
El mar
El Océano Pacífico se salía del mapa. No había donde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana.
Lo shumanistas se preocuparon de los pequeños hombres que devoró en sus años:
No cuentan.
Ni aquel galeón cargado de cinamomo y pimienta que lo perfumó en el naufragio.
No.
Ni la embarcación de los descubridores que rodó con sus hambrientos, frágil como una cuna desmaltelada en el abismo.
No.
El hombre en el océano se disuelve como un ramo de sal. Y el agua lo sabe.
Ver capítulo anterior.
Ojo con las faltas de tipeo
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