
Al acceder a la primera sala te sientes intimidada por tres grandes formatos que representan a otras tantas mujeres tocadas con burkas. Son tres carboncillos sobre papel, de textura aterciopelada, de sutilísimas gamas de grises y negros profundos en los que sobresale la brillantez del blancor original y, sobre todo, la mirada profunda y expresiva de tres hermosos pares de ojos. Frente a los dibujos, colocados estratégicamente, unos espejos de vidrio rojo, verde y azul, enmarcados en dorado y con un espejo detrás. Según como se coloque el espectador , el espejo le devuelve la mirada o refleja la del cuadro. Aquí comienza el juego de significados. En el suelo, formando un rectángulo, multitud de pequeños trozos de vidrio forman una instalación que te obliga a un determinado recorrido, muy cerca de las obras, con lo que se acrecienta el abrumador efecto que esas miradas producen. Y cerca de ellas, otro gran formato: también a carboncillo y con su mirada clavada en el espectador, un tigre enjaulado.


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