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viernes, 15 de julio de 2011

"San Francisco de Asís", de Messiaen


No exagero si os digo que el miércoles asistí a uno de los espectáculos más fascinantes y emocionantes de los que he gozado en mi vida. Me refiero a la representación de la ópera San Francisco de Asís, del compositor francés Olivier Messiaen, en el Madrid Arena, con una producción del Teatro Real. En varias ocasiones, desde estas páginas, he manifestado la enorme suerte que tiene el aficionado madrileño al contar con un Director Artístico en el Teatro Real de la categoría de Gerard Mortier. Esta representación fue una apuesta personal suya, un broche extraordinario para esta temporada y un regalo al público madrileño que, sinceramente, no sé si nos merecemos, dada la gazmoñería de la que tantas veces hacemos gala.













Debo reconocer que llegué temerosa al Madrid Arena. Una ópera de cuatro horas largas de duración, seis horas en total contando con los descansos; una obra totalmente desconocida para mi, de un compositor cuya música no está catalogada como "fácil"; salir del Teatro Real y realizar el montaje en el Madrid Arena, un espacio polivalente creado para albergar grandes eventos pero que, en principio, no parece el sitio idóneo para representar una ópera ... todo se me hacía un poco cuesta arriba, pero doy gracias a los dioses y al consejo entusiasta de un amigo en cuyo criterio confío, y hacia allí me dirigí. Feliz decisión.













El montaje fue espectacular. Bajo una enorme bóveda de 14 metros de altura y 22 toneladas de peso, semejando una gran vidriera de una catedral que cambia de color según las escenas y los estados de ánimo de San Francisco, una orquesta de 130 profesores, dirigidos por Sylvain Cambreling, y los coros del Teatro Real y de la Generalitat Valenciana( un total de 120 voces). Delante de la bóveda, una pasarela donde se desarrollan las escenas. El aforo casi completo, de un público muy distinto al que acostumbro a ver en el Real, que mantuvo un silencio casi sepulcral durante toda la representación. Ni una tos, ni un murmullo.

La puesta en escena, la capacidad actoral y vocal de los cantantes, la magnífica interpretación de la orquesta y los coros. Todo me entusiasmó. Pero nada como la música, nada como la maravillosa partitura de Messiaen. Conmovedora, envolvente, dulce, poderosa, cristalina, sobrecogedora en muchos momentos, su belleza me mantuvo en suspenso durante toda la representación. Si existiera la música celestial, debería parecerse a esta. Música trascendente, si se me permite utilizar ese apelativo. El canto de los pájaros, las apariciones del ángel, las palabras de Dios. El último acto es grandioso, el último "do", inolvidable. Messiaen compuso esta ópera en estado de gracia.

Comenzó a las seis de la tarde, y concluyó a las doce de la noche. Cuando se apagó la última nota habría dado lo que fuera por volver a empezar.

Un botón de muestra.


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