"Háblame de aquel verde y oloroso atardecer, cuando tendida junto a la ribera
Escuchaste la risa de Antínoo desde la barca dorada de Adriano
Y cómo lamiste la corriente calmando tu sed y contemplaste con ardor y avidez
El cuerpo de marfil de aquel joven y singular esclavo, con una granada en los labios."
Estas palabras dedica Oscar Wilde a Antínoo en su poema La esfinge. Antínoo, el joven esclavo que enamoró al emperador Adriano, que murió ahogado en el Nilo y que tras su muerte fue representado y adorado como un joven dios por todo el imperio.

"El culto de Antínoo parecía la más alocada de mis empresas, desbordamiento de un dolor que solo a mi concernía. Pero nuestra época está ávida de dioses; prefiere los más ardientes, los más tristes, los que mezclan al vino de la vida una amarga miel de ultratumba. En Delfos el niño se ha convertido en Hermes, guardián del umbral, amo de los oscuros pasajes que conducen a las sombras. Eleusis, donde su edad y su condición de extranjero habían impedido antaño que fuese iniciado junto a mi, lo ha consagrado el joven Baco de los Misterios, príncipe de las regiones limítrofes entre los sentidos y el alma. La Arcadia ancestral lo asocia con Pan y Diana, divinidades forestales; los campesinos de Tibur lo asimilan al dulce Aristeo, rey de las abejas. En Asia los fieles vuelven a encontrar en él a sus tiernos dioses tronchados por el otoño o devorados por el verano. En los bordes de los países bárbaros, el compañero de mis cacerías y mis viajes ha asumido el aspecto del Jinete Tracio, caballero misterioso que galopa en los jarales al claro de luna, arrebatando las almas en el pliegue de su manto." Así habla Adriano cuando, al final de su vida, hace recuento de sus principales sucesos y rememora la muerte de su muy amado Antínoo, según recoge Marguerite Yourcenar en su espléndida novela Memorias de Adriano.

"Antínoo era griego; remonté en los recuerdos de aquella familia antigua y oscura, hasta la época de los primeros colonos arcadios a orillas de la Propóntida. Pero en aquella sangre algo acre el Asia había producido el efecto de la gota de miel que altera y perfuma un vino puro. Volvía a encontrar en él las supersticiones de un discípulo de Apolonio, el culto monárquico de un súbdito oriental del Gran Rey. Su presencia era extraordinariamente silenciosa; me siguió en la vida como un animal o como un genio familiar. De un cachorro tenía la infinita capacidad para la alegría y la indolencia, así como el salvajismo y la confianza. Aquel hermoso lebrel ávido de caricias y de órdenes se tendió sobre mi vida.
Yo admiraba esa indiferencia casi altanera para todo lo que no fuese su delicia o su culto; en él




Antínoo Capitalino; Antínoo como Aristeo y Antínoo Farnese. Algunas de las representaciones de un hombre que llegó hasta nuestros días por el amor de este otro.

La penúltima, la del museo de Napoli, era la "mancha" obligada en los examenes de análisis de formas en la ETSAM en mi época. Todos los arquitectos y estudiantes de Bellas Artes de mas de 50 años, la habrán dibujado unas decenas de veces.("Mancha", es el dibujo al carbón a tamaño natural de una estatua o modelo.)
ResponderEliminarTienes un blog completísimo. Ha sido un placer pasar por él, y sin duda lo será seguir haciéndolo. Un cordial saludo.
ResponderEliminarMuchas gracias Manuharo, y bienvenido. Espero verte muy a menudo por mi casa. Un abrazo
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