caras sonrientes" (Templo Bayon), más pequeño que Angkor Vat y más escondido en la

La terraza de los elefantes, la terraza del rey leproso. Y la selva siempre ahí, al acecho, rumorosa, lujuriosa, tan tupida que forma un muro infranqueable vigilando los templos.

Y Ta Prohm



No hay comentarios:
Publicar un comentario