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martes, 23 de agosto de 2011

Cuaderno de bitácora: miércoles, Esmirna


Programa de navegación: "Durante la madrugada costearemos, a nuestra derecha, primero la isla de Chios y sucesivamente las costas turcas. Aproximadamente a las 06.00 comenzaremos a transitar el canal de Izmir ( en turco Izmir Korfesi) que tiene una anchura de 8 Km y una longitud de 41 Km; luego entraremos en el Golfo de Izmir (Izmir Limani), donde se encuentra la ciudad del mismo nombre que podremos admirar a nuestra derecha. Tras una hora procederemos a la entrada en el puerto de Izmir. Costa Favolosa zarpará a las 15.00 horas aproximadamente. Tras haber navegado primero por el Izmir Limani y después por el Izmir Korfezi, se dirigirá hacia el Estrecho de los Dardaneros."













La primera sensación que tengo de Esmirna es la de una ciudad enorme, extendida a lo largo del golfo como una serpiente al borde del agua. La fotografía con la que abro el comentario es una pequeña fracción. Desde la cubierta del barco, si giro sobre mi misma , en el horizonte todo es ciudad excepto, a mi espalda, la entrada al golfo. Una ciudad salpicada de rascacielos donde viven casi tres millones de personas. La segunda ciudad más importante de Turquía, después de Estambul.













En el puerto tomamos un taxi que nos lleva a la ciudad antigua, una zona limitada por el paseo marítimo y la Gaziosman pasa Bulvari, al norte; la Fevzi Pasa al oeste y los jardines del Museo Arqueológico al este. Nos apeamos cerca del caravasar Kizlaragasi, uno de los más interesantes y más antiguos de Esmirna, una antigua posada otomana del siglo XVIII convertida en inmenso bazar.













En realidad, esta zona es poco más que un bazar, un dédalo de callejuelas, donde es imposible orientarse, bullendo de gente realizando sus compras. Tiendas con sus productos en la calle, ya sean repuestos de bicicletas, maniquíes de plástico, cacerolas o especies. Pero antes de perdernos definitivamente, visitamos la Mezquita de Hisar, a la que nos invitan muy amablemente tras depositar nuestros zapatos en la escalera.













Es imposible orientarse en el mapa, así que deambulamos sin rumbo fijo. Me fascina el colorido de las tiendas, muchos de sus artículos me remiten a mi infancia. La gente camina presurosa haciendo sus compras, mientras una pareja juega al ajedrez a la puerta de su establecimiento. Como en muchas ciudades árabes (y hasta no hace mucho, también españolas), cada zona se especializa en un tipo de establecimiento. Así que descubrimos algunas librerías alineadas en una calle, atracción fatal para mi que daría cualquier cosa por saber turco y poder comprarme alguno de estos olorosos libros.













Librerías, cafés, como el que os muestro en la fotografía de la derecha, desierto a estas horas de la mañana. Más concurridas las terrazas bajo los entoldados, donde me tomo un exquisito y fortísimo té turco. El calor intensifica los olores. Tanta vida a mi alrededor me llena de alegría.

























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1 comentario:

  1. Maravillosa ciudad. La desorientación es total en los bazares y calles entoldadas, precisamente por estarlo y no poder ver el sol, pero merece la pena cambiar la orientación, por el colorido, los olores(y sabores si hay té) los sonidos(algarabía), y el misterio de la siguiente callejuela, y de cuantas veces te vas a perder. Me alegro que te gustase. En esa ciudad, y en una tienduca de una de sus callejuelas, le compré unas gafas de bucear a mi nieto, que las disfrutó como un enano. Echo de menos un comentario sobre el Agora y sus magnificas ruinas, aunque al ser de reciente descubrimiento, está en fase de desarrollo. Ave Caesar, los viajeros te saludan.

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