Este autorretrato del fotógrafo neoyorquino Robert Mapplethorpe me produce una ternura especial. Es la imagen de la adolescencia, de la primera juventud. Arrogante, provocadora, desafiante, ese ceño fruncido parece interrogar a la vida. Sin embargo toda la imagen transmite fragilidad, un cierto desamparo. Y belleza.
Y esta fotografía, fascinante. La cabeza tocada por un gran sombrero adornado con flores y un velo que deja entrever los ragos delicados de una mujer, todo feminidad. Un corsé de cuero negro. La rigidez del cuerpo de ella, su gesto mayestático. El antebrazo, de musulatura poderosa, algo masculino. Y el brazo, nervudo, las venas hinchadas en ese gesto procaz, claramente obsceno.


La belleza por la belleza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario