Soledad Lorenzo, dueña de la galería de arte del mismo nombre es, a mi juicio, una de las galeristas que más ha trabajado por ampliar horizontes a este en ocasiones casposo mundo del arte español, asumiendo riesgos, ofreciéndonos mucho de lo mejor que se hace fuera de nuestras fronteras. Visitar su sala nunca resulta decepcionante. Sus exposiciones siempre provocan, inquieren, cuestionan. Jamás transitan por caminos trillados. Recuerdo ahora una entrevista a Elena Ochoa, propietaria de la galería Ivory Press (otro lujo al alcance de los madrileños) y de la excelente revista de fotografía C International Foto Magazine, en la que afirmaba que en Madrid contábamos con algunas "heroínas" en este complicado mundo de la divulgación y el comercio del arte, personas con el oído atento a cuanto de novedoso de producía en el mundo, auténticas "adelantadas" que arriesgaban vida y haciendas enriqueciendo nuestro panorama cultural. Una de esa "heroínas" es, para mi, Soledad Lorenzo. A nivel personal, mi eterno agradecimiento. Siendo yo una periodista novata recién llegada a la sección de arte de un periódico madrileño, ella guió mis pasos y me ayudo a "ver".
La arrolladora personalidad de Schnabel y su incontenible fuerza creativa se patentiza en estas obras yo diría que como en todo lo que este inclasificable artista toca. Recuerdo su última exposición en el Centro Niemeyer de Avilés, de la que os hablé en su momento, una apabullante muestra de sus polaroids que me fascinó.
Ese amor por lo puramente gestual, la indagación sobre el impacto que produce lo cotidiano fuera de su contexto, la yuxtaposición de elementos aparentemente inconexos, el asombro por lo insólito une a Galindo y Schnabel. Me encanta la original mirada de este último, la valentía de sus montajes, esa deriva hacia lo kitsch, su constante afán transgresor.
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